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Andalucía y Cataluña, protagonistas de la política española

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tiene ahora las cosas más difíciles, un contexto en el que deberá tomar decisiones sobre el futuro de España y del PSOE, en este caso con su adversaria interna, Susana Díaz, debilitada.

Andalucía y Cataluña, protagonistas de la política española
Pedro Sánchez. / RTVE
Pedro Sánchez. / RTVE

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José Luis Gómez

José Luis Gómez

El autor, JOSÉ LUIS GÓMEZ, es el fundador de MUNDIARIO. También es columnista de la agencia Europa Press, tertuliano de la TVG y de la Radio Galega, y colaborador de La Región. Es el editor del Anuario del Foro Económico de Galicia. Dirigió Capital, Xornal y La Voz de Galicia y fue director editorial de Grupo Zeta. Es autor, entre otros, del libro Cómo salir de esta. @J_L_Gomez

El descalabro del PSOE de Susana Díaz y la irrupción de Vox en el Parlamento de Andalucía propician que la derecha (PP, Ciudadanos y Vox) pueda formar gobierno, al sumar –juntos– 59 diputados, una mayoría absoluta sobrada. Esta vez, Pablo Casado no va a pedir que gobierne “la lista más votada”, que sigue siendo la del PSOE.

La noticia tiene trascendencia histórica, ya que pone fin a una etapa de gobiernos socialistas que ha durado 36 años. Algo que la prensa internacional subraya diciendo que “la extrema derecha logra escaños por primera vez desde Franco”, lo cual no es riguroso, ya que Fuerza Nueva tuvo un diputado en el Congreso tras las elecciones de 1979, las segundas generales tras la muerte del dictador.

Ahora toca ver hasta qué punto el resultado de las elecciones autonómicas en Andalucía –la comunidad más poblada de España, con 8,4 millones de habitantes– cambia el panorama político español.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tiene  las cosas más difíciles, un contexto en el que deberá tomar decisiones sobre el futuro de España y del PSOE, en este caso con su adversaria interna, Susana Díaz, debilitada.

Pero también está pasando algo en Cataluña –la segunda comunidad más poblada de España, con 7,4 millones de habitantes–, donde miles de médicos, funcionarios, profesores y estudiantes se han movilizado a favor de revertir los recortes y de reclamar mejoras laborales y unos presupuestos más sociales. Se trata de la oleada más amplia de protestas sociales de los últimos años en una comunidad habituada a movilizaciones exclusivamente a favor y en contra de la independencia, hasta ahora el único punto del orden del día en las calles de Barcelona y de otras ciudades catalanas. Algo está cambiando, pues, en Cataluña. Ahora socialmente, puede que pronto, también políticamente.

El presidente de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra, convertido en el centro de las protestas, está tropezando con que no tiene hoja de ruta independentista ni programa de gobierno autonomista. Se mece sobre la nada. En realidad, Torra llevaba tiempo así, aislado del Parlament y escondiendo su incapacidad de gobernar bajo un discurso independentista a día de hoy inviable. Su radicalización, mesiánica y retórica, es proporcional a su desgana como gobernante del día a día, de ahí que presumiera tanto de que él no había sido investido para gobernar una autonomía.

Desde los tiempos de Pujol y Maragall no ha habido precisamente mucha inteligencia política en Cataluña

Daba la impresión de que Torra estaba esperando que pasara algo –tal vez inspirado, e iluminado, por su antecesor, Carles Puigdemont– y ya ha pasado, pero no precisamente lo que él estaba aguardando. El juicio a los protagonistas del procés le concederá probablemente un respiro pero la ola de fondo trae aires de cambio en Cataluña, donde es bastante evidente que desde los tiempos de Pujol y Maragall no ha habido precisamente mucha inteligencia política, ni en el Palau ni en el Parlament.

El espacio vacío tiende a ser ocupado. Partidos como ERC y el PSC tienen en sus manos una gran oportunidad para hacer política con mayúsculas en Cataluña pero tampoco puede olvidarse que la derecha catalana precisa renovarse. Todo parece indicar que los experimentos con gaseosa no han funcionado –el “España nos roba” ya no vale– y que veremos cambios, tal vez no decantados suficientemente a estas alturas. Pero cambios, a fin de cuentas. Se trata de superar el malestar por la sentencia del Estatut y por los recortes, pero –visto con perspectiva– de algo más que todo eso. Se trata de que Cataluña funcione, lo cual siempre es una buena noticia para España@J_L_Gomez