Anova no está dispuesta a ser la guarnición del nuevo guiso rupturista

Antón Sánchez. / Cadena Ser
Antón Sánchez. / Cadena Ser
El rupturismo entró en eclosión a partir de 2015, con el nacimiento de Podemos al calor de los rescoldos del movimiento del 11-M. En Galicia surgieron las mareas locales, con destacada presencia de los "podemitas" que, sin embargo, optaron por quedarse en un aparente segundo plano.
Anova no está dispuesta a ser la guarnición del nuevo guiso rupturista

Por lo visto, en Anova añoran AGE, la Alternativa Galega de Esquerda, que dio la campanada en las elecciones autonómicas de 2012. El partido fundado por Xosé Manuel Beiras concurrió entonces en un frente amplio con la Esquerda Unida (EU) de Yolanda Díaz y otras pequeñas formaciones nacionalistas, ecosocialistas, etc. Todavía no existía Podemos. Su futuro líder, Pablo Iglesias, estuvo en Galicia asesorando a la nueva plataforma, de la que dijo, tiempo después, que fue el primer experimento exitoso del rupturismo en España. AGE hizo historia al estrenarse en las urnas con más de doscientos mil votos y nueve escaños. Y eso que el adelanto electoral de varios meses jugó en contra de las expectativas de lo que se dio en llamar la "Syriza" gallega, en referencia a la coalición izquierdista que acaba de ganar, por sorpresa, las elecciones en Grecia. La premura de los plazos obligó a improvisar a la hora de articular las candidaturas con las que a pesar de todo Beiras, Díaz y compañía consiguieron dar el "sorpasso" a lo que había quedado del Benegá tras el cisma de Amio.

AGE se rompió por sus costuras antes de rematar la legislatura. Después de no pocas fricciones, varios de sus diputados acabaron en el Grupo Mixto o de No Adscritos, con la consiguiente decepción para el sector del electorado progresista al que aquella inédita propuesta de "unidad popular" había conseguido ilusionar. Los desencuentros afectaron tanto a Anova como a EU y generaron desconfianza y distanciamiento entre los padres de la criatura. Algunas de aquellas heridas nunca llegaron a cicatrizar y por ello dificultaron seriamente la gestación de las nuevas propuestas rupturistas, que nacieron con la amenaza de escisión impresa en su propio ADN. Sus competidores a izquierda y derecha cruzaron apuestas sobre cuánto tardaría en romperse el nuevo frente que impepinablemente acabarían creando.

El rupturismo entró en eclosión a partir de 2015, con el nacimiento de Podemos al calor de los rescoldos del movimiento del 11-M. En Galicia surgieron las mareas locales, con destacada presencia de los "podemitas" que, sin embargo, optaron por quedarse en un segundo plano, cediendo el protagonismo a Anova, EU y a plataformas cívicas encabezadas por "independientes". Contra pronóstico, y en algunos casos mediante pactos con los socialistas, las mareas lograron las alcaldías de A Coruña, Santiago y Ferrol. Firmada el acta de defunción de AGE, los mismos que la habían promovido, de la mano de Podemos, crean un nuevo instrumento político (mejor dicho, un partido instrumental), para competir en el ámbito autonómico con PSOE y Bloque. Tras un parto bastante convulso, nacía En Marea, que empató en escaños y ganó en voto a un Partido Socialista muy en horas bajas.

El partido de Pablo Iglesias, con una trayectoria ascendente, fue ganando músculo hasta lograr el control de los resortes orgánicos de En Marea. Para ello contó con el apoyo de Yolanda Díaz, con quien unos cuantos en EU, pero sobre todo Beiras y su gente, acabaron marcando distancias. Y En Marea se rompió. Se partió en dos en un proceso tan estrepitoso como traumático que hace muy difícil a día de hoy rehacer la casa común del rupturismo gallego. El oficialismo de Anova es partidario de volver al planteamiento de las autonómicas de 2016, cuando a lo que quedaba de AGE se le sumaron Podemos y las mareas municipalistas. El problema es que los podemitas tienen ahora una posición mucho más fuerte que la de entonces (están a un paso de entrar en el gobierno de Sánchez). Ya no se conforman con ser un aderezo del plato, quieren ser el principal ingrediente. Y por ahí el beirismo no pasa. No está dispuesto a ser tan solo la guarnición que aporte al nuevo guiso un cierto aroma nacionalista. @mundiario

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