Entre “lo nuevo” y las reformas

Comercios de Madrid. /  Pixabay
Comercios de Madrid. / Pixabay
Hemos llegado a un punto en que dudamos, porque estamos en fase de decidir si seguir adelante o permanecer quietos, como si fuese posible.
Entre “lo nuevo” y las reformas

Hemos llegado a un punto en que dudamos, porque estamos en fase de decidir si seguir adelante o permanecer quietos, como si fuese posible.

Es la indeterminación entre un arre! y un xó! que un nervioso campesino gallego lanzaba a su burro, parado en un charco del camino. Una de las varias razones de la indefinición en que nos encontramos es “lo nuevo”, la otra las reformas.

Lo nuevo

Esta dirección del movimiento social tiene a su vez muchas vertientes. Cada cual tiene su modelo predominante al respecto, sin que ninguno domine todavía y algunos sean menguantes. Si hacemos caso al ruido que meten, empieza a tomar cuerpo de nuevo el modelo de los que proponen una bien jerarquizada sociedad,  bajo una racionalidad “natural”. Quién lo diría; invocan tanto la libertad de movimientos -y de mercado- que confían en que el COVID-19 haya hecho una buena labor de selección darwinista, como si estuviera delimitando en cada barrio a los mejor dotados para sobrevivir en los próximos meses de incertidumbre si hiciera falta salir a codazos adelante, pase lo que pase. De momento, tratan de imponer sus caceroleras sonoridades en muchas zonas urbanas por encima de cualquier aplauso a quienes estén siendo responsables en sus puestos de trabajo sanitarios o de cualquier otra índole

Les acompañan en esta peregrinación hacia un nuevo concierto social los que  presionan y empujan a los alcaldes y concejales con la importancia trascendental de la cultura del bar y la terracita. Invocan que son muchísimas familias las que viven de que las demás tomen cañas, y que muchas madres no duermen si sus hijos o hijas, después de haber hecho un máster, no son contratados para servir a tanta humanidad sedienta. Como si el gran futuro de España dependiera estratégicamente de que creciera el número de camareros dispuestos a ser contratados en precario, y de que todo el suelo urbano esté disponible para tanto emprendedor incomprendido.

Nadie se queda atrás en las demandas que tanto florecen en esta desventurada primavera. En algún “Ministerio de la Abundancia” como el de Orwell en 1984,  debe haber ya alguien encargado de anotar los gremios afectados por la situación creada por esta desgraciada pandemia. No paran de aparecer cada día quienes, paseándose con mascarillas de diseño, temen quedar al borde de la subsistencia o del racionamiento en los próximos meses; todo el que sabe que intuye que tiene a su lado un grupo de colegas en similares circunstancias a la suya, enseguida esgrime un informe de agravios que los responsables de Hacienda  han de atender con preferencia por su “desplome”.

Y ahí van detrás como locos apocalípticos algunos líderes espabilados, queriendo comandar esa desaforada necesidad de levantar cabeza por encima de otros que pugnan por lo mismo. Toda crispación es poca; no paran de levantar cualquier tipo de liebre con tal de que pueda ser objeto de caza placentera. En esta pelea, ya puede distinguirse a los que todo les vale, una cosa y la contraria, con tal de ver  si todos nos pegamos un trompazo para venir enseguida a “salvarnos”. “Objetivo común” , "bien público" y “cogobernanza” no figuraban en su gramática de Primeras Letras. En medio, están los muertos; les guardaremos luto colectivo unos días, sin que –en pleno siglo XXI- sepamos exactamente sus cifras; para que se diga que las estadísticas no tienen nada que ver con el dolor.

En este inmenso barullo también están cuantos ciudadanos sigan vivos sin saber si interesan mucho a alguien. No se extrañe nadie de que en esta búsqueda de la nueva sociedad que traiga “la nueva normalidad” consumista, muchos no sepan a qué carta quedarse cuando la poética de los más gritones embauca a muchos. No es la primera vez que sucede: ¡Atención a cuantos invoquen “lo nuevo”!  Eso pregonaba el que en Navarra era conocido como el  “Cura azul”, director de la revista Jerarquía,  de corta duración y objeto de culto falangista; y eso adelantó uno de los hombres que más determinaron la política educativa “nacional” desde aquel 18 de julio: José Pemartín, autor de un libro programático: Qué es “Lo nuevo”. La “realidad” la estaban creando ellos con su propaganda.

Las reformas

Como otras que han sido, las reformas que vienen aprovecharán las crisis para imponer los intereses hegemónicos, casi nunca coincidentes con los de la mayoría de los ciudadanos si hacemos caso a los estudios serios de otras etapas críticas de la humanidad. En este momento, cuando algunas de las vías de arreglo de los desastres que ha causado esta COVID-19 solo pueden venir de Bruselas, asistiremos a decisiones condicionadas por pertenecer nuestra estructura económica al universo periférico. El centro, marcado desde el Banco Central Europeo y sus brazos en Berlín, Bruselas y Estrasburgo, se abre a prestar ayuda económica a lo que vaya a ser la “reconstrucción económica”, que enseguida tomará el centro de la vida política. Pero nadie regala nada; la cuestión es la contrapartida de “las reformas” a que hayamos de comprometernos a cambio.

En qué vaya a consistir apretarse el cinturón y a quienes corresponda hacerlo prioritariamente será el gran debate que nos espera; cuánta precariedad estemos dispuestos a suprimir o cuánta estemos en fase de aumentar, con más pobreza, más precariedad y, en definitiva, menos justicia distributiva, es lo que está en juego. La gran cuestión será saber  quién paga y quién se sigue llevando la parte más sustantiva  de la renta que seamos capaces de generar en medio de tantos problemas, ya visibles en los puntos  donde se distribuye comida a los más necesitados.

Lo único claro es que vamos a tener mucho que aprender todavía. En este momento en que las palabras demagógicas ya vuelan para intentar convencer a los más incautos con el sentido cambiado que tienen en el habla común, lo que mejor podemos hacer es lo que recomendaba Antonio Machado a través de Juan de Mairena: “repensar lo pensado, <desaber lo sabido> y dudar de su propia duda, que es el único modo de empezar a creer algo”. @mundiario

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