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¿Aparecen en Cataluña los prolegómenos de una gran tormenta?

Ciudadanos catalanes abren la puerta a una iniciativa nacional capaz de cambiar el curso de los acontecimientos en un futuro próximo. El individuo español parece querer enterrar el bipartidismo definitivamente.

¿Aparecen en Cataluña los prolegómenos de una gran tormenta?
Bandera de Cataluña. / Ara.cat
Bandera de Cataluña. / Ara.cat

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Manuel Olmeda

Manuel Olmeda

El autor, MANUEL OLMEDA, es colaborador de MUNDIARIO. Es profesor y analista socio-político. @mundiario

Creo advertir un nuevo renacer de sentimientos solidarios -escasos con esta vorágine- que brotan vigorosos alentados por la lectura del epígrafe. Espíritus cuya elongación se inicia en candidez y termina avizorando simpleza, trasladan su retentiva al inclemente episodio de la AP-6. Algunos, muchos años atrás, soportábamos rigores naturales hoy bastante aminorados. Hace días, miles de personas se toparon con la imprevisión y holganza de un gobierno jactancioso e inepto.

El director general de tráfico hizo jaque mate cuando, con saña y cinismo, culpabilizó al ciudadano, amén de justificar puerilmente su estancia en Sevilla. Cualquier sigla hubiera respondido con similar escarnio. El personal, triste protagonista o emotivamente cercano, al ver las terribles escenas y las no menos estúpidas especulaciones, quedó estupefacto. Ciertos relatos (palabra muy apropiada por su sinonimia con cuentos, esos de Calleja), aumentaron pasiones y deseos nada caritativos hacia prebostes afectos de arrogante inutilidad.

Durante los tiempos del franquismo, ya olvidados si no desconocidos, soportábamos temporales que proclamaban con largueza su nombre. Estos actuales encarnan un piadoso reverso. Sin adelantos técnicos, tocaba luchar contra ellos equipados de imaginación, esfuerzo y paciencia. Podríamos asegurar que Europa, excluyendo incidencias concretas, se encuentra exenta de fenómenos atmosféricos espeluznantes.

Cierto es que exhibimos excesivas deficiencias con escasa voluntad de mejora. Frecuentemente, las diversas imágenes que proporciona este país -bastante vergonzosas- deberían impulsar medidas reparadoras, serias, inflexibles. Sin embargo, solo sirven para que la oposición, alternativamente, refiera (contra viento y marea) fallos de un ejecutivo romo, sin proyectos para salvaguardar los intereses ciudadanos.

A veces, el bochorno deja de ser consecuencia para convertirse en parapeto. Si no resultaran elocuentes las declaraciones inhóspitas y los tuits impúdicos del señor Serrano, tendría éxito su amigo ministro al enfatizar una inédita faceta de gran trabajador. Habla como si tal aspecto fuere sustantivo con su quehacer, manteniéndolo en el cargo. Entre tanto, Rajoy persevera un silencio cómplice, discreto para devotos convencionales -quizás calculadores- del presidente. Nuestros políticos (enfoquemos a quienes ostentan poder) distan mucho de acopiar el prestigio y talante que debiera exigírseles. Al menos, tendrían que aprender de los errores para no frustrar esperanzas capaces de impulsar viejas ilusiones con apenas arraigo.

Llevo años analizando el devenir político-social de esta tierra, no más compleja ni contradictoria que cualquier otra de nuestro entorno. Nos separa de él algún matiz que localiza su origen en la profundidad de los tiempos. Constituimos una sociedad poco dada a la reflexión. Solemos movernos a empellones propiciados por pasiones típicas de una idiosincrasia particularmente horneada con fatalismos, desequilibrios quijotescos, generosidad y afecto hacia el menesteroso. Semejante mezcolanza motivó las mayorías absolutas de González y Rajoy. Ninguno desplegó virtudes para conseguirlas; fueron fruto del despecho que aquel supo suministrar y este sustituir por uno propio, aprensivo, efímero.

Observo síntomas claros, significativos, del hartazgo que ocasiona la displicencia social de PP y PSOE. Ambos priorizan artificios, promociones, calumnias recíprocas, olvidando políticas de Estado que compensen al sufrido contribuyente. Podemos supone un inciso vano, anodino, en el ruedo nacional. Resta una abstención rencorosa o Ciudadanos como último refugio. Yo, más asqueado que nunca por la requisa del Banco Popular (veremos qué oportunidad se me da para recuperar toda o parte de mi inversión), seguiré practicando mi tradicional abstención en legítima defensa.

Aforamientos, sueldos inmotivados, indulgencia fiscal, junto a sabrosos privilegios, marcan distancias enormes entre ciudadanos y políticos. Mientras unos abonan el cuarenta por ciento de su trabajo para apuntalar esta cleptocracia, otros derrochan todo menos talento. En épocas exuberantes, tal realidad clama al cielo; cuando llega la crisis, acaba siendo delito de lesa patria. Han convertido esta ansiada democracia en un estercolero. Incluso quienes denuncian excesos de ciertas doctrinas -aplicando diferentes extremos y maneras- cultivan una particular impostura política. Urge accionar respuestas que pongan fin al montaje ignominioso.

Cataluña, con una situación alarmante en sí misma, día a día pone de manifiesto la tormenta que se cierne sobre esta piel de toro. Las elecciones de diciembre dejaron un escenario más que preocupante. Casi media población desea saltarse el marco legal, incluso sortear una situación ruinosa, para conseguir la ilusoria república independiente. Al mismo tiempo, aparece un PP desarbolado, testimonial. Por su parte, ningún partido (constitucionalista o no tanto) salvo Ciudadanos recoge los restos del naufragio pepero. Cataluña anticipa la gran tormenta política que aparece sobre un horizonte de tibieza, engaños, negligencias y corrupciones. Enfrente, vislumbramos al PSOE desorientado, acéfalo, y a Podemos pachucho, mustio, con respiración asistida.

Colectivos catalanes responden con sagacidad a la tormenta independentista. Algo tardíamente, el resto de España -pastueña por vocación- empieza a mostrarse activo porque confirma lo inútil que resulta esperar soluciones fuera de sus propios esfuerzos. Empieza percibiendo el farragoso atasco político ocasionado por la fusión de ineptitud y codicia excesiva. El despertar catalán, infecundo en primera instancia, sirve de cuita al soberanismo y de potente reclamo al resto del pueblo español. No vale quedarse quieto, rumiando la impotencia proverbial. Esta sociedad indolente, confiada, empieza a desperezarse lentamente; puede y debe cambiar su futuro.

Precisamos cautela, voluntad y ánimos, para arrojar lastres seculares. Nadie es totalmente bueno ni malo; sirve quien demuestre decencia. Desconfiemos solo de los populismos tiránicos, pero hay que desenmascararlos porque, sibilinos, captan y dibujan a capricho cualquier entorno. Asimismo, siempre tienen a mano, como aconseja neciamente don Gregorio, un kit de salvación social. Estoy convencido de que el futuro inmediato ofrecerá la oportunidad definitiva. Si acaso sufriéramos el efecto malsano de esa gran tormenta, al menos habremos tomado conciencia de ella. @mundiario