Ayuso convierte el congreso del PP en una tribuna personal contra Sánchez
El discurso de Isabel Díaz Ayuso en el reciente Congreso Nacional del Partido Popular ha sido, en esencia, una pieza más de su estrategia de confrontación permanente. Si Alberto Núñez Feijóo intentó vestirse de presidenciable, la presidenta madrileña optó por el mono de combate. Su intervención estuvo marcada por un tono casi apocalíptico, con referencias a dictaduras comunistas, chándales caribeños y fraudes electorales, en una amalgama de eslóganes que poco o nada tienen que ver con el rigor político o institucional.
Lejos de ceñirse al espíritu de unidad que teóricamente presidía el congreso, Ayuso eligió diferenciarse con un estilo histriónico, personalizado, y plagado de dardos —algunos directos, otros envueltos en chascarrillos— hacia Pedro Sánchez. Lo hizo sin filtros y sin matices, con alusiones que rozaron el esperpento: calificativos como “indio”, acusaciones de corrupción familiar, teorías sobre narcoestados y paralelismos burdos con regímenes autoritarios latinoamericanos. En lugar de elevar el nivel del debate, Ayuso optó por el barro. Y no por falta de ideas, sino por exceso de cálculo.
Porque el fondo del mensaje no era inocente. Ayuso sabe perfectamente lo que hace: su estrategia pasa por consolidar su liderazgo interno como el altavoz emocional de la derecha indignada, esa franja del electorado que no quiere diplomacia ni moderación, sino mano dura y discursos contundentes. En este sentido, su intervención fue un guiño al votante de Vox, a quien busca atraer no desde la razón, sino desde la visceralidad.
Resulta llamativo que, mientras el PP oficial trata de presentarse como alternativa moderada, europeísta y de gestión, su principal figura autonómica no duda en dinamitar ese relato con un discurso ideológico que poco tiene de centrista. Feijóo, entre incómodo y resignado, se limitó a decir que el discurso de Ayuso era “memorable” y que “conviene leerlo”. Un elogio templado, quizá más por cortesía de anfitrión que por convicción real.
En el fondo, lo que Ayuso propone no es un proyecto político, sino un relato emocional de buenos y malos. De patriotas frente a traidores, de héroes contra tiranos. España, en su visión, no es una democracia imperfecta que necesita reformas, sino una especie de dictadura encubierta donde solo ella —o el PP de su visión— puede devolver “el país a los españoles”, una frase cargada de resonancias que remiten más a los años setenta que a 2025.
Esa teatralización de la política, convertida en espectáculo permanente, plantea al Partido Popular un dilema que no ha resuelto: ¿cómo conciliar el perfil de gobierno serio que proyecta Feijóo con el populismo sin matices de Ayuso? ¿Qué partido es el que aspira a gobernar España? ¿El de los pactos, la centralidad y la política de Estado, o el de los discursos en clave de meme y el odio como ariete?
Por otro lado, la falta de autocrítica también resulta significativa. Ayuso no dudó en cargar contra la pareja y el hermano de Pedro Sánchez, a pesar de que su propia pareja está imputada por delitos fiscales y corrupción. Esa doble vara de medir, tan común en la política contemporánea, no deja de evidenciar una tendencia peligrosa: la de erosionar la credibilidad del adversario sin reparar en los propios flancos débiles.
El discurso de Isabel Díaz Ayuso no fue tanto una intervención política como una performance. Una más en su repertorio, diseñada para viralizar titulares, movilizar a los convencidos y tensar los marcos del debate. Si la democracia se sostiene en instituciones fuertes y en liderazgos responsables, la presidenta madrileña parece apostar justo por lo contrario: debilitar la conversación pública con hipérboles, insultos y eslóganes vacíos.
Y aunque pueda parecer efectiva a corto plazo, esta estrategia es pan para hoy y crispación para mañana. Porque construir una alternativa de Gobierno requiere algo más que ruido. Requiere ideas, rigor y sentido de Estado. Y eso, de momento, Ayuso lo ha sustituido por el grito. @mundiario