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En Barcelona hay gobernantes que atizan la discordia civil

Que sus actuales dirigentes, locales y autonómicos, hayan adoptado un estilo hosco, intolerante y excluyente, no debe confundirse con las cualidades acrisoladas por la ciudad.
En Barcelona hay gobernantes que atizan la discordia civil
Barcelona.
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José Luis Méndez Romeu

José Luis Méndez Romeu

El autor, JOSÉ LUIS MÉNDEZ ROMEU, es licenciado en Pedagogía y columnista de MUNDIARIO. Exdiputado y exportavoz parlamentario del PSdeG - PSOE, fue conselleiro del Gobierno de Galicia y secretario de Estado del Gobierno de España. @mundiario

Precedido por su leyenda, Don Quijote visita Barcelona, única ciudad en sus viajes. De ella dirá que es “archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros (…) en sitio y en belleza, única”. Cinco siglos después es imposible no concordar con él y con su creador. La ciudad es una urbe internacionalmente reconocida, sobresaliente en las virtudes citadas y en otras como innovación, modernidad, industria o calidad de vida. Que sus actuales dirigentes, locales y autonómicos, hayan adoptado un estilo hosco, intolerante y excluyente, no debe confundirse con las cualidades acrisoladas por la ciudad.

Estos días, dos polémicas locales refuerzan el carácter intolerante de sus gobernantes. De un lado la polémica anual sobre el pesebre o belén navideño, tradición napolitana importada por los Borbones a su llegada a España en el siglo XVIII, que hoy goza de gran arraigo. El actual ayuntamiento, gobernado por una coalición de la rama catalana de Podemos con los socialistas, no oculta su desagrado con esa tradición y trata de alterarla mediante instalaciones artísticas libremente inspiradas en ella. La de este año es una escenografía particularmente bella que merecería ser apreciada por sí misma y no como sucedáneo de otra. Por otra parte, al lado del pseudo pesebre, el Ayuntamiento de Barcelona ha colocado un árbol de Navidad de cinco metros decorado al modo tradicional, sin reconstrucciones ni instalaciones. El mensaje es transparente.

La segunda polémica también es cultural, por tanto simbólica. Desde hace varios años, la iniciativa privada intenta construir un museo en el puerto y explotar una franquicia del Hermitage de San Petersburgo, uno de los principales museos del mundo, con una inversión de 50 millones de euros. El Ayuntamiento lo ha impedido hasta hoy con argumentos varios. La pasada semana la institución rusa amenazaba con llevar el proyecto a otra ciudad.

Esta misma semana, el principal diario de Barcelona señalaba, elegantemente, que la oferta cultural de la ciudad está por debajo de sus posibilidades, por lo que no se debería de renunciar a un proyecto tan atractivo y con financiación privada. En paralelo, una propuesta del PP municipal pidiendo una delegación  del Museo del Prado en Barcelona, fue rechazada porque, en palabras de la mayoría municipal, sería un acto ”colonialista”.

Por las mismas fechas tiene lugar una campaña municipal contra la violencia de género, con anuncios emitidos en los cines. En ellos, con distintas narrativas, un joven que ha interpelado groseramente a una joven, es reprendido vehementemente por su amigo. Pero hay un mensaje subyacente: el primero se expresa en castellano, el segundo en catalán.

En las calles y fachadas ha desaparecido gran parte de la parafernalia independentista. Aún así, un Instituto de Bachillerato plagado de lazos amarillos o los mensajes ubicados en las oficinas públicas, recuerdan al visitante que ni el espacio público ni las instituciones son neutrales.

Las naciones las inventan los nacionalistas y los conflictos sociales, frecuentemente, los provocan los gobernantes por acción u omisión. En Barcelona las iniciativas para crear discordia civil son muchas e intensas. La ciudad mantiene la calma pero la convivencia se deteriora irremisiblemente. @mundiario