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MUNDIARIO

Aproximaciones a la filosofía política contemporánea

El estudio en profundidad de los misterios de nuestra historia política compete a los investigadores jóvenes de hoy. Lo que yo deseo hacer es una sucinta interpretación del resultado que hoy tenemos, fruto de la convergencia de todas las tristezas y éxitos de ayer.
Aproximaciones a la filosofía política contemporánea
Filosofía política. / Pexels.
Filosofía política. / Pexels.

Ignacio Vera de Rada

Escritor y profesor.

La filosofía hegeliana no deja mi cabeza cuando pienso cómo debe hacerse y pensarse la política en el siglo XXI. Si bien ningún intelectual debería encerrarse religiosamente en el marco de un solo movimiento, teoría o autor para explicar sus pensamientos (como por ejemplo lo hizo Marx, tomando precisamente a Hegel, en su materialismo del socialismo determinista, y, como él, tantos otros), sí rescato en muchos aspectos al filósofo de Stuttgart para hacer 1) una interpretación ecuménica del fenómeno sociopolítico actual y 2) una vaga prospección sobre el cómo debería ser la ética de la praxis política del mañana. En suma, este breve ensayo constituye un aporte interpretativo y de consejo para quienes estudian la política y, sobre todo, para quienes la ejercen.

Dado que hablar de otras latitudes que no sean las nuestras supondría la necesidad de más espacio del que disponemos, hablaré casi enteramente de la política latinoamericana de las últimas décadas.

El bosquejo binario del péndulo político con el que se ha querido explicar el movimiento y las tensiones sociales latinoamericanos es, en realidad, una simplificación supina. La realidad histórica de cualquier sociedad es altamente compleja (supone factores psicológicos, espirituales y, obviamente, físicos); por tanto, el vaivén explicativo con el que se ha querido leer el espectro político latino cae muchas veces en la falacia, pues presenta ironías o sinsentidos teóricos y prácticos que, si son vistos someramente, no se dejan apreciar. Dos ejemplos: a) una dictadura de izquierdas puede entrañar prácticas propias de un partido burgués o empresarial, como la nomenklatura de Stalin (sin embargo, termina pasando a la historia como partido de izquierdas); b) un movimiento que, por no ser abiertamente “revolucionario”, es tildado de conservador, pero que ejecuta ciertas reformas progresistas de forma discreta y racional (pero pasa a la historia como partido de derechas).

El estudio en profundidad de los misterios de nuestra historia política compete a los investigadores jóvenes de hoy. Lo que yo deseo hacer es una sucinta interpretación del resultado que hoy tenemos, fruto de la convergencia de todas las tristezas y éxitos de ayer. Como en los demás continentes, la globalización y la modernidad afectaron las relaciones de convivencia de las sociedades latinoamericanas (en este aspecto, aunque algo tardíamente, no fuimos la exclusión), y esta alteración tuvo que repercutir indefectiblemente en la cultura social y en algunas pautas de comportamiento individual. Esta nueva cultura puede evidenciarse en, por ejemplo, la idea que un sudamericano de clase media de 1900 tenía sobre la educación o los derechos humanos, y la que uno de 2020 tiene sobre los mismos. Pero sobre este punto volveremos luego.

La sociología política de América Latina se comportó y reaccionó —a diferencia de la de Norteamérica o la de Europa— de una manera singular: actúa de acuerdo a necesidades circunstanciales o de coyuntura. Los partidos políticos, así, son nada más que una extensión de esta actitud colectiva. En gran medida, esta conducta probablemente sea fruto de la colonia, que nos legó una desorganización social endémica que se proyectó en la falta de capacidad de concertación para conformar instituciones o corporaciones sólidas y duraderas. Así, ningún partido de Latinoamérica puede servirnos para explicar un periodo demasiado largo de la historia, ya que éstos nacen, crecen, dan lo que tienen que dar y mueren. En consecuencia, los resabios de las organizaciones políticas que se resisten a fenecer (ej. el MNR en Bolivia) constituyen fenómenos que van “contra la historia”.

Volvamos a Hegel. Decía éste que la historia tendría un fin, una síntesis definitiva. Aplicando este teorema a la coyuntura mundial actual, se podría decir que ese momento ha llegado. ¿Qué factores marcan la inauguración de este nuevo tiempo? La conquista de derechos por parte de varios estratos y esferas sociales, el desarrollo de la ciencia, la armamentística y la medicina, el perfeccionamiento de las telecomunicaciones y los transportes y los flujos migratorios cada vez más intensos (la democratización, en suma), sellan —como a su tiempo sellaron la caída del Imperio Romano de Occidente, la Reforma o la Revolución Francesa— un hito en la historia, a partir del cual la política demanda ser practicada y entendida de manera diferente. Esta nueva forma de ver y hacer política se llama política ciudadana. Su nombre está vinculado no con otra cosa que con el ejercicio de la ciudadanía (reivindicada y simbolizada en la Bastilla) en su más alto esplendor; luego de haber experimentado avances en el campo de la ciencia, por un lado, y de haber soportado la barbarie de los conflictos bélicos de los siglos precedentes, por otro lado, las vertientes históricas confluyen en este arroyo. Se podría decir, tomando algo de Nietzsche e incluso un poco de los anarquistas, que el ser humano de hoy es superior al de antes (sin que esto suponga la pérdida total de ciertas pautas de comportamiento y ciertos atributos intrínsecos e intemporales que son atroces, ni la inexistencia de grupos sociales aún bárbaros o malvados).

Estas referencias históricas, expuestas aquí grosso modo, explican y justifican la necesidad de esta ciudadanía política de la que hablo, devenida de un determinismo filosófico. Diríase que ésta es una forma más civilizada, ordenada y descentralizada de hacer política. Una forma, también, menos patriotera. El concepto de “lo nacional” debería quedar abolido o cuando menos debilitado, ya que el ser humano incidirá en ella en gracia de su cualidad ciudadana y de su capacidad profesional, y ya no de su identidad nacional (mucho menos todavía étnica o ideológica); hay en todo esto, quién sabe, algo de buen anarquismo. La canalización de los políticos, por otra parte, tendría que dejar de estar en las corporaciones y asociaciones; debería estar más bien en las redes profesionales y de oficios, pues el cambio no solo se debe operar en el poder, sino además en los canales a través de los cuales se accede a él. El poder debe estar, en lo posible, en manos de una intelligentsia o una aristocracia pensante o razonable.

El motor del desarrollo humano está cifrado ciertamente en la lid de elementos contrarios, pero no como lo pensaba Marx (una contienda de asimetrías netamente económicas), sino como una pugna entre fuerzas opuestas en diferentes y diversos campos del quehacer del hombre, pugna que, eventualmente, halla síntesis definitivas que deben ser respondidas con nuevas conductas sociales.

En futuras ocasiones, también retomando a Hegel, continuaré exponiendo estas reflexiones para lo ulterior. Una de las cosas más útiles que podrían hacer los filósofos de hoy, sería poner a Hegel en el centro de su pensamiento cuando deseen escudriñar el pasado, el presente, el desarrollo y la transformación de todas las cosas, ya que el summum de la Fenomenología se basa precisamente en la movilidad y mutabilidad progresivas del todo. Dijo hace unos años el traductor Wenceslao Roces: “El renacimiento actual de la filosofía hegeliana en el mundo entero está determinado, en lo profundo, por la necesidad de encontrar una filosofía que responda a los grandes cambios de nuestro tiempo, que oriente certeramente ante los problemas complicados de hoy.” @ignaciov941 vía @mundiario