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Canadá sigue en deuda con España tras declararle incluso la guerra hace ahora 25 años

Los canadienses cometieron un acto de pura piratería al capturar en 1995, ilegalmente y mediante el uso de fuerza armada, el fletanero Estai, con base en Vigo y con muchos de sus tripulantes residentes habituales en las comarcas gallegas de O Morrazo, Marín y O Barbanza.

Canadá sigue en deuda con España tras declararle incluso la guerra hace ahora 25 años
Justin Trudeau. / Mundiario
Justin Trudeau. / Mundiario

Antón Luaces

Periodista.

El 9 de marzo de 1995, la historia pesquera de Galicia comenzó a reescribirse con letras de trazo grueso –muy grueso–, como ya quedó explicitado días atrás en las páginas de la edición GALICIA de MUNDIARIO. Se trata de una línea que sobrelleva la intrahistoria de no menos de tres siglos de los Grandes Bancos de Terranova que habla de buques gallegos de todo tipo y traza al tiempo que lo hace de pescadores de aspecto franco y decidido que trabajan por dinero, obviamente, y por superar unas condiciones de vida que no les gustaban.

Hablamos de marineros de una tierra brava que izaron la bandera de una fraternidad no exenta de rivalidad más o menos bien entendida entre gallegos, vascos y portugueses que capturaban ballenas y cachalotes y que, muy posteriormente, pescaban y elaboraban un bacalao para el que, en sus respectivas naciones, siempre tenían mercado.

Barcos de Euskadi

Protagonistas, los barcos vascos o de capital radicado en el País Vasco, que enrolaron a marineros de una Galicia excedentaria en este tipo de profesionales y que tenían referentes claros en la provincia de A Coruña –las factorías PYSBE, en Ferrol, y PEBSA, en A Coruña– con otras distintas en el territorio de Vizcaya, entre las cuales figuraba también PYSBE. Son testigos todos ellos de una larga trayectoria conjunta de hombres y barcos de Euskadi y Galicia, marcada también por la gastronomía de una y otra comunidad, con el complemento de los vecinos portugueses y sus increíbles doris, embarcaciones menores que eran las que verdaderamente pescaban y desde las cuales, a base de movimiento de bichero, cargaban el barco hasta los topes en larguísimas jornadas de trabajo sumamente peligroso y mal pagado y que los mantenía en el caladero un mínimo de seis meses, salvo suerte extraordinaria en los lances consecutivos.

Pero aquel 9 de marzo de 1995 comenzó la historia ingrata de los fletaneros  de una Galicia que había llevado a Terranova la más novedosa tecnología pesquera, los buques más modernos de toda la larga lista de cuantos conformaban las flotas de los mares de NAFO y que marcaron, como digo, con letras de grueso trazo la historia de un país, Canadá, ahora gobernado por Justin Trudeau, que en su día no supo apreciar en lo que valía la presencia en aguas fuera de su Zona Económica Exclusiva (ZEE) de los mejores buques y las más formadas tripulaciones que nunca –nunca– navegaran aquellas aguas.

Pura piratería

Canadá cometió un acto de pura piratería al capturar ilegalmente y mediante el uso de fuerza armada el fletanero Estai, con base en Vigo y con muchos de sus tripulantes residentes habituales en las comarcas gallegas de O Morrazo, Marín y O Barbanza. Un cuarto de siglo después de este acto incomprensible y doloroso, todavía hay –incluso en España– quienes barajan los derechos de los canadienses a esa acción de fuerza acometida un siglo y medio más tarde de que piratería y corsarios arrumbaran sus flotas en islas hoy utilizadas para el turismo. 

Conviene recordar que cuando los balleneros vascos, con tripulación vasco-gallega, alcanzaron aguas de Terranova mediado el siglo XVI, comenzaron por sí mismos la explotación de esa pesquería y, más tarde, la del bacalao. Esta actividad se paralizó en 1713 por la firma del Tratado de Utrech que vetó el acceso a aquellos caladeros a todo barco con pabellón del Reino de España. Los derechos históricos a faenar en Terranova eran –y son– evidentes. Pero estos no contaron para los buques de guerra canadienses que tenían órdenes muy concretas de expulsar de la zona a la flota congeladora gallega.

Luis Legasse

En 1927, el empresario francés con intereses económicos en Terranova Luis Legasse creó la sociedad Pesquerías y Secaderos de Bacalao de España (PYSBE) en la que Legasse, promotor y propietario del 49% de las acciones, dio paso a accionistas como el Rey Alfonso XIII (con el 25% de la sociedad) y varios empresarios guipuzcoanos que se repartían el restante 26% del accionariado. La flota bacaladera vasca inicial estaba compuesta por los pesqueros Euskalherría, Alfonso XIII, Galerna y Vendaval. A ellos se sumarían en 1929 el Mistral y el Tramontana, que desarrollaron su actividad en Terranova, Labrador, Groenlandia e Islandia con inmensas masas de bacalao que solo barcos de la península Ibérica pescaban. 

En aquel entonces el hoy Canadá de  Justin Trudeau no existía. Su constitución como Estado se concretó en el año 1962 como una democracia parlamentaria y monarquía constitucional que Isabel II, reina de Inglaterra, regía como jefa del Estado. De esta intrahistoria canadiense hay que destacar que, cuando los europeos pisaron por primera vez el continente norteamericano, los vikingos lo habían alcanzado muchos siglos antes: alrededor del año 1.000, cuando sus naves arribaron a las costas de Terranova, dominio este que se unió a Canadá en 1949. Entre los años 60 y 80 del siglo pasado, unos 170.000 niños aborígenes  fueron secuestrados y separados de sus familias para ser reubicados con familias no aborígenes. Con descendientes de muchos de aquellos niños entre sus habitantes, San Juan de Terranova es en la actualidad la capital de la provincia de Terranova y Labrador, con 155.000 habitantes, y que el momento de la denominada "guerra del fletán" tenía como gobernador al conocido Brian Tobin.

El período de guerras

Hasta hace poco menos de 25 años, las tripulaciones de los bacaladeros españoles realizaban en Saint Jonh's y Saint Pierre et Miquelon todo tipo de trabajos de reparación en los barcos, se pertrechaban de viveres y enseres, a la vez que facilitaban a las tripulaciones unas más que merecidas jornadas de descanso tras un trabajo realmente agotador y en medio de tormentas sin cuento que soportaban como podían. Terranova pasó a formar parte de la Confederación el 31 de marzo de 1949. Antes de su entrada en dicha Confederación, era un dominio de la Commonwealth británica. Pocos años antes, la guerra civil española (1936-1939) y la II Guerra Mundial (1939-1945) pusieron fin a la actividad pesquera, con lo que la flota bacaladera española retornó a sus puertos base. Algunos de los bous que la conformaban fueron artillados y combatieron en la guerra española en uno u otro bando.

Finalizada la II Guerra Mundial, la flota bacaladera española recuperaba su protagonismo en los caladeros del Gran Banco de Terranova. Pero hasta los años 90 su permanencia en las 200 millas de la ZEE estuvo en entredicho en muchas ocasiones. La peor, cuando las patrulleras canadienses dispararon a la proa del Estai, acción que se repitió contra otros fletaneros gallegos que habían acudido en ayuda del primero.

Canadá, según el testimonio del embajador español en el país norteamericano, llegó incluso a presentar a presentar por escrito una declaración de guerra contra España. Y España calló. Calló, sobre todo, por las actitudes de Francia y el Reino Unido y la inhibición de la Unión Europea en este conflicto entre países socios. Tampoco la organización NAFO (integrada por 27 países, entre estos la UE) y de Dinamarca, La Unión Europea, en la que España estaba integrada, poco o nada dijo al respecto. Y la ONU optó por mirar para otro lado cuando le correspondía manifestarse. Puso la vista en el Norte, cuando el referente era el Sur. Y Felipe González, a la sazón presidente del Gobierno de España,  consideró que el conflicto se solucionaría con la colaboración de la UE (aunque no fue así) y envió a Terranova las patrullera de altura Vigía, de la Armada Española.

Hablaron las armas

Veinticinco años después de este conflicto en el que hablaron las armas canadienses, y los razonamientos expuestos por armadores y tripulantes españoles –gallegos, en este caso– no se tuvieron en cuenta, nada se ha cerrado. Todo continúa abierto, con más o menos sonrisas. Dolorosamente abierto para tripulaciones y armadores y el propio pueblo gallego que vivió con angustia lo acontecido en con el Estai, el Playa de Xartaxéns y otros barcos de Galicia.

La historia, tres siglos más tarde de su llegada a Terranova para capturar ballenas, se repetía: aunque simbólicamente, España volvía a quemar sus naves, esta vez 150 congeladores gallegos con 2.000 hombres a bordo obligados a abandonar unas aguas que Canadá reclamó como suyas sin razón alguna para hacerlo, atraída por los beneficios  que los "extranjeros" lograban de un pez, el fletán negro, que los canadienses nunca habían pescado y que tal vez solo las focas podían dar cuenta de su potencial. 

No, la historia no está cerrada veinticinco años después de estos hechos. Canadá no ha reparado el daño causado a Galicia y los gallegos. Y España no ha aclarado todavía qué fue de la declaración unilateral de guerra por parte de Canadá y del papel desempeñado realmente en la que iba a ser resolución de un conflicto en el que los gallegos nos vimos solos. @mundiario