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MUNDIARIO

Un balance en perspectiva del presidente Zapatero

José Luis Rodríguez Zapatero no parece ser santo de la devoción de las izquierdas en nuestro país, aunque mantiene un indudable prestigio internacional. ¿Es hora de reivindicar su figura?

Un balance en perspectiva del presidente Zapatero
José Luis Rodríguez Zapatero.
José Luis Rodríguez Zapatero.

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Manuel de la Iglesia - Caruncho

Manuel de la Iglesia - Caruncho

El autor, MANUEL DE LA IGLESIA - CARUNCHO, escribe en MUNDIARIO. Es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Economía Internacional y Desarrollo. Trabajó para la cooperación española en distintos puestos en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Madrid y durante casi quince años en Nicaragua, Honduras, Cuba y Uruguay. También pasó un año en Inglaterra como Visiting Fellow, en el Instituto de Estudios de Desarrollo de la Universidad de Sussex. Como ensayista, ha publicado numerosos artículos y obras como El impacto económico y social de la cooperación al desarrollo y The Politics and Policy of Aid in Spain. Como narrador, ha publicado el libro de relatos Atractores Extraños y las novelas Los dioses de la sombra juegan pelota y A pocas leguas del Cabo Trafalgar. @mundiario

Los elogios se dejan para cuando alguien fallece, para cuando ya no está, para cuando se nos fue; entonces se escriben incluso por quienes han denostado al ausente durante su vida pública. En este caso, como Zapatero es bastante más joven que yo y parece gozar de buena salud, prefiero glosar ya su persona, no sea que más adelante se me escape la oportunidad. Y lo hago sobre todo después de haber escuchado durante la reciente campaña electoral tantos ataques a Pedro Sánchez y al Partido socialista “propinando las patadas en el trasero de Zapatero”: que si Sánchez nos traería de nuevo el desastre que nos trajo Zapatero… que si Sánchez, como Zapatero, volvería a llevar a España a una nueva crisis económica y a un desempleo sin precedentes… y que si patatín y patatán.

Estas embestidas forman parte de las reglas del juego en campaña electoral, cuando todo parece estar permitido. Un adversario se convierte en un enemigo: “ni agua” para él. Y no cuesta mucho entender que se elija a ZP como la personificación de todos los males. El rechazo, incluso la animadversión que su figura despierta en la derecha no es cosa menor. Una desaprobación posiblemente comparable a la que Aznar provoca en las filas de la izquierda. Sin embargo, mientras el expresidente que hablaba catalán en la intimidad -aunque a la vez torpedeaba desde su partido el “Estatut” que podría haber resuelto la convivencia con Cataluña- es todo un símbolo entre las derechas, al menos entre las más broncas, ZP no parece ser santo de la devoción de las izquierdas, ni de las suyas ni de las otras. Zapatero ha sido poco apoyado, e incluso cuestionado, por sectores de su propio partido y por los votantes más a la izquierda, lo que no deja de ser curioso si se considera que es el único presidente progresista que ha tenido España desde que nos deshicimos del franquismo -sin prejuzgar el mandato todavía pendiente de Pedro Sánchez.

Felipe González jugó un papel renovador en la política española, ¿quién podría negarlo? Pero, sin subvalorar las muchas dificultades que enfrentó, sus principales avances, como destrabar el ingreso de España en la UE, mejorar la risible Hacienda Pública de entonces, aprobar la primera ley de interrupción voluntaria del embarazo -restringida a tres supuestos- o universalizar el sistema de salud y las pensiones, fueron las que cabría esperar de cualquier dirigente que pretendiese homologarnos con Europa, con independencia de su signo político. Felipe se limitó -lo que no es poco- a poner en práctica medidas de política que eran normales en nuestro vecindario, a llevar a cabo lo que cualquiera debería hacer entonces en nuestro atrasado país, dicho sea sin restar ningún mérito a sus primeras legislaturas.

Con Zapatero coincidí personalmente en tres ocasiones. Las dos primeras en reuniones que mantuvo con la Coordinadora de Organizaciones No Gubernamentales de Desarrollo (ONGD) de España, una en La Moncloa y la segunda, a petición de la CONGDE, en un “terreno neutral” que acabó siendo “La Casa Encendida” de Madrid. Que yo sepa, ZP ha sido hasta ahora el único presidente que se dignó a reunirse con los representantes de las ONGD, a escuchar lo que quisieron decir, tomar notas y adquirir compromisos, que cumplió, como aumentar los presupuestos dedicados a la cooperación.

La tercera ocasión en que me senté un buen rato con ZP fue fruto de la casualidad. En 2016 uno de los partidos conservadores de Uruguay le invitó a participar en unas jornadas sobre política laboral. Leire Pajín, con quien trabajé como jefe de gabinete cuando era Secretaria de Estado de Cooperación Internacional, supo de esa visita y le sugirió que se acercara al Centro de Formación de la Cooperación Española de Montevideo, un edificio declarado patrimonio arquitectónico de la ciudad y cuyas actividades me habían sido encomendadas. A ZP no le dio su agenda para esa visita y todo indicaba que me quedaría sin saludarlo, pero el embajador de España me designó para despedirlo a la hora de su partida -como el de ZP era un viaje no oficial, el embajador no tenía obligación de acompañarlo-. Y allá me fui, al aeropuerto de Carrasco, a esperarlos a él y a su mujer, Sonsoles, en la sala de autoridades. Pero, ¡sorpresa!, cuando estábamos con los trámites, se anunció un considerable retraso del vuelo.

ZP podría haber hecho lo que cualquier personaje de su categoría en situación similar: llamadas de teléfono, revisar el WhatsApp, consultar la prensa, escribir en una tablet…, pero él prefirió sentarse tranquilamente a charlar. Hablamos de Uruguay, claro, aunque la conversación derivó enseguida hacia España. ZP comentó que su gobierno había tenido, como todos, aciertos y errores, luces y sombras. Lo dijo así, con esa modestia y humildad que le caracterizan. Y, pues bueno, más papista que el Papa me atreví a llevarle la contraria. Le dije que en mi opinión habían sido muchos más los aciertos que los errores. Y comencé a enumerar: la retirada de tropas de Irak -¿cuántas muertes habrá evitado aquella decisión que revirtió la tomada por Aznar, tan amigo de Bush, apoyada en unas “armas de destrucción masiva” inexistentes?-; la regularización de 700 mil emigrantes; el diálogo con ETA tan denostado por la derecha, pero que facilitaría el fin del terrorismo; la ley de igualdad de género; la ley de dependencia; la de plazos para la interrupción voluntaria del embarazo; la de puntos para reducir los accidentes en carretera; la que prohibió fumar en lugares públicos; la que permitió el matrimonio a homosexuales y lesbianas… Bueno, no sé si cité todas aquellas medidas en aquel momento, pero sí unas cuantas. Gozaron de tanto apoyo popular que la derecha, tan crítica cuando se tomaron, no se atrevió a tocarlas cuando accedió al gobierno.

Durante la conversación les narré la cara de felicidad de un subsahariano que vendía baratijas -pulseras, llaveros…- en una playa de Levante cuando le pregunté si cumplía con los requisitos para regularizar su situación. “Los cumplo todos”, me respondió. No tenía antecedentes policiales, llevaba el tiempo suficiente en España y le habían prometido un contrato. Y añadió: “Por primera vez voy a poder visitar a mi familia, a la que no veo desde hace cinco años”. Recuerdo su sonrisa de oreja a oreja y su mirada brillante. Me emocioné al contarlo y creo que ZP también se emocionó un poco al escucharlo.

Si el punto fuerte de ZP fue la ampliación de los derechos ciudadanos, su punto débil era la economía. Cuando llegó la crisis, una crisis provocada en buena parte por la banca norteamericana, pero que encontró en España bases sólidas para amplificarse, como la famosa “burbuja” inmobiliaria, el gobierno de Zapatero, y este es el principal cuestionamiento a su mandato, tardó en ver su alcance. ZP se resistió a aplicar ajustes pero el déficit se escapaba de las manos y una economía como la española podría poner en riesgo el euro y, por esos efectos que pueden desencadenarse, provocar una crisis económica en Europa, como el vuelo de la mariposa puede acabar desatando un huracán. Fue entonces cuando recibió las llamadas de Merkel, de la Comisión Europea, hasta de Obama, todos preocupados por el impacto que no actuar con rapidez tendría en la economía mundial.

ZP entonces decidió inmolarse. Podía haber convocado elecciones antes de aplicar medidas con las que no estaba de acuerdo, pero en ese caso se generaría más inestabilidad. Dio la cara y comenzó los recortes: suprimió los ministerios de Igualdad y de Vivienda, redujo el presupuesto público en casi todos los rubros, aplicó un tijeretazo antológico a la cooperación y hasta cambió la Constitución, recogiendo que prevalecería el pago de la deuda externa sobre cualquier otro. Más no se le pudo pedir, aunque se negó en redondo a aceptar el copago sanitario y el recorte de los derechos de dependencia que se llegaron a proponer.

Aquellas decisiones explotaron como una bomba en el progresismo español pero, hablando con Zapatero aquella tarde, me di cuenta de que el primer crítico con aquellas medidas y quien más las había sufrido había sido él. Al cabo, él había sido quien había creado los ministerio de Igualdad y de Vivienda y quien había incrementado el gasto social y los fondos de cooperación. Aunque las medidas iban a tener un coste mayúsculo para su prestigio, decidió no dejar ese trago amargo a su sucesor.

Esto que les cuento, ¿es exactamente lo que escuché decir a Zapatero durante aquella conversación? Bueno, por discreción no debo desvelar con claridad todo lo hablado. Tómenlo más bien como algo que ZP pudo haber comentado. ¿No dijo alguna vez en algún medio: “Hice lo que había que hacer?” Y se inmoló.

Un interrogante: ¿tuvo ZP ocasión de hacer algo diferente, de buscar una salida más equitativa a la crisis brutal que se nos vino encima? Les digo mi opinión: antes sí, pero difícilmente cuando la crisis estalló y los mercados financieros comenzaron a ejercer su tiranía. Ahora bien, para que la salida a la crisis hubiera tenido menores efectos en el empleo y en la población más vulnerable, la Administración española debería contar con equipos técnicos menos convencionales. En los cuerpos superiores de la Administración del Estado -incluyendo a economistas y técnicos comerciales, abogados del Estado, diplomáticos…- prevalecen visiones conservadoras, cercanas a ese pensamiento único que de tan poco sirve si se quieren diseñar y aplicar políticas distintas, bien sea por ejemplo en el campo fiscal y tributario, en el que mantenemos una recaudación de impuestos tan alejada del promedio europeo, bien en la legislación hipotecaria de entonces, que permitió a la banca quedarse con los pisos ante el impago de las hipotecas y además mantener el saldo de la deuda pendiente a quienes habían perdido ya  vivienda y el empleo. Por suerte hay excepciones, pero no llegan a modificar la corriente principal. En fin, tal vez esto sea motivo para otro artículo.

Ahora sigo a ZP por los medios de comunicación. A pesar de los denuestos de la derecha, ahí lo tienen, a veces acertando y otras no tanto, pero siempre alejado del mundo de los negocios y comprometido con causas complejas, de esas que no traen recompensa: en Venezuela, acierta buscando una salida negociada entre el gobierno y la oposición, la cual saldrá o no saldrá, pero es la que tendría menores costes para la ciudadanía; en Bolivia se equivoca apoyando a Evo Morales, un presidente que, aunque devolvió la dignidad a los pueblos indígenas, no respetó la voluntad popular cuando se pronunció en un referéndum en contra de la reelección presidencial; y aquí, en nuestro país, acierta pronunciándose a favor de que el nuevo gobierno estudie la posibilidad de un indulto en caso de que los independentistas catalanes resulten condenados y lo soliciten, un paso seguramente imprescindible para recuperar la convivencia, por mucho que disguste a tantos/as.

En fin, Zapatero para nada es un “bambi”; tuvo la mala suerte de tener que lidiar con una crisis que no estaba en el guion y a veces se equivoca apoyando a quien no lo merece; pero es una persona progresista, honesta, valiente y consecuente, además de un feminista convencido. Un expresidente que merecería todos los respetos. Al menos, los de las izquierdas. @mundiario