El asalto al Capitolio de Washington, ¿epílogo o prólogo?

Donald Trump. / Instagram @realdonaldtrump
Donald Trump en un mitin.

Es necesario evitar la polarización extrema pero también introducir correcciones profundas en una economía que ensancha la desigualdad a velocidad vertiginosa mientras asegura la reproducción de las élites.

El asalto al Capitolio de Washington, ¿epílogo o prólogo?

En su novela traducida como “La conjura americana”, Philip Roth, uno de los grandes escritores norteamericanos contemporáneos, relata una evolución de su país hacia el autoritarismo o fascismo, tras una hipotética victoria de Lindbergh contra Roosevelt en 1940. Donald Trump ha ido mucho más allá de la imaginación novelesca. Desde la Presidencia ha lanzado a sus seguidores contra la cuna de la democracia moderna, el Capitolio americano, tratando de bloquear la proclamación definitiva de los resultados electorales. Su despedida política está a la altura de su carrera, espectacular, inédita y rupturista. Es probable que tenga repercusiones penales pero las incertidumbres que pone de manifiesto son más importantes. No es posible olvidar que todavía la pasada semana era proclamado como la persona más admirada de Estados Unidos, según una encuesta del Instituto Gallup. Popularidad debida precisamente a su personalidad.

El asalto al Capitolio ha sido impactante. Imágenes representadas muchas veces en el cine, han sido superadas por la realidad. No ha sido el Presidente la víctima, como gusta representar la cinematografía del país, sino el impulsor de la insurrección, que deja ya cuatro muertos. Se anuncian manifestaciones en otras ciudades promovidas por seguidores radicalizados que no aceptan la evidencia publicada fiándose solamente de las redes sociales. Como es sabido, las redes segmentan las comunidades de seguidores, de forma que foros, chats, listas de seguidores y demás herramientas, lejos de ofrecer mayor pluralismo nos aíslan en las reducidas comunidades de los que piensan igual, retroalimentándose en sus propias convicciones.

Trump ha perdido las elecciones aunque ha conseguido un resultado electoral sin precedentes históricos. Siendo los partidos americanos, estructuras electorales muy laxas que dan cobijo a un abanico muy diversificado de tendencias y dirigentes, consecuencia de la elección  uninominal en cada distrito, Trump ha barrido a las viejas élites republicanas, conformando un nuevo ideario populista en lo interior, unilateral y aislacionista en lo exterior, que ha galvanizado al electorado. Más de 70 millones de votos no pueden ser caricaturizados de iletrados. La pregunta es quién asumirá dicho legado, qué dirigente republicano ya sea por convicción o por interés, tratará de suceder a Trump captando esa enorme masa electoral.

Podría ser el propio Presidente saliente quien tratase de continuar influyendo en la vida pública a través de lo que mejor domina, las redes sociales. Trump ha mantenido una lucha sin cuartel durante toda su carrera contra los medios de comunicación, escritos y audiovisuales, a los que acusa de ofrecer una visión tendenciosa de la sociedad americana, de acuerdo con los intereses de las élites económicas y culturales liberales. Trump, él mismo parte de la élite económica, hace una interpretación libérrima de los valores de la sociedad americana en la línea de los populismos modernos más que del fascismo tradicional.

El asalto a los Parlamentos electos no es inhabitual. Venezuela, Ucrania, Armenia, Taiwan o Hong-Kong son ejemplos de los últimos años. En España el asalto e incendio del Parlamento de Murcia ha sido objeto de una reciente película mientras que el asalto al Parlamento de Cataluña se ha repetido en más de una ocasión. Por ello cabe preguntarse si asistimos al epílogo de una presidencia radical o el comienzo de una nueva era en las democracias liberales, siguiendo el principio de que los modelos norteamericanos marcan tendencia. Se habla actualmente de las democracias iliberales para referirse a los países que mantienen la arquitectura de la democracia liberal pero la socavan con tendencias autoritarias, grupo en el que se cita a Rusia, Polonia, Hungría, Turquía y otros muchos países en los demás continentes. En todos ellos, el hiperliderazgo personal se impone al tradicional principio liberal del equilibrio de poderes, erosionándose los mecanismos de oposición política, control del gobierno o libertad de prensa, entre otros.

La evolución de las sociedades más avanzadas no invita al optimismo. Las recientes crisis económicas del capitalismo se han resuelto con la exclusión, en distintos grados, de amplias capas de la sociedad. La que estamos viviendo no es excepción. Si en la crisis financiera de 2008 la clase media se redujo y la precariedad laboral se instaló definitivamente,  la crisis actual puede ser peor. A día de hoy, según los últimos datos del mercado laboral, el 22% de la población activa española se encuentra en paro, en ERTE o figuras similares o directamente excluida. Son cinco millones de personas que cada día dudan sobre su futuro y el de su familia. Es difícil que las reglas de la democracia liberal les den satisfacción vital.

Corresponderá a la política, también a los medios de comunicación, evitar la polarización extrema pero también introducir correcciones profundas en un modelo de desarrollo económico que ensancha la desigualdad a velocidad vertiginosa mientras asegura la reproducción de las élites. Esa es la sociedad en la que estamos y por eso cabe preguntarse si la derrota de Trump es final o simple etapa. @mundiario

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