Antony Blinken nos quiere gobernar

Anthony Blinken, secretario de Estado de EE UU. / NBC
Anthony Blinken, secretario de Estado de EE UU. / NBC
Lo quieran o no Biden y Blinken, el mundo tiene cada vez más vocación de ser –además de soberano– multilateral.
Antony Blinken nos quiere gobernar

Esperábamos con gran interés que la presidencia de Joe Biden Jr. devolviera a los Estados Unidos una presencia en el mundo que Trump había devaluado y empequeñecido. Y cuando vimos que nombraba secretario de Estado a quien había sido vicesecretario de Estado y asesor adjunto de Seguridad Nacional con Barak Obama, Antony Blinken, se nos acrecentó la esperanza en ese sentido.

Pero tal vez no contábamos con una serie de variantes que -sin duda- están influyendo en la política exterior de la nueva Administración demócrata. Por un lado, ha heredado unas tendencias nacionalistas instaladas en las estructuras del poder -y tal vez en la ideología de sus ciudadanos- y que han polarizado bastante la política norteamericana, que son muy difíciles de eludir.

EE UU no es lo que era con Obama

Por otro, se ha encontrado con unas adulteradas relaciones con Rusia, que habían influido sobremanera en todo el entramado de Trump, tanto desde el punto de vista de las relaciones personales y de intereses (no sólo de Trump, sino del propio Biden: no hay que olvidar el conflicto mantenido a cuenta de su hijo y Ucrania), como desde el punto de vista político e incluso partidario, con las injerencias rusas en y contra la campaña de Hilary Clinton.

O incluso de la propia presencia rusa en el mundo: como es el caso de la Unión Europea y las injerencias rusas en asuntos internos de sus Estados miembro, o las propias relaciones económicas con algunos de ellos.

Tampoco hay que olvidar que la presencia de China en el mundo ha mejorado sus posiciones desde 2016 hasta ahora. Se ha afianzado como la segunda potencia económica, en crecimiento, y se ha convertido en la primera potencia comercial.

Y mientras Trump fue cortando relaciones con el mundo (recordemos su desdén hacia la Unión Europea, o su propio cuestionamiento de la misma OTAN; su salida del Tratado del Pacífico o de la propia OMS y de los Acuerdos de París), China continuó afianzando relaciones con más y más países. Llegando a firmar en diciembre de 2020 un importante tratado sobre inversiones recíprocas con la Unión Europea, e incorporándose al más potente Tratado comercial, que aglutina al 30% del PIB mundial y también al 30% de la población del planeta, junto con los diez países de la ASEAN (Asociación del Sudeste Asiático), con Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda.

Sin olvidar -aunque parezcan temas menores- algunos fiascos en Iberoamérica: como su fallido apoyo a la involución boliviana, o la ineficiente apuesta por Guaidó para cambiar de régimen en Venezuela.

Nueva situación internacional

Esta nueva situación internacional -que en gran medida deja obsoletos los viejos planteamientos de Bush en relación con el mantenimiento del liderazgo norteamericano a base de intervenciones militares- es lógico que genere cierto atolondramiento en la Administración Biden a la hora de recuperar el terreno perdido. Y que su secretario de Estado, Antony Blinken, se vaya perfilando en el mundo no tanto como el “amigo americano”, que aparece con la mano tendida, y que se presenta con fórmulas que fomentan el multilateralismo y la cooperación internacional, sino como alguien que, sin atreverse a resucitar la guerra fría, defiende a capa y espada un mundo de bloques que huele algo rancio.

En su primera reunión con China, Antony Blinken se ha atrevido casi a dinamitar puentes y -olvidando las flaquezas de su propio país en el delicado tema de los derechos civiles- ha tirado por el camino del reproche agrio y de dar unas lecciones que revelan un excesivo atrevimiento, desde un país que no ha sido capaz de resolver hasta ahora ni las terribles consecuencias de los odios raciales (ahí está el “black lives matter"), ni el emponzoñado atropello de Guantánamo.

A la vuelta de su agrio comportamiento en Alaska, está pretendiendo afrontar el problema ruso a partir de atacar a Alemania, descalificando un proyecto como el Nord Stream 2, que se propone suministrar anualmente a Alemania 55.000 metros cúbicos de gas natural a través de un gasoducto de 1.200 kilómetros a través del Báltico, al que sólo le faltan 100 kilómetros para entrar en funcionamiento. La intervención de Antony Blinken en el asunto es la de intentar dictar lo que debe y no debe hacer Alemania y la de impedir que siga adelante el proyecto. Y si continúa por ese camino tratará de dictar la política europea.

Con todos los respetos hacia el partido demócrata, y todo el aplauso a Biden por haber derrotado a Trump, el hecho de sus conquistas no le da derecho a convertirse en el señor del mundo. Sobre todo, porque aún le queda mucho camino por recorrer en la solución de sus propios problemas internos. Y porque, aun cuando los resuelva, nada le da derecho a poner a Antony Blinken a la tarea de intentar gobernarnos: su mayoría la obtuvo en los Estados Unidos, no en el mundo… Y porque ese mundo tiene cada vez más vocación de ser -además de soberano- multilateral. @mundiario

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