América Latina abre la disputa de su título en populismo a otros contendientes

Figura de Trump. / pixabay.com
Figura de Trump. / pixabay.com

El populismo surgió históricamente en otras latitudes, pero en la historia reciente ha sido asociado inevitablemente con América Latina. Aunque hoy su espíritu ha comenzado a aparecer en otras regiones. 

América Latina abre la disputa de su título en populismo a otros contendientes

La discusión acerca del populismo ha estado presente ampliamente en la academia latinoamericana. Este ha sido abordado con una constancia feroz por la relevancia que ha adquirido en la región, y por el hecho de que a pesar de ser un fenómeno que ha emergido en diferentes momentos y lugares con anterioridad, presenta particularidades y rasgos tan especiales como específicos en América Latina.

Su constante mención o avistamiento para lo que ciertos teóricos consideran como ejemplos o casos típicos populistas, se ha referido muchas veces a los países latinoamericanos, donde Guatemala no es la excepción.

Ello podría seducir al observador incauto a pensar que esta es una práctica muy arraigada en la cultura y la forma de hacer política de nuestros países, lo cual puede bien ser cierto, pero a criterio de quien escribe, la política partidista es por naturaleza populista, porque es al pueblo a quien va y de quien obtiene toda su legitimidad.

Aunque el populismo se convierte en una manera alternativa de acceder al poder, de utilizar la retórica, y de aglutinar al pueblo de una manera mucho más personalizada y franca, no siempre es sana, ya que configura una vía alternativa que evita transitar los canales institucionales establecidos que se utilizan para hacer política y velar por el cumplimiento de la ley.

Pero resulta que hoy estas prácticas han dejado de ser de exclusivo uso regional, ya que poco a poco vemos emerger la línea dura de la extrema derecha, ya sea en su versión puramente populista, o bien, la derecha popu/nacionalista (si se admite el término), que avanza de manera incontestable por Europa y los Estados Unidos.

La crisis de la Eurozona, aunada a la constante llegada de inmigrantes, ha generado victorias electorales del extremismo fundadas principalmente en el temor, en países como Francia, Dinamarca, Finlandia, Eslovaquia, y Grecia por nombrar unos cuantos.

Trump es, irónicamente, un populista sin voto popular, ya que no se ha llevado esa cuota de legitimidad, sino que el suyo es un mandato de delegados.

Y la cuita más reciente la ha puesto sobre la mesa la investidura del Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que con México como principal blanco de ataques subrepticios o evidentes, ha revivido una ola populista negativa que jamás pensamos ver en una de las democracias más sólidas de la tierra.

Ni siquiera con George W. Bush la polarización fue tal, y el mensaje tan nocivo. Trump es, irónicamente, un populista sin voto popular, ya que no se ha llevado esa cuota de legitimidad, sino que el suyo es un mandato de delegados.

De ahí que surjan dudas en torno al colegio electoral estadounidense, mismas que claman por sí solas una reforma que propicie la manera de dotarlo de la certeza jurídica que parece haber olvidado por el camino. 

El discurso de Trump en contra de religiones, culturas, discapacidades, y géneros, se inscribe en la táctica del llamado populista de la peor factura, y lamentablemente sus palabras están siendo respaldadas con acciones concretas que afectarán al mundo en el corto plazo.

La moraleja que podemos extraer ahora mismo, es que el populismo es un fenómeno global, una forma de hacer y de entender la política, y que en Latinoamérica hemos dejado de ser los campeones en él.

América Latina abre la disputa de su título en populismo a otros contendientes
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