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MUNDIARIO

Autoengaños tras los conflictos crecientes entre ética y política

La conversación se ocupa de si son galgos o podencos. Anda distraída de las necesidades crecientes de los ciudadanos, razón central de la política.

Autoengaños tras los conflictos crecientes entre ética y política
Paco Lara.
Paco Lara.

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Manuel Menor

Manuel Menor

El autor, MANUEL MENOR, es analista de educación de MUNDIARIO. Licenciado en Historia y doctor en Pedagogía, ha enseñado Ciencias Sociales en Secundaria. @mundiario

Este momento es propicio para entender mejor que nunca las distinciones  que, por pragmatismo, suelen borrarse entre lo ético y lo legal. La fragilidad económica –y también la política- muestran más descarnadamente las diferencias cualitativas de lo uno y lo otro, y de esa tensión afloran con vigor las reivindicaciones de calidad democrática. A prueba está, con ello, la presunta superioridad moral de la izquierda, que cuando, por ejemplo, la corrupción de políticos de la derecha ha desbordado las primeras páginas de los periódicos ha querido marcar este territorio de lo moral como propio.

A una velocidad de vértigo se están sucediendo las ocasiones de comprobarlo. Primero fue la cuestión de los cohetes “inteligentes” que, al parecer, distinguirían perfectamente a los malos. Por medio, hubo que atender a variados supuestos que han acarreado tres importantes dimisiones. La dudosa ética de la legalidad de másteres y tesis doctorales también ha afectado a miembros del Gobierno, no solo a lo más selecto del PP. Y continuamos en ese vaivén, donde la corrección política se debate entre la moral y el oportunismo coyuntural: la ministra de Justicia y el de Ciencia deshojan ahora la margarita de si dimitir o esperar a ser destituidos. ¿Ha de prevalecer lo moral o lo legalmente más convenienzudo a un Gobierno al que, en todo caso,  su debilidad aritmética se le acrecienta la de credibilidad?

Un paisaje moral abrupto

Momentos como este son propicios también para las disculpas. Pero es difícilmente asumible lo que esté sucediendo con la aplicación de lo legislado para cortar la sangría humana que implica el que, en lo que va de año, ya sean 44 las mujeres asesinadas, además de varios niños y niñas que pueden entrar en el cómputo de la “violencia de género”. Sería impresentable que cualquier otro colectivo social tuviera estas cifras, repetidas por las estadísticas año tras año desde que en 2003 hemos empezado a contabilizarlas. Sin embargo, casi forma parte del paisaje, solo levemente alterado con las manifestaciones de duelo que suelen reiterarse en los municipios donde se producen estas desgracias.

En tan abrupto paisaje empiezan a  destacar los damnificados por pederastia y por haber sido separados de sus familias como bebés robados. Acerca de lo primero, lo más accidentado hasta ahora ha sido –en espacios educativos de la Iglesia- daños detectados en las diócesis de Astorga y Granada, más algunos casos en otros colegios. Por lo que en algunas novelas de hace años -y en algún libro reciente sobre Los internados del miedo (2015)- ha ido aflorando, es muy probable que haya sido un fenómeno más amplio. Lo apuntan, además, las crecidas denuncias  en EEUU, Irlanda, Australia, Chile o Alemania, que han hecho que el Papa Francisco pidiera perdón. Aquí, preventivamente, algún prelado, aparte de repetir lo del perdón –como si bastara para no tener que resarcir en justicia a los damnificados-, trata de remitir el problema a la “responsabilidad de todos”, una forma de escapismo que difícilmente aceptarán quienes hayan tenido que sufrir haber sido confiados en su infancia a sacerdotes o monjas incompetentes, no controlados eclesiásticamente ni en la jurisdicción civil. 

Del mismo cariz es que, después de 1936, y con variado pretexto “redentor” de los vencedores de aquella contienda incivil, muchas madres fueran privadas de sus hijos mientras la mayoría de los obispos españoles, admiradores de Franco durante 40 años, le canonizaron en sus homilías cuando murió. El reciente libro de Neus Roig, No llores, que vas a ser feliz, -en que aparecen referencias a congregaciones religiosas de carácter hospitalario y a dejación del Estado en cuanto a facilitar que los afectados puedan encontrar a sus familias biológicas- es una denuncia en toda regla

Paco Lara, maestro

Podemos autoengañarnos con la epidermis del paisaje político actual y cerrar los ojos, pero nada es lo que parece. Las raíces de su apariencia actual –como en todo paisaje geográfico- tienen su fundamento cuasi geológico bien atrás. Quien haya vivido esos años anteriores verá que -con raras excepciones de apelación al Evangelio primitivo, como la del Colegio San Antonio en el barrio madrileño de Tetuán-, casi un tercio estructural de  la educación española sigue hoy de modo muy similar a como era antes, mientras a la enseñanza pública se le deniegan instrumentos adecuados para atender a una población plural, en que, según Cáritas, cuatro millones de personas viven en situación de “marginación severa”. La moral social en que navegamos políticos y ciudadanos, sí tiene mucho que ver con ese sistema, por efímera que pueda ser la coyuntura política. El duro trabajo educador que, entre otros, desarrolló Paco Lara –recién fallecido- en barrios con más problemas, ha de ser un estímulo para cuantos pelean por que la ética y la legalidad vayan de la mano. @mundiario