Dos años del Gobierno de coalición PSOE - UP

Abrazos entre Carrillo y Suárez y Sánchez e Iglesias.
Abrazos entre Carrillo y Suárez y Sánchez e Iglesias.
La viabilidad y consolidación de un gobierno de coalición requiere una gestión acertada de las diferencias entre los socios de tal gobierno.
Dos años del Gobierno de coalición PSOE - UP

Realizar un balance de lo sucedido en los dos años de la legislatura estatal resulta una tarea complicada por la conjunción de tres circunstancias singulares: la carencia de precedentes -en el sistema político vigente desde 1977- en la existencia y funcionamiento de un gobierno de coalición en el ámbito de la Administración central del Estado; las dificultades para mantener la mayoría parlamentaria que permitió la investidura de Pedro Sánchez en el mes de enero de 2020 y, -por último pero no lo menos importante- el imprevisto desarrollo de la pandemia del coronavirus a partir de marzo de 2020.

La conformación de la actual coalición gubernamental fue consecuencia del cambio sustancial en el mapa parlamentario operado a partir de las citas electorales de los años 2015 y 2016. El modelo clásico en el bipartidismo reinante en las décadas anteriores -mayorías parlamentarias absolutas de PSOE y PP o completadas, en su caso, con pactos de gobernabilidad con CiU y PNV- resultó inviable a causa del debilitamiento de los partidos mayoritarios y del surgimiento de nuevas formaciones -Podemos, Ciudadanos y Vox- o por el mayor peso específico de otras ya existentes (ERC y Bildu). El panorama resultante solo ofrecía dos salidas: promover un acuerdo de gobierno entre PSOE y PP -siguiendo el ejemplo de lo sucedido en Alemania mediante la gran coalición encabezada por Merkel- o establecer un pacto entre PSOE y UP con el aval de los grupos nacionalistas y regionalistas. Las resistencias exhibidas por Pedro Sánchez durante varios meses fueron ilustrativas de los obstáculos que iba a tener que superar el nuevo gobierno. En el seno del Partido Socialista se visibilizó una división entre un sector -minoritario en número, pero con importantes apoyos en la vieja guardia de los dirigentes históricos- partidario de priorizar la sintonía con C’ s o con el PP y el grupo pilotado por Sánchez, dispuesto a transitar por un camino más acorde con la proclamada adhesión a los idearios socialdemócratas.

La aparición de la covid alteró las previsiones y las prioridades contenidas en el pacto de gobierno entre PSOE y UP. En vez de propiciar mayores consensos con las fuerzas de la derecha para hacer frente a los nuevos y urgentes problemas que aparecían ante los gestores públicos, la crisis sanitaria fue utilizada para desgastar, sin tregua, al ejecutivo estatal. La carencia de una cultura de colaboración federal entre las administraciones que poseen competencias compartidas o concomitantes completó un cuadro poco favorable al prestigio de la acción política y muy propicio al desarrollo de dinámicas de populismo destructivo.

La viabilidad y consolidación de un gobierno de coalición requiere, necesariamente, un mínimo compromiso programático que permita acometer las principales demandas de aquella parte del cuerpo electoral que posibilitó el nacimiento de semejante alternativa. Más también exige -como condición suficiente- una gestión acertada de las diferencias entre los socios de tal gobierno. Un acuerdo dibuja un territorio de consensos, pero no elimina todas las divergencias y, sobre todo, no solventa automáticamente las inercias vinculadas a las tradiciones políticas de las fuerzas coaligadas. Combinar adecuadamente la unidad en la acción diaria con la preservación de la identidad de cada parte es la llave para asegurar la continuidad de esa fórmula de gobierno.

Aunque la pandemia eclipsó casi todo lo demás, PSOE y UP tuvieron que enfrentar una situación de minoría parlamentaria que exigía tejer pactos con las formaciones nacionalistas de Cataluña y Euskadi - ostentadoras, como es sabido, de la mayor parte de la representación de sus territorios en el Congreso- para asegurar la estabilidad política y neutralizar la beligerancia opositora de PP, Vox y C’s. Lo sucedido con el episodio de los indultos concedidos a los dirigentes independentistas ilustra la dimensión de las dificultades para transitar por una nueva vía en el contencioso catalán. Además de las divisiones constatadas entre ERC y JxC, los análisis demoscópicos   demostraron que esa medida conciliadora contaba con una importante oposición en sectores sociales que votan habitualmente al Partido Socialista en diversos territorios del Estado. Todos los actores políticos involucrados son conscientes de que este asunto va a seguir ocupando un lugar preferente en las agendas que se elaboren para la nueva legislatura. Y ya sabemos que una eventual mayoría de los partidos de Casado y Abascal arruinaría cualquier posibilidad de pacto para salir del laberinto en el que se encuentra la vida política en Cataluña.

Cuando faltan dos años -como mucho- para que finalice del actual mandato parlamentario, PSOE y UP pueden analizar la experiencia del gobierno conjunto de PSdG y BNG entre 2005 y 2009 para comprobar -más allá de las evidentes distancias temporales y de contexto general- los efectos nocivos de la excesiva confrontación entre los socios gubernamentales.  Mutualizar los aciertos y minimizar los errores derivados de pretensiones hegemonistas injustificadas resultará fundamental para que el nuevo Parlamento estatal no contemple el hecho inédito de una mayoría construida con el apoyo de una formación tan peligrosa como Vox. @mundiario

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