Buscar

MUNDIARIO

La buena educación y la mala política

La buena educación no depende solo de las escuelas y colegios. Pero la mala educación es síntoma de serios problemas de convivencia.

La buena educación y la mala política
Isabel Celaá, ministra de Educación. / RR SS.
Isabel Celaá, ministra de Educación. / RR SS.

Firma

Manuel Menor

Manuel Menor

El autor, MANUEL MENOR, es analista de educación de MUNDIARIO. Licenciado en Historia y doctor en Pedagogía, ha enseñado Ciencias Sociales en Secundaria. @mundiario
Baldoví, en su intervención en el Congreso el pasado día siete, mereció un nutrido aplauso –de un sector del hemiciclo- porque echaba en falta algo que, en principio, dan las escuelas: educación. A su parecer, a muchos de los que allí estaban les había faltado “buena educación”. Sin duda, se refería a las pautas de comportamiento, respeto y modales mostrados por muchos parlamentarios, más bien de  “mala educación”. Y en sus palabras no había ninguna ironía al estilo de las de  Mark Twain, cuando puso en solfa las historietas sobre El niño malo y el niño bueno, sino enfado.

Actores de buena educación

Todos estamos de continuo sometidos a la variable vara de medir con que quienes nos ven y nos oyen consideran buena o mala nuestra conducta. Con más razón quienes hablan y se expresan públicamente en la Cámara de los Diputados. Quieran o no, transmiten su buena o mala educación, esa cobertura que hace que gestos, palabras y discurso refuercen ineludiblemente mensajes de  empatía,  proximidad, serenidad, razonamiento, inteligencia, comprensión o, por el contrario, indiferencia, agresividad, intransigencia, egoísmo, cerrazón, falsedad, rencor y hasta odio. Ese plus de la “buena educación” amortigua, incluso, lo que la rudeza de maneras suele mostrar más a menudo: ignorancia y prejuicio, más manifiestos cuando el que se expresa lo hace de oídas, mecánicamente, como una marioneta sin pensamiento propio.

Como en la vida misma, en esta sociedad del espectáculo los variados especímenes existentes en los parlamentos confieren a algunos personajes mayor teatralidad para atraer a la prensa de diverso modo. Independientemente del mucho o nulo conocimiento que muestren sobre los asuntos, muchos no se sienten obligados por las normas de los buenos modales con sus adversarios. Sorprende lo fácilmente que olvidan lo que, en sus selectos colegios les hayan hecho leer de lo escrito al respecto –entre otros- por Erasmo, Parravicini, Saturnino Calleja, D´Amicis, Pilar Sinués, Fernando Beltrán de Lis, Pilar Pascual… o Alfonso Ussía.

Retórico parece, pues, que, al tratar problemas serios, encomienden su arreglo a la educación y lo reafirmen en decisiones legislativas del Parlamento. No sólo en las concernientes a los distintos niveles educativos -como cuando suprimieron la Educación para la Convivencia o para la Ciudadanía- sino, también, respecto a otros campos de la vida pública. El BOE educa, y educa bien, mal o regular, según lo que regula o desregula, y según a quiénes coarte o favorezca. No es etéreo su carácter educador. Si se analiza la publicación oficial en una secuencia de varios años, permite observar la proximidad o lejanía, interés o desinterés, aversión y hasta repudio que unos u otros asuntos le hayan suscitado; cómo se hayan mimado u olvidado, cómo se hayan preferido unas u otras pautas a desarrollar. En el BOE quedan expresadas las conductas cotidianas que nuestros representantes han querido y podido exigir a sus conciudadanos,  conscientes de una capacidad que la escuela no suele tener para educar.

Detrás, se puede ver cómo en lo que se propone y decide pesa, con más frecuencia de lo deseable, el dar por supuesto que es “natural” lo que solamente es la inercia de lo aprendido. Montaigne -uno de los clásicos recordados por N. Ordine en su último libro- decía que “las leyes de la conciencia, que decimos nacer de la naturaleza, nacen de la costumbre. Dado que cada cual venera en su interior las opiniones y las conductas que se aprueban y admiten a su alrededor, no puede desprenderse de ellas sin remordimiento…”. Al pretender diluir las contradicciones de creencia o de clase social ofendida, el BOE continuamente pone de manifiesto cómo mucho de lo que dicen sus páginas está lastrado de inautenticidad, a la espera de que la historia lo supere. No es difícil, además,  ver en sus páginas a los encantados y encantadas de reconocerse a sí mismos como si vieran a Dios cuando se miran al espejo. Pero ese cinismo burocrático, propicio a los monólogos, ha dejado plasmadas ahí siete leyes educativas alternantes y tal vez muestre  pronto la octava.

¿Legisladores de buena educación?

Cuando Baldoví mencionó que era maestro y profesor de Educación física,  quienes se sonrieron evidenciaron, además, la poca estima que un sistema educativo de calidad les merecía. Ante tal confesión, hicieron gala de una castiza cursilería, tan falta de respeto y de ética como las hirientes palabras recordadas hace poco por J.M. Bausset, o como cuando otro profesor, Labordeta, brindó un exabrupto sonado en marzo de 2003 a unos hooligans de idéntica vanidad farisaica.  Lo nuevo parece ser el hipócrita entusiasmo por machacar al contrario y no dejarle espacio alguno para que muestre su parte de razón. 

No es fácil -dentro de la cultura política exigible a parlamentarios de 2020, después de los cincuenta años últimos- dar respuesta a por qué siguen cultivando falsos mitos para acallar personas que han dado sobradas muestras de contribución cordial a lo mejor de la sociedad actual.  No  podrán explicar el atractivo de la cerrada vida del pasado que proponen a los españoles que ven el mundo de modo plural e integrador. Tal vez por eso lo repiten por activa, por pasiva y hasta por perifrástica desde no pocos púlpitos, por ver si la pedagogía de sus solipsistas principios convence a algún emprendedor de que son los más fervientes demócratas.

La educación, en todo caso, no parece que vaya a ser objetivo prioritario en los planes de este Gobierno de Coalición. En la pedagogía de comunicación que ha aflorado, lo económico irá delante. Como siempre, querrán convencernos, sin embargo, de que también en lo educativo van a ser “progresistas”. Lo reiterarán cuando erradiquen algunas marcas sembradas por Wert y Méndez de Vigo en el BOE. Ya veremos en qué queda a continuación, su capacidad y voluntad de modernidad. Cuánto tiempo tengan para mostrarla y hasta dónde es la incógnita que pronto empezará a despejarse. De momento, Educación no tiene “vicepresidencia” en esta inflado organigrama ministerial, indicativo para muchos de las preferencias en ciernes, teniendo en cuenta, además, que  Isabel Celáa pasa a segundo plano y que, en el programa o proyecto que han dado a conocer hace unos días, pocas concreciones se hacen en problemas significativos del sistema educativo; queda claro que algunos se soslayan.

Entretanto, la “buena educación” que la sociedad esté aprendiendo de sus representantes políticos debiera revisarse. No debiera impedir, por ejemplo, que un Informe del tipo PISA acerca de la pedagogía social que ejercitan a diario, con los rankings de calidad que cumplen cuantos no alcanzan los estándares básicos de convivencia y de libertad democráticas. La Legislatura apenas está empezando y estas demostraciones pueden ser agobiantes para el sano equilibrio social si crece mucho el número de escépticos. @mundiario