“Aquí mando yo”

Pedro Sánchez y Susana Díaz. / Pho.to
Pedro Sánchez y Susana Díaz. / Pho.to
En el PSOE también vimos su guerra civil de 2016 entre dos bandos encabezados por dos políticos que fueron alguien en las Juventudes Socialistas.

Hay un curioso dato en la guerra civil del Partido Popular que acaba de declarase en la que una o las dos partes acabarán por fallecer políticamente e, incluso la formación conservadora, puede que también mediante una refundación. El conflicto que nos tiene asombrados está protagonizado en distintos niveles por los cachorros que se incorporaron más o menos a Nuevas Generaciones hace dos décadas.

Todos los partidos con cierta entidad disponen en su interior de un apéndice en el que organizan a sus militantes juveniles, donde se van fogueando en el complejo arte de la política. Se diría que es una escuela práctica en maestría de la gobernanza, completada con los estudios, en donde la difusa promesa de formar parte en el futuro de la dirigencia de un país, una ciudad o comunidad autónoma sirve de estímulo a la par que fomenta la adhesión a los postulados ideológicos de la formación política en la que militan. 

Sobre el papel es una excelente idea para la formación de futuros cuadros, pero en el plano real, pocas veces termina siendo –parafraseando un verso de Lorca– buena, bella y sagrada. 

La trayectoria del militante juvenil es diversa como no podía ser menos. Unos terminan centrándose en sus estudios dejando su activismo de lado, otros en sus trabajos y algunos persisten en su aguerrida militancia, incrustándose en el aparato del partido a la espera de conseguir, más pronto que tarde, una concejalía, un puesto en la estructura burocrática de la organización, un asiento de diputado o alguna asesoría para la que, la mayor parte de las veces, carecen de cualificación, pero no de escrúpulos por lo general.

Centrémonos en este último grupo. Como jóvenes, en su formación política, experimentan la explotación como casi toda la juventud en el inicio laboral en España. Son la infantería en la organización de eventos electorales, pegan carteles, deben asistir a los actos para ocupar las sillas vacías y dar frescura al público, aplaudir a rabiar y todo aquello casi invisible pero necesario que hace que una maquinaria política funcione bien con menos dinero que a precios de mercado.

Ya más experimentados, algunos se encargan de las labores insalubres de la política, esas que, de saberse, incluso nuestro sistema de fiscalía apoltronada tomaría iniciativa propia para llevarlas al juzgado. El nivel de ilegalidad en el interior de nuestros partidos políticos es el gran desconocido de la democracia.

En este recorrido, su formación a través de la socialización de las cosas cotidianas; los hechos que experimentan casi sin darse cuenta, lo que ven en sus mayores y lo que protagonizan (Michael Billeg) no son los valores que conforman la ideología proclamada de los partidos, si no las actuaciones de dudosa legalidad y las tretas para ocultarlas o justificarlas públicamente. En momentos de zozobra, en las sedes de los partidos estos jóvenes cachorros escuchan palabras de agresividad de guerra paisana: cabrón-a, hijop…, hay que cortarle las pelot… y todas aquellas que usted se imagina. Las palabras también crean marcos mentales.

Algunos, abandonan sus estudios o aprueban de manera poco ortodoxa (ya conocen ejemplos en esta guerra), por lo que no vivieron en ambientes en los que absorber valores sociales. Un ejemplo exagerado es el de Ángel Carromero, el recién dimitido coordinador general de la alcaldía de Madrid tras destaparse el espionaje de los dirigentes del PP a la presidenta de la Comunidad de Madrid. Cada vez que protagonizó algo, desde el accidente tráfico hace 10 años en Cuba, en el que murió un opositor al régimen de la isla, hasta la pasada dimisión siempre que emergió a la superficie del conocimiento público lo hizo desde el lado oscuro de la política.

Hay otros con un perfil más normal y de larga trayectoria en la organización juvenil del PP, Casado, García Egea, Alberto Casero (el del voto equivocado) y Díaz Ayuso. Son los que encabezan ahora la conflagración interna, que la expresidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, explica al considerar que el partido está dirigido por chiquilicuatres. Expresa una desconfianza hacia los que fueron cachorros del PP, un punto de vista que nació posiblemente de una profunda decepción con Carromero, según ha declarado.

En el PSOE también vimos su guerra civil de 2016 entre dos bandos encabezados por dos políticos que fueron alguien en las Juventudes Socialistas: el actual presidente del Gobierno Pedro Sánchez y la expresidenta de Andalucía Susana Díaz. Y, como figura episódica aquella hacha que al frente del comité federal dijo “aquí mando yo”. Una frase que define muy bien esta generación de dirigentes que valora más los dientes de sable que la audaz estrategia y la fina ejecución. 

Mientras tanto la democracia española no satisface algunos anhelos de los españoles como lo hizo en la Transición. Viene al caso la frase que el exprimer ministro ruso reformista, Viktor Chernomyrdin, pronunció a finales de los noventa para resumir el fracaso en la lucha por lograr un cambio y modernización del país: “Queríamos algo mejor, pero resultó ser lo de siempre”. @mundiario

Comentarios