El caso de los catalanes

Imágenes del independentismo catalán. / RR SS
Imágenes del independentismo catalán. / RR SS
Somos muchos, de cuerdo. Tenemos mucho peso demográfico, aunque un horror de deuda, je, en el conjunto de las naciones. Pero hay Estados con muchos menos habitantes que España, donde se vive mejor, con más oportunidades, con más armonía, con mas empleo, con más influencia. Chico, a enemigos que quieren huir, puente de plata...
El caso de los catalanes

No sé qué generación, no sé en cuál de las próximas décadas, pero estos chicos de la barretina, de la Estelada, del Procés, del “mes cum club”, de los desHonorables Presidents y toda la cosa, ya verás, conseguirán alcanzar su sueño cuando el resto de los españoles, los que sigan vivos entonces, claro, decidan mayoritariamente poner fin a esa pesadilla. Aunque ellos todavía no lo sepan, no están haciendo oposiciones para irse de España por las malas, ¡qué más quisieran ellos!, sino para que el resto de españoles, por las buenas, les inviten educadamente a irse con L´Estaca, Els Segadors y la música a otra parte.

Porque esto no hay pueblo que lo aguante, oye. Esta rapiña permanente de los Presupuestos Generales del Estado, este “matonismo” oral de la Nomemklatura catalana, ese despliegue de siniestros y organizados “camisas pardas” y conmovedores e irreversibles sucedáneos de “juventudes hitelirianas”, miradlos, cómplices, por acción u omisión, de una especie de “solución final” contra lo español, como una vez la solución final, de infausto recuerdo, contra lo judío, no puede convertirse en un piedra e la que vuelva a tropezar la Europa que resurgió de sus cenizas en el Club de Roma. Ya sé, ya sé que todas las comparaciones pueden resultar odiosas. Pero, de lo pequeño, de lo prácticamente imperceptible para el ojo humano, y a las pruebas de dramática actualidad del microscópico Coronavirus me remito, no es imposible que acabemos lamentándonos de grandes males y arrepintiéndonos de no haber aplicado los correspondientes grandes remedios.

El “complejo de Astérix”

Ustedes son muy libres de tomarse lo catalán, lo vasco, como una diablura, como un nuevo cómic de Asterix y Obelix en dos aldeas galas de la geografía española con sus elixires mágicos de los idiomas, las senyeras y las ikurriñas y las marchitas semillas del Carlismo y el Austricismo. Pero es que, aquí, no se trata de galos contra romanos, sino de españoles contra españoles. Aquí, llegamos a matarnos los unos a los otros y los otros a los unos, y no es casualidad que una de las primeras piedras de aquella tragedia fratricida se colocase, curiosamente, en “El pacto de San Sebastian” Es tal la obsesión por los foros vascos y navarros y los privilegios del Principado de Cataluña, transmitida de generación en generación, que hemos llegado a la disparatada paradoja histórica de que dos territorios de España, bendecidos por oprobiosas monarquías, je (perdonen que me de la risa), suspiren ahora por la república para seguir manteniendo arcaicas concesiones de monarcas absolutistas. Incluso en los célebres “Tratados de Utrech”, en que nos birlaron Menorca, Gibraltar y la tira de geoestratégicos dominios esparcidos por el mapamundi, el llamado “caso de los catalanes”, o sea, mantener al precio que fuese su privilegiado statu quo, estuvo en todo momento sobre el tapete, aunque al final no salió cara, sino cruz.

Y eso es lo que no digieren los genes vascos y catalanes, oye. Que la historia, la modernidad, la Reforma política, en definitiva, la democracia, haya intentado la igualdad entre todos los españoles. Que los Pactos de la Moncloa (con exceso de diplomacia y evidentes lagunas de equidad) hayan rebajado sus ínfulas de razas superiores, de élites entre la mediocridad del resto de los españoles. Por lo visto, oído y padecido en las últimas cuatro décadas, en eso que llamamos España solo hay unos diez millones de miembros de razas puras esparcidas por Euskadi, Navarra, Cataluña, Baleares, Comunitat Valenciana, algunos municipios gallegos y demás reductos geográficos dispuestos a apuntarse a la fiesta. El resto, o sea más de 30 millones de seres humanos, somos del montón, extras de la película, pacientes mirones de historia observando cómo, legislatura a legislatura, nuestras convivientes razas superiores siguen arrimando, por las buenas o por las malas, las ascuas a sus sardinas.

El independentismo: de travesura a gangrena

No puede ser. Este asunto, este coñazo permanente, este conjunto de agravios comparativos con paños calientes, artículos 151, vergonzantes políticas de cupo y vergonzosas concesiones al “caso de los catalanes” y la trampa saducea de la “plurinacionalidad”, ¡que se pasa usted de listo, Pablo Iglesias, que se lo tengo dicho!, es la verdadera antítesis de la normalidad democrática y una aberración del principio de igualdad como pilar del Estado español social y democrático de derecho. Y, además, todo parece indicar que la cosa no tiene remedio. Solo un Presidente del Gobierno y 350 diputados suicidas aceptarían un referéndum en exclusiva de los catalanes, en el que esa clara mayoría de amedrentados, paralizados y resignados ciudadanos, que siempre lo ven venir, se echan para atrás y lo dejan pasar, se lavarían una vez más las manos. Esto solo lo resuelve un Referéndum general y el resultado del mismo más inesperado: cortar por lo sano. O sea, llegar a esa dolorosa conclusión de los facultativos cuando alguno de los miembros de un paciente desprenden ese olor a gangrena irreversible que recomienda una amputación a vida o muerte.

Servidor ya habrá pasado a mejor vida, naturalmente. Y, sin embargo, espera un póstumo milagro de la primavera en la que España, lo que quede de ella, vamos, pueda seguir viviendo sin que las gangrenas de Euskadi y Cataluña acaben no dejando piedra sobre piedra. Pero no permitiendo que sean ellos, su inducido supremacismo, su docente xenofobia, la que se salga con la suya, sino echándolos, desterrándolos en las urnas, democráticamente, por supuesto, contestando a una sencilla pregunta: ¿Acepta usted que Cataluña y el País Vasco se independicen...?

-Si, hombre, si, que se vayan a darle el coñazo a Europa, a la aldea global, a los divanes de los psiquiatras internacionales, a ver si ellos, con sus sesudos psicoanálisis, descubren el origen de sus “complejos de Asterix”.

Más vale 37 millones o así de españoles en mano, en igualdad, en paz, que estos 47 volando, en permanente agravio comparativo, en guerra sucia, todavía incruenta, en la que la inmensa mayoría se pasa la vida recibiendo bofetada tras bofetada y resignada a poner siempre la otra mejilla.

Puede que les parezca a ustedes ciencia ficción, pero no olviden que, el Rover, ¡eureka!, se pasea ya por Marte como Perico por su casa. ¡Nunca digamos, nunca digáis nunca jamás...! @mundiario

El caso de los catalanes