Los caminos de la desigualdad crecen

Thomas Piketty. / YouTube
Thomas Piketty. / YouTube

Son muchos los síntomas de Brexit indicativos de que caminamos hacia un sistema muy propicio para la ignorancia y la manipulación constante.

Los caminos de la desigualdad crecen

De hacer caso a la historia de la desigualdad que propone Thomas Piketty en Capitalismo e Ideología, el Brexit inglés sería un síntoma agudo de la evolución  hacia la postpolítica. En ese proceso, ya en marcha, se avecinan muchos otros Brexit que ya habrán empezado a descomponer el orden geopolítico en que habíamos vivido. Thatcher y Reagan removieron muchos de los elementos que estorbaban la cultura satisfecha de los poderosos, como decía Galbraith. Propiciaron las políticas que redujeron los beneficiados del Estado de Bienestar de los años 50 a 80. Ahora, los profetas neoliberales Trump y Johnson ya disponen de múltiples seguidores para que, con réplicas del seísmo del Brexit que se avecina -cambios en las relaciones comerciales, movimientos estratégicos para controlar materias primas principales como el litio y las tierras raras, o múltiples maneras de torpedear las decisiones clave que pudiera adoptar la COP25-, se marque el camino a una torturada humanidad que no logra cumplir los objetivos mínimos que las previsiones de la ONU han ido fijando para que el cumplimiento de los Derechos Humanos no pase nunca de declaración etérea universal.

Lo que hay

En España también estamos, a escala, en esa dinámica de desandar lo aprendido y, como el cangrejo, volver a modelos del siglo XIX. Mientras las apariencias de la moda y costumbres amables sitúan a lo más selecto en pleno consumismo del siglo XXI, en otras muchas cuestiones el resto de personas y grupos tiene vidas que, en muchos capítulos, seguirán muy atrás. Reflejo de lo que esta sociedad nuestra tiene debajo es que uno de cada tres niños sufre exclusión social –una de las pautas de  que muestra que España sigue siendo uno de los países con más desigualdad en Europa-, lo que propicia entender que en otras muchas cuestiones importantes no nos ponemos de acuerdo. A punto estamos, por ejemplo, de que esta XIV Legislatura vaya a ser dirigida por un Gobierno muy inestable, después de prolongadas negociaciones y afiladas contestaciones de quienes quedarían en la oposición. La mejor metáfora de esta inestable situación, tan inconsistente vulnerable y efímera, vuelve a darla el texto de Beckett, Esperando a Godot, que estos días se representa en el Teatro Bellas Artes de Madrid.

Visto este panorama desde la perspectiva que ofrece el sistema educativo español,  se puede observar cómo repite el mismo esquema organizativo. Mientras un 33% de los niños y niñas van a la enseñanza privada y concertada, el resto está destinado, desde antes de nacer, a una escuela pública escasa de recursos y, además, aguantando que muchos gestores de las políticas educativas invoquen términos como “Calidad”, “Esfuerzo”, “Libertad de elección de centro” y otros similares, no solo como forma de distinción interesada sino como estrategia para demandar crecientes recursos del erario público para sus centros privados.

Escolarizar  

Una educación universal bien atendida siempre ha tenido en España una perspectiva conservadora que no ha cesado de sostener su tradicional Brexit respecto al común de los españoles. Valga de ejemplo observar que, casi 100 años después de la Ley Moyano, cuando en 1953 Joaquín Ruíz Jiménez propuso su Reforma de las Enseñanzas Medias, él mismo dijo a las Cortes franquistas que solo había 115 institutos públicos frente a 900 colegios privados. Pudo haber añadido también -pues bastaba que hubiera recitado la Orden del BOE, en su nº del 15.04.1939- cómo, en Madrid, se habían   suprimido siete de los 13 institutos que había habido en la ciudad y pudo, igualmente, haber mostrado el analfabetismo consiguiente que pervivía. Sin embargo, en su propia ley y en otras resoluciones que adoptó –en sintonía con los demás ministros de Educación habidos desde que se montó la Junta de Burgos, y casi hasta 1982- no cesó de incentivar la iniciativa privada ni las subvenciones que dieron seguridad al negocio educativo. De modo que cuando llegaron los Pactos de la Moncloa, también en el BOE se pudo leer cómo -para establecer “la gratuidad progresiva de la enseñanza”-  aquel 25.10.1977 se expuso un “Plan Extraordinario de Escolarización”, teóricamente dotado con 40.000 millones de pesetas, con el que se crearían 400.000 plazas de EGB (Educación General  Básica), 200.000 de Preescolar y otras 200.000 de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente) durante el año 1978.

Todavía hubo que esperar 40 años más para que, a finales de los 90, se universalizara la obligatoriedad de la educación hasta los 16 años. Y a saber cuánto más habrá que esperar para que desaparezcan los muchos retos pendientes en lo que a igualdad y no segregación se refiere. No solo a causa de la gran división social que implica la existencia de una doble red educativa, en que la libertad de elección es privilegio de muy pocos a cuenta de los recursos presupuestarios de todos. También, porque siguen vivas muchas deficiencias, descuidos y desatenciones, vigentes en los Presupuestos de que dispone la educación pública, muy por debajo de la media europea.

Cierta desvergüenza se esgrime cuando desde instancias de la Privada dicen, para recabar más recursos y desarrollar su potencial expansivo, que es más barata que la Pública. Sabido es, desde antes de que Esperanza Aguirre tratara de manipular el INCIE –en la etapa de J. L. Garrido- que en igualdad de circunstancias objetivas la Escuela Pública es más eficiente, como confirma el último Informe PISA, tan invocado otras veces. En su cómputo comparativo apenas hablan de zonas rurales, de los barrios marginales y, sobre todo, de la atención debida a los chicos y chicas que, por otras causas, están necesitados de todo tipo de ayudas. De ese conjunto de actuaciones, muy costosas y poco vistosas con que carga especialmente la red pública, nada dicen, aunque haya grupos que, para no cantar tanto, muestre algún testimonio llamativo… de contrastante clientela. Todo su afán por el distrito único –supuestamente para la libre elección de centro-, les viene de que, como en cualquier otro negocio “liberal” pero protegido les encantaría tener el monopolio de la educación, como en cualquier otro negocio “liberal”. Con la bendición de muchos jerarcas católicos en su haber, quieren que este servicio público siga funcionando a expensas de una supuesta “iniciativa social” –distorsionador de lo que ese adjetivo significa-, sin ocuparse de que propicia una sociedad más egoísta, en permanente brexit respecto al 67%  de la población.

Saber sin comprender

En el siglo XIX, antes de que existieran derechos sociales reconocidos y sustentados en el poder del Estado, autores como Dickens o Disraeli mostraron esta dinámica conflictiva de “las dos ciudades”. En España, la Condesa de Pardo Bazán o su gran amigo Pérez Galdós también. Hoy, cuando las urgencias internacionales y nacionales van a pesar cada vez más en la dirección segregadora, del tipo BREXIT, el riesgo de que los servicios sociales que más deben unir a los españoles prosigan hacia esa fragilidad, es muy alto; la pelea interminable por una historia educativa en igualdad, puede desequilibrarse mucho más de lo que está. El terreno para que cada vez haya más gente que sepa poco sin comprender nada está muy bien dispuesto y perfectamente abonado; tecnológicamente, es viable. @mundiario

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