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Argentina: sangre gallega en un país colapsado por la nostalgia y el populismo

La realidad se oculta tras la grandilocuencia, la crítica sucumbe ante la idolatría y la madurez no acaba de imponerse a la adolescencia. “Tenés todo, tenés nada”, resumió Simeone.

Argentina: sangre gallega en un país colapsado por la nostalgia y el populismo
La Plaza de Mayo de Buenos Aires es el epicentro de decenas de protestas.
La Plaza de Mayo de Buenos Aires es el epicentro de decenas de protestas.

David F. Villar

Periodista. Colaborador de MUNDIARIO.

La realidad se oculta tras la grandilocuencia, la crítica sucumbe ante la idolatría y la madurez no acaba de imponerse a la adolescencia. “Tenés todo, tenés nada”, resumió Simeone.

Dos semanas en Argentina sirven para constatar que es el país de las paradojas. El país que en cien años pasó de ser el granero del mundo a tener en su territorio 10 millones de pobres sin vivienda digna ni educación; el país en el que sus habitantes viven atrapados por sueños de grandeza mientras la realidad permanece envuelta en una crisis sempiterna que condiciona la acción de cualquier ejecutivo; el país de los mitos, de la idolatría enfermiza y del populismo, acostumbrado a caminar entre el abismo y la ilusión; el país que abraza la nostalgia del tango mientras malevos de cuchillo y coraje han escrito parte de su historia en suburbios y gobiernos…

El hecho maldito del país burgués

En los próximos meses Argentina celebrará dos notables efemérides en las que se disparará por igual la grandilocuencia y la melancolía por lo que pudo haber sido y no fue. Dentro de año y medio, el 9 de julio de 2016, el país cumplirá dos siglos desde que se firmó la Declaración de Independencia en el Congreso de Tucumán. Antes, el 17 de octubre del año que viene, celebrará otra fecha igual de importante en el imaginario colectivo: 70 años del Día de la Lealtad. O lo que es lo mismo, el día del nacimiento del peronismo tras una gran movilización obrera y sindical que reivindicaba la liberación del entonces coronel Juan Domingo Perón.

Siete décadas de existencia del movimiento han alimentado definiciones de los más variado: “el nombre político del derrumbe argentino”, “el hecho maldito del país burgués”, “la nostalgia de un país que casi fue”… Afirma Martín Caparrós que cuando a un argentino se le pregunta qué es el peronismo, guitarrea. Y es que el pentagrama tiene notas de lo más discordantes… El movimiento osciló del sindicalismo perseguido al apoyo de la patronal. En los años 70 transitó desde la izquierda nacionalista al nacionalismo fascistoide. Abrazó el neoliberalismo económico en la década de los 90 para, finalmente, mudar en populismo estatista a principios del siglo XXI. Lo único probado a estas alturas del Partido Justicialista es su capacidad para reinventarse, para multiplicarse en secciones de lo más variado. Se deshace pero no se descompone. Al contrario: la división le garantiza el poder como a las células le garantiza la vida.

Y después del kirchnerismo…

Muchos ciudadanos ven al país en una encrucijada. “Es hora de que paremos, reflexionemos qué queremos ser, adónde vamos… Argentina es un país joven que tiene que encauzar toda su fuerza para evolucionar, abandonar los argumentos populistas y convertirse en un Estado moderno y desarrollado”, afirma Alberto Graíño, gallego de corazón y porteño de nacimiento. El kirchnerismo dejó luces y sombras. Entre las primeras, cierto progreso en la educación pública y el lanzamiento de satélites en el marco del Plan Espacial Argentino. Entre las segundas, el fiasco en la renovación de la red ferroviaria, el cepo cambiario, o el victimismo a la hora de afrontar asuntos como el pago de la deuda a los fondos de inversión o la expropiación de YPF Repsol. Cristina Kirchner está en horas bajas. En la calle, muchos critican con dureza sus gastos desmedidos y el aumento de la inseguridad. Los únicos frenos al descenso de su popularidad parecen ser sus ingresos hospitalarios por enfermedad o el asistencialismo generalizado. Vanesa Gagliardi colabora con una organización que trata de brindar alguna oportunidad a niños sin futuro. “Es la pescadilla que se muerde la cola. El Gobierno lucha contra la pobreza con medidas sociales como subsidios (por paro, comida, hijos…) con los que una familia puede reunir entre 8.000 y 10.000 pesos (casi 1.000 euros). Muchos prefieren no trabajar. Lo que se está promoviendo es el inmovilismo, la pobreza perpetua”, relata.

En 2015 habrá elecciones presidenciales. Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires, es el teórico heredero del kirchnerismo. En esa carrera, sus roces con el Ministro de Interior, Florencio Randazzo, son continuos. Sergio Massa es el Intendente (Alcalde) del Tigre. Peronista, fundador del Frente Renovador, se postula como el “presidente de la seguridad y la educación”. Elisa Carrió es un verso suelto en la política argentina. Abandonó el Frente Amplio-UNEN y ya se especula con que sea la Procuradora General de la Nación si Mauricio Macri gana los comicios. El jefe del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires es el candidato presidencial del PRO (Propuesta Republicana) que vino a Europa hace unos días a buscar el apoyo (y la foto) de Angela Merkel. Soledad Monteagudo, profesora de Historia de España en la Universidad de Morón, defiende la labor de Cristina en el Gobierno y dice que muchas de las críticas son por el mero hecho de ser mujer. Cree que las opciones del kirchnerismo de seguir en el poder pasan por ganar las elecciones en primera vuelta y evitar el enfrentamiento directo con Macri.

Sangre gallega en Buenos Aires

El último dato oficial de la Xunta de 2013 establece que en Argentina están empadronados 163.227 gallegos. Hijos, nietos y bisnietos elevarían esa cifra hasta cerca de las 300.000 personas, pero lo cierto es que la influencia de Galicia trasciende lo estadístico y debe medirse más en el terreno de lo inmaterial.

Los emigrantes fundaron tantas sociedades como parroquias tuvieron representantes en Buenos Aires (350 entre 1904 y 1936). Esa capacidad asociativa, que contradice el viejo mito de la insolidaridad e individualismo gallego, intentaba reconstruir la comunidad cultural e identitaria que habían dejado atrás. El Centro Gallego funcionó como entidad totalizadora: llegó a tener 120.000 socios y fue la mutualidad médica y social más grande de América. Culturalmente, mientras los gallegos vivían en España la longa noite de pedra, Buenos Aires era la alborada de liberdade para Maside, Laxeiro, Castelao, Luis Seoane o Maruja Mallo.  

Así como no se entiende Buenos Aires al margen de los gallegos, tampoco se comprende la Galicia actual sin la labor de los emigrantes. El cooperativismo (Coren), las grandes empresas (Pescanova), las iniciativas culturales (El laboratorio de Formas o las 92 publicaciones de prensa gallega fundadas sólo en la capital porteña) o el fomento de la instrucción (escuelas de indianos)… hunden sus raíces del otro lado del atlántico. Allí, en la Avenida de Mayo, Callao o Recoleta, es fácil encontrarse con un remisero nostálgico de Camariñas, con el librero vigués de Clásica y Moderna o con el emigrante de Mondoñedo que ensalza la figura de Raúl Alfonsín delante de su tumba. “Cuanto más tiempo pasa, más grande es su figura. Fue el único que tuvo el valor de enfrentarse a los militares”, comenta.

Lo cierto es que Alfonsín fue de los pocos que se opusieron a la invasión de las Malvinas y al triunfalismo generalizado azuzado por el nacionalismo marcial durante los años de la Junta Militar (1976-1983). Se reunía de forma secreta con intelectuales, políticos y dirigentes de la Unión Cívica Radical que comían empanada durante sus encuentros y que acabarían siendo bautizados como el Grupo de las Empanadas. Con el paso de los años, el grupo trasladó sus debates al Restorán Lalín, un local de la calle Moreno que tenía buen pescado y vino gallego, y cuyos dueños facilitaban al futuro presidente una mesa discreta para hablar de política. Allí se fraguó el libro Raúl Alfonsín: la cuestión argentina. La primera crítica de un dirigente político a la dictadura militar que tuvo que ser editado casi clandestinamente.

La superación de la adolescencia

En Argentina los objetivos suelen ser épicos. Los resultados, por la contra, mínimos y vienen acompañados de una puesta en escena patética. Casi todos los gobiernos desde mediados del siglo pasado tienen en su balance el honor de promover algún proyecto disparatado.

  • > Perón anunció en 1951 que Argentina iba a controlar un proceso de fusión nuclear. El encargado del plan era Ronald Richter, un científico alemán que convenció a Perón de que podía desarrollar energía atómica desde un enorme laboratorio que se construyó en la isla Huemul, cerca de Bariloche. Se invirtieron seis millones de dólares pero el proyecto solo tardó un año en desinflarse. Y el mundo entero estuvo un año riéndose del anuncio de Perón…
  • > La muerte de Perón en 1974 intensificó un conflicto latente en un país poco maduro. Los montoneros reclamaban su herencia desde la izquierda. El grupo fue acumulando un largo historial sangriento de atentados y secuestros hasta que el gobierno de Isabelita Perón y la dictadura posterior se apoyó en la temible Triple A de López Rega para combatirlos. La guerrilla desembocó en guerra y la guerra, en torturas y miles de desaparecidos.
  • > En abril de 1982, el general Leopoldo Galtieri invadió las Malvinas. La sociedad olvidó la crisis económica que vivían. Se entusiasmaron con el discurso nacionalista que explotaba el mito de la potencia. El triunfalismo y la euforia campaban a sus anchas tras la victoria en el Mundial de fútbol del 78. La respuesta inglesa fue contundente. Dejó casi 1.000 muertos y una herida de adolescencia que aún sigue fresca…
  • > En los 80, Alfonsín quiso llevar la capital del país a la Patagonia, concretamente a una ciudad de 30.000 habitantes llamada Viedma. El nuevo distrito federal tendría 500.000 hectáreas. El Estado invertiría más de 2.200 millones de dólares para crear un segundo polo de desarrollo. En el Proyecto Patagonia se diseñaron bulevares, edificios públicos, viviendas y se planificó el traslado de funcionarios y la promoción de empresas. El plazo era de doce años y medio pero la idea de juventud fue muriendo al cabo de tres por el empeoramiento de la economía.
  • > En los 90, Menem quiso construir una aeroisla artificial con pistas de aterrizaje que sustituyera al aeropuerto Jorge Newbery. Los terrenos que ocupaba eran muy golosos para un negocio inmobiliario… que financiaría el coste de la isla: 926 millones de dólares. El traslado se llegó a anunciar de forma oficial pero Menem no pudo vender el solar porque la justicia le reconoció al gobierno porteño la propiedad de esas tierras.
  • > Los Kirchner también tuvieron sus proyectos disparatados. Néstor promovió la construcción del tren bala para modernizar los obsoletos y peligrosos trenes argentinos. El coste estimado era de 4.000 millones de dólares. Cristina, por su parte, estableció el cepo cambiario. La medida prohibía a los argentinos comprar dólares. Las consecuencias fueron el aumento de la presión sobre el ahorro, problemas para las importaciones e incremento de la inflación.

Parece que la paradoja, el disparate o la contradicción marcan el destino de Argentina. Por eso no es de extrañar que Borges recurriera a esta figura retórica para resumir en un par de versos el fuerte sentimiento que mantenía con Buenos Aires: “No nos une el amor sino el espanto/será por eso que la quiero tanto”. El Cholo Simeone actualizó la interpretación de ese sentimiento cuando perdió en el último minuto la final de la Champions del año pasado: “Tenés todo, tenés nada”...