El asunto catalán ha llevado a España del histerismo al Asterixmo

Artur Mas.
Artur Mas.

En el comic de la aldea mediterránea que resiste ante España y Europa, falta un Astérix. Rajoy es la caricatura de César, Mas el perrito faldero de Obélix Junqueras y Pujol el Druida impostor cuya pócima mágica ha debilitado a su tribu.

El asunto catalán ha llevado a España del histerismo al Asterixmo

En el comic de la aldea mediterránea que resiste ante España y Europa, falta un Astérix. Rajoy es la caricatura de César, Mas el perrito faldero de Obélix Junqueras y Pujol el Druida impostor cuya pócima mágica ha debilitado a su tribu.

Es terrible, terrible, porque cuanto más intentamos dramatizar la odisea catalana, desde Madrid o desde Barcelona, con más intensidad conseguimos que parezca una parodia allende nuestras fronteras. Cuantos más énfasis hacen, hacemos, para intentar exportarla al mundo como una tragedia nacional, el mundo lo contempla como una nueva comedia de enredo genuinamente española. Aquí, hace siglos que no escribimos historia propiamente dicha, sino sainetes, páginas de hilarantes y esperpénticas alucinaciones de caballeros andantes, versiones actualizadas de Lazarillos del Tormes, trasnochadas gestas de Fuenteovejuna, chanzas de burladores y burladoras de Sevilla, pasajes redundantes de Ínsulas de Barataria, luchas contra gigantes que, más allá de los Pirineos, creen desde hace siglos que sólo son, que siempre han sido y que siempre serán molinos de viento caprichoso.

El mundo se ríe con nosotros y de nosotros

Te despiertas una mañana de 2014, con otro otoño caliente llamando a la puerta de nuestro calendario y, oye, de verdad, te da la sensación de que el mundo lleva un horror tomándonos de coña. El Mundo y Europa son esas enormes placentas sociológicas que nos rodean que sólo están dispuestas a reírse con nosotros o de nosotros, con el balconing, con el sol que calienta en nuestras playas, en nuestros locales abiertos hasta el amanecer y aprovechando nuestro hospitalario y sumiso turismo low cost. Pero, ahora que lo pienso, nunca han estado, ni están, ni estarán dispuestos a llorar con nosotros. Con razón pasó de largo Míster Marshall para mayor miseria de España y mayor gloria de Berlanga.

Durante nuestra cruenta y traumática guerra civil, por ejemplo, la Europa de esos señores altos y rubios de ahí arriba y demás colegas de occidente conciliaba el sueño con la misma facilidad con la que ha planchado la oreja durante décadas en cualquiera de las muchas guerras fratricidas que han estallado en África. Hombre, sí, enviaban fotógrafos, chicos de la prensa, últimos mohicanos románticos y tíos Hem sedientos de sangre, arena, güisqui, pulitzer y nóbeles de literatura, a ver si me entiendes, con la sana o insana curiosidad de averiguar por quién doblaban nuestras campanas. Luego, durante los 40 años de dictadura, en muchos de cuyos amaneceres resonaba el eco escalofriante de los electroshocks y el garrote vil, la mayoría de las intransigentes y democráticas banderas del viejo continente ondeaban plácidamente, tan panchas, en las sedes de sus embajadas y consulados esparcidos por nuestra geografía. Y ni siquiera cuando llegó al final aquel tiempo al que llamábamos de la reforma, ¿recuerdas?, quedó suficientemente claro si seguíamos siendo parte del norte de África o empezábamos a ser parte del sur del Viejo Continente. Todavía recuerdo a  un tipo como Valery Giscard, ejemplo, recibiendo a Suárez en el Elíseo con el mismo desdén que a un chico de los recados, bautizando a Felipe como “el chico sin corbata de ahí abajo”, declarando zona protegida al santuario de ETA en el sur de Francia y castrando a la agricultura española como condición sine qua non para nuestra admisión en el selecto club de la Comunidad Europea.

Del histerismo al Asterixmo

Francamente, señores. Para este viaje no hacían falta alforjas. Hemos pasado de la desolación Berlanguiana de Villa del Río tras el paso sin huella de Míster Marshall, a la desolación dantesca tras el paso con huella (más parados, más pobreza, más emigración, más deuda) de Frau Merkel. Hombre, por lo menos con Berlanga nos echamos unas risas, oye. Pero es que con el guión que inició Zapatero y se ha puesto a rodar Rajoy, llevamos unos años echándonos un horror lágrimas, coño. ¡Ya está bien de que por ahí fuera sigan riéndose de nosotros! Que España no parezca un país, sino talmente un comic. Que Rajoy haga el ridículo papelón de Julio César en las aventuras cañís de Astérix, y Artur Mas de Idéfix, el perrito fiel de ese Obélix Junqueras, je, siempre cargado con el sagrado y cargante menhir independentista, y Pujol de Druida impostor y jubilado, miradle, cuya proverbial pócima mágica nacionalista resulta que ha acabado debilitando a esa tribu que resiste en su aldea mediterránea.

Claro que publicarán nuestras disparatadas aventuras los prestigiosos periódicos internacionales. Pero, no os hagáis, no nos hagamos ilusiones, colegas. También se han publicado las tiras de Mafalda o las viñetas inmortales de la universal aldea gala que han provocado tantas sonrisas entre tantos lectores adeptos. Con una sutil e insalvable diferencia entre la obra que han compartido René Goscinny y Albert Uderzo para gozo de sus seguidores, y esta otra que comparten Rajoy y Más para sonrojo de sus sufridores. Una, la de la aldea gala, es un divertido comic que se proyecta en el presente a partir de caricaturas del pasado; la otra, la de la aldea mediterránea, es un funesto comic que nos retrotrae al funesto pasado partiendo de esperpénticas caricaturas del presente. United Kingdon y España, ya digo, pueden tomarse tan a pecho como quieran sus procesos de solicitud de divorcio de Escocia y Cataluña. Pero a occidente, esa proporción territorial y humana de este perro mundo, le acojona mucho más la suerte del Estado de Ucrania que la hipótesis de un Estado escocés, el proceso de embarazo de un Estado Islámico que el embarazo psicológico de un Estado Catalán, las erupciones volcánicas de las Intifadas que los fuegos artificiales de las Diadas.

El Molt Deshonorable exPresident

Menos mal que, por lo menos, en el peor de los casos Cataluña ya no podría independizarse con Jordi Pujol como Molt Honorable President, oye. Porque si todo esto del derecho a decidir, la independencia y la cosa se llega a producir con 14 años de adelanto, o sea, coincidiendo con la entrada en vigor del EURO, a estas horas circularían por Cataluña, por España, por Europa, monedas de dos euros con la efigie del Molt Deshonorable exPresident. Tampoco parece que puedan acabar acuñándose con la efigie de Artur Mas, la verdad, si nos atenemos a las tendenciosas tendencias de los sondeos. Queda, eso sí, una posibilidad, remota pero no inverosímil, de que al final de este largo y tortuoso camino, si el tiempo lo permite y con permiso de la autoridad, acabemos llevando en el bolsillo monedas con la efigie de Oriol Junqueras. Como en Andorra, como San Marino, como en Mónaco, como en El Vaticano, Estados de esos que por una parte no son Europa, por otra yo qué sé, por otra utilizan su moneda y por otra qué quieres que te diga…

Mientras tanto, un montón de honorables cómplices activos o pasivos del deshonorable Pujol siguen “Felipeando” con sus diseños de joyas preciosas y orales, “Marianeando” atrincherados en La Constitución, “Aznareando” con abdominales patrióticos que ponen cachonda a la derecha tramontana, “Solchagueando” cómodamente sentados en fríos y calculadores consejos de administración, “Camboneando” entre defensas simultáneas de independencia e Infantas, “Pedroleando” para que Ferraz pueda salirse por la tangente, “Pabloneando” con la franja de Gaza artificialmente trasplantada a Cataluña, “Godoneando” y “Laraneando” al timón de buques insignia de medios de comunicación o “Raholeando”, o sea, manipulando pinyas de castellers para levantar el castillo humano en el aire de una independencia bonsái, contra viento constitucional y marea occidental de globalización. A los demás, chico, sólo nos queda esperar melancolía en septiembre, incertidumbre en noviembre y partes meteorológicos que descarten o anuncien un largo y tortuoso invierno de nuestro descontento.

El asunto catalán ha llevado a España del histerismo al Asterixmo
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