La avidez acaparadora del miedo es infinita

Puesta de sol en un Madrid preocupado y desierto. / @CarmenMuelas
Puesta de sol en un Madrid preocupado y desierto. / @CarmenMuelas

El coronavirus está poniendo en su sitio muchos aspectos de nuestra vida individual y colectiva. Delimita lo superfluo y evidencia cómo somos.

La avidez acaparadora del miedo es infinita

Este COVID-19 define los comportamientos y pone en su sitio las actitudes que desarrollamos. Es un gran evaluador de casi todo, porque pone frente al espejo  los límites, torpezas e ignorancias, individuales y colectivas. Él mismo es un depredador que vive a costa de infestar y despojar, con una voracidad exponencial que crece día a día. Más de medio mundo está ya en estado de alerta para tratar de aislar sus posibilidades de propagación; una sola persona puede expandir, en el contacto con otras, a varias decenas en un solo día.

El año de la peste

Sin que hayamos llegado a la mitad de lo que puede dar de sí la expansión de este parásito, cada vez más nos está dando más lecciones y es improbable que aprendamos lo suficiente pata abandonar los aprendizajes gregarios con que solemos vivir.  Pese a las incoherencias que puedan advertirse en las decisiones que se están adoptando, merece la pena no perder de vista el descontrol absoluto que se generaría con  la avidez individualista que, para salir del paso a costa de quien sea, se generaría.  Habría sido mucho más dañina que lo que contó Defoe (1722) en El año de la peste, en el Londres de la segunda mitad del siglo XVII. Los recuentos diarios actuales de afectados se le parecen; son más perfectos, pero no dejan de tener ángulos oscuros. Pero, las respuestas que vemos en la calle es dudoso que no sean ta plagadas del egoísmo que Don Daniel deja caer al final:  “Una terrible peste hubo en Londres/ En el año sesenta y cinco// Que arrasó con cien mil almas/ ¡Y sin embargo estoy vivo!”. /

También merece la pena destacar el inmenso papel corrector y protector que tiene lo público en situaciones de emergencia como ésta; qué sería de la sociedad sin la existencia de una sanidad pública y de unos servicios de seguridad públicos, capaces de encauzar la solución coherente del problema. Sin esas instituciones y sus servidores  -sobre los que está cayendo el peso y el riesgo mayor-, la expansión del problema sería muchísimo. Cabe preguntarse, incluso, de dónde vendrá la solución médica del problema si no es de los investigadores que, en este momento, trabajan en programas que tienen como horizonte el enriquecimiento de los medios, vacunas o fármacos que tenemos para hacerle frente. ¿Prefiere alguien que volvamos a las taumatúrgicas imprecaciones a los santos protectores como San Roque o San Lázaro entre otros?

Cuando decimos público nos referimos a las prestaciones que pagamos con los Presupuestos de todos, no las que tienen como horizonte inmediato la rentabilidad económica directa de una inversión e iniciativa privada; lo comercial va siempre a remolque o no va cuando de emergencias se trata. Se está viendo en la tardía y remolona actitud de las secciones privadas de seguros y sanidad privadas que o no arriesgan o no están porque no le ven rentabilidad. Y se palpa, adicionalmente, en las decisiones que, con mentalidad neoliberal, se tratan de seguir poniendo en funcionamiento como lo más natural y con gesto de liberalidad benéfica.

Liberalidad benéfica

En Madrid, por ejemplo, se está viendo en la posible apertura de hoteles medicalizados para atender los picos de afectados “más leves” que puedan producirse. De los otros ni hablan, ni de cómo esta generosidad de “servicio”  la publicitan ahora que la crisis de turismo es manifiesta. Parece que, como en situaciones de nacionalizaciones históricas, husmearan en no perder la caída de beneficios que les va a generar la desocupación turística durante un tiempo. Es una generosidad extraña que hace buena la actitud usmia de aquel limosnero al que todo le valía: “todo es bueno para el convento”. Poner al zorro a cuidar gallinas es lo que habrá pensado Isabel Díaz Ayuso, la que dice que no sabe cómo cerrar Madrid, y que ha puesto al frente de la gestión del Coronavirus a un señor que reniega de lo público, encantado de que las consultas de atención primaria las pagara la gente que tuviera dudas, y animador de los emprendedores para que vean en la sanidad –a costa de la pública, claro- un entorno estupendo de inversión. Fantástico.

No dan puntada sin hilo. En su estrategia no entra el corregir un contexto educativo que ya vienen deteriorando sistemáticamente desde aquel “Tamayazo” del 20 de junio de 2003. La desacreditación y empobrecimiento de lo público ha sido creciente y en la Consejería de  Educación, el hecho de que la escolarización en Madrid en la etapa de Educación Infantil sea del 42%, mientras que la media de la OCDE alcanza el 76%, es todo un síntoma. Y más cuando, como denuncian desde CCOO-Madrid, las partidas presupuestarias para la red pública de escuelas infantiles y la de gestión indirecta, mediante convenios con ayuntamientos y entidades, son "desproporcionadamente bajas” si se comparan con las que se dedican a la financiación de la "enseñanza privada". Solo un 10% del gasto total para esta etapa es dedicado a la gratuidad de Escuelas Infantiles, mientras que casi el 80% (190 millones de euros) se dedica a financiar conciertos educativos: 252 centros de la región. Maravillosa la “calidad” educativa tan selecta que practica este equipo conservador que rige en la Comunidad de Madrid.

La guinda la ponen, en este momento de suspensión de actividad educativa y aislamiento correspondiente, con el despido encubierto que pretenden llevar a cabo de cuidadoras y profesionales en empresas que gestionan la Educación Infantil en Madrid. Unas 8000 que se enfrentan a un posible ERTE  son todo un ejemplo de ahorro a cuenta de los empleos de unas personas que en general ya tenían sueldos precarios.   Más cosas veremos  en los días que se avecinan, difíciles de compaginar con las supuestas bondades que, según no paran de decirnos, tiene “la mejor sanidad del mundo” y, con el mismo canon, “la educación mejor del mundo”. Tal vez debieran explicar bien qué signifiquen estos tópicos que vemos con agujeros imposibles de tapar cuando más falta hace. Seguramente nos están indicando que no nos quejemos, porque podría ser infinitamente peor.

Usmias acaparadores

Casi al final de su dietario, Defoe dice: “Se me trataría de censor y acaso se me acusaría de injusto si me entregara al enojoso trabajo que consiste en reflexionar, sean cuales fueren las razones, acerca de la ingratitud humana y del regreso a las perversidades de toda especie, cuyo testigo ocular fui”. Pero hay una gran avidez por acaparar, que va más allá de lo que se ve en las colas de alimentación o de farmacia. ¡Atentos al virus y a cuanto le están colgando! @mundiario

La avidez acaparadora del miedo es infinita
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