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El botón rojo de la Constitución peruana

Así gobernó en parte Fujimori, con esa amenaza permanente de disolución del poder legislativo que la Constitución de 1993, confeccionada a su medida, consagró como norma fundamental.
El botón rojo de la Constitución peruana
Alberto Fujimori.
Alberto Fujimori.

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José Luis Méndez La Fuente

José Luis Méndez La Fuente

El autor, JOSÉ LUIS MÉNDEZ LA FUENTE, es colaborador de MUNDIARIO. Profesor universitario y abogado, trabajó en Petróleos de Venezuela (PDVSA). @mundiario

Cuando hace año y medio Martín Vizcarra fue juramentado como presidente del Perú dada la forzada renuncia de Pedro Kuczynski, se suscitaron dudas sobre las probabilidades reales que tenía el, hasta ese momento, primer vicepresidente, para completar los tres años que aún quedaban por delante, del total del periodo presidencial de cinco años.

Las razones eran variadas, pero todas en sus principales ramificaciones coincidían en que la inestabilidad política derivada de un poder legislativo donde el fujimorismo era la principal fuerza opositora, así como del apretado triunfo de Kuczynski por apenas un puñado de votos sobre Keiko Fujimori, junto al flagelo de la corrupción que campeaba por el país y ya había llevado a la cárcel o sometido al escarnio público a sus últimos cinco presidentes, darían al traste con ese mandato. Además se sumaba a ello el hecho de que Vizcarra daba una cierta apariencia de desinterés por los asuntos propios de la presidencia al haber aceptado el cargo de Ministro de Transporte y Comunicaciones, el cual lo metió en la candela política de la interpelaciones, acusaciones por corrupción y críticas de todo tipo de la oposición, del que salió para  ejercer otro muy diferente y que muchos consideraron todavía más incompatible con la vicepresidencia: el de embajador en Canada, el cual ejercía cuando fue llamado para asumir la  presidencia.

Sin embargo, Vizcarra ha podido sortear esa inestabilidad no obstante las renuncias de muchos de sus ministros y colaboradores, así como la terrible corrupción, a la que hizo frente cogiéndola por los cachos mediante acciones políticas decididas e iniciativas legislativas que han contado con el apoyo tanto del ejército como del sentir popular. Un respaldo el del pueblo peruano que también recibió Vizcarra con la medida, tomada hace un par de días, de disolver el Congreso del país, similar al que le dio en su momento al propio Alberto Fujimori cuando con ocasión de su “autogolpe de Estado” de comienzos de abril del año 1992 hizo lo mismo, con la única diferencia de que en aquella oportunidad la Constitución peruana no lo preveía.

Se hace insoslayable recordar que fue Alberto Fujimori quien dentro del marco del denominado Congreso Democrático Constituyente de 1993 dio vida a la vigente Constitución del Perú en la cual introdujo algunos artilugios y mecanismos con la finalidad de reducir las atribuciones del poder legislativo y, por retruque, de reforzar las del presidente, es decir, las de él. Fujimori lo hizo en un momento de altísima popularidad, pero contradictoriamente, con el partido que lo llevó a la presidencia, convertido en una minoría dentro del poder legislativo; este último, un estorbo, por ende, que retrasaba o impedía cualquier proyecto o reforma legislativa, así como los nombramientos de ciertos cargos como, por ejemplo, los correspondientes al poder judicial, que al final obstaculizaban su gestión de gobierno desde el poder ejecutivo.

Fue así como en dicha Constitución se estableció, prestado inapropiadamente de los regímenes parlamentarios, la figura del voto de censura y de la cuestión de confianza, incompatibles, por lo demás, con el sistema de gobierno presidencial imperante en el Perú y en la América hispana desde su independencia, pero que a Fujimori, ingeniero, hombre práctico y calculador, le venía como anillo al dedo, a falta de otro mejor, para frenar las acostumbradas tácticas dilatorias de los legisladores, cerrando el congreso si a sus miembros se les ocurría oponerse por dos veces a una cuestión de confianza proveniente del Consejo de Ministros como lo seria cualquiera que con ese carácter fuese solicitada, por ejemplo, sobre un proyecto de ley iniciado desde el Ejecutivo.

Así gobernó en parte Fujimori, con esa amenaza permanente de disolución del poder legislativo que la Constitución de 1993, confeccionada a su medida, consagró como norma fundamental. Un botón rojo, para emergencias, que se podía apretar cuando le fuese conveniente.

Y ese botón rojo fue el que apretó, cansado quizás como Fujimori, de que le echasen para atrás algunas de sus iniciativas legislativas y de anticorrupción, sobre todo las que tenían que ver con la restricción de la inmunidad de los propios parlamentarios, Martín Vizcarra, casi treinta años después, generando una grave crisis institucional y política en el Perú actual.

Vizcarra igualmente ingeniero y para quien, por supuesto, dos y dos son cuatro, ya se había dado cuenta seguramente, cuando propuso en julio pasado adelantar las elecciones presidenciales para mediados del 2020, que esa, aunque no estuviese contemplada en el texto constitucional, era la única consecuencia lógica y posible a la figura de la pérdida de confianza, dentro de una verdadera democracia. Una consecuencia preferible desde cualquier punto de vista, antes de decidirse a aplicar el mecanismo de disolución del Congreso permitido absurdamente por la Constitución en su artículo 134. Al menos, una menos dañina, más institucional y mucho más justa política y democráticamente considerada que la de cerrar el parlamento sin ton ni son. 

Pero no le hicieron caso por razones y motivaciones políticas y personales de los congresistas y dirigentes de la política peruana que no cabe explicar aquí, y de ahí su decisión, la de Vizcarra, de activar ese botón rojo y convocar a elecciones para elegir un nuevo Congreso el próximo enero del 2020.

La crisis aún está ahí y lejos de haberse alcanzado una solución definitiva, no obstante, la renuncia de la presidenta encargada nombrada por el Congreso, también con permiso de la Constitución, aún hay una posibilidad de decisiones, pendientes básicamente del Tribunal Constitucional peruano, parte del problema en su origen, que pudieran darle un giro inesperado a la deriva actual, en la cual la figura del presidente está, sin duda, ganándole la partida al Congreso.

Por eso quizás, lo único completamente cierto en todo esto, es que la sombra de Fujimori, como lo dijimos hace ya tiempo, en otro artículo, sigue proyectándose sobre la política peruana y sobre el futuro del Perú y de los peruanos indefectiblemente, hasta que ellos quieran. @xlmlf en @mundiario