Alegato a favor de más Europa

Bandera de Europa.
Bandera de Europa.
En un mundo muy complicado, con el excéntrico presidente Trump de camino a la reelección, China en una crisis existencial, problemas geopolíticos en aumento, el resurgir de movimientos populistas extremos, ... preocupa que no exista en el Viejo Continente un movimiento popular fuerte a favor de Europa.
Alegato a favor de más Europa

En palabras de Mario Vargas Llosa, “Europa es, en el mundo de hoy, el único gran proyecto internacionalista y democrático que se halla en marcha y que, con todas las deficiencias que se pueden señalar, va avanzando… No solo para los europeos es importante que la Unión Europea se consolide y progrese. El mundo estará mejor equilibrado.” Hay suficientes estudios que demuestran que ningún país europeo jugará un papel relevante por sí solo en el diseño del futuro geopolítico, económico y social de un mundo siempre más globalizado y que, por lo tanto, no hay alternativa a una Unión Europea cohesionada, con ansias de poder y dispuesta a hablar con una sola voz.

Es por eso que siento tanta frustración cuando se reúnen los Veintisiete y no son capaces de ponerse de acuerdo sobre unos presupuestos de la Unión Europea para 2021-2027 que se moverían entre el 1,0 y el 1,2 % de la renta nacional bruta de la UE: los más ambiciosos, porque reclaman una mayor solidaridad interna, los más reticentes, porque defienden la austeridad a todo precio. Y es por eso que echo de menos un movimiento popular fuerte que demande a los líderes políticos menos miradas al ombligo y más visión de futuro. Porque, como explicaba Ramón Puchades en una carta al diario El País: “Ahora que vienen curvas, no podemos dar volantazos ni marcha atrás. Es tiempo de mantener el rumbo, aunque no se atisbe un horizonte claro. Ese futuro será mejor con Europa que sin ella.”

Quizás si le presento al lector mi currículo, pueda entender mejor por qué soy un europeísta empedernido. Mi familia es originaria de Hamburgo, mi abuelo salvó a judíos durante el Nazismo, por lo que fue reconocido por Yad Vashem como “Justo entre las Naciones”, mi padre dejó Alemania en dirección al Perú en 1936, porque presentía los terribles acontecimientos que se avecinaban en Europa. Mis años escolares los pasé en Lima y Toronto, mis años universitarios en Hamburgo.

Conocí a mi futura mujer, nacida en Oslo, en la Residencia de Estudiantes “Colegio de Europa”, un lugar de encuentro de universitarios de todo el mundo, desde israelíes hasta sirios y desde norteamericanos hasta indios. Asistíamos a charlas, seminarios y conferencias con profesores, políticos y periodistas, propagadores ya en los años 60 del siglo pasado de las bondades de una Europa unida. Hice mi tesis doctoral sobre “La importancia del turismo para el desarrollo de España”. Como periodista, fui corresponsal en Madrid del semanario Die Zeit entre 1973 y 1978, es decir, en plena Transición, para después ocupar varios puestos de responsabilidad en la revista Stern, primero en Hamburgo y después en Londres, como corresponsal.

Regresé a Madrid en 1985 para trabajar en el Grupo Bertelsmann España, como responsable de su división de revistas, con cabeceras que se publican simultáneamente en muchos países europeos y americanos como Muy Interesante, Ser Padres, Cosmopolitan, Marie Claire, Capital o Geo, asumiendo además tareas de coordinador de las actividades del grupo y de secretario general de la Fundación Bertelsmann.

Como presidente de la Cámara de Comercio Alemana para España traté de aportar mis granitos de arena para reforzar las relaciones hispano-alemanas, lo que sigo haciendo hasta hoy en proyectos de empresas e instituciones culturales, así como en la Fundación Euroamérica, promotora de puentes entre Europa e Iberoamérica. Tengo un hijo que vive en Londres y está casado con una española, así como una hija afincada en Heidelberg y que estuvo casada con un ugandés. Con mis nietos hablamos español, alemán e inglés, dependiendo del momento.

Lo que para alguien nacido en 1943 quizás haya sido una vida internacional excepcional, para las generaciones más jóvenes ha sido un desarrollo mucho más normal. Moverse de un país para el otro, trabajar en diferentes ciudades, aprender idiomas, tener amigos en todas partes, enriquecerse con la variopinta cultura europea, aprovecharse de las becas Erasmus o del Eurail, viajar sin pasaporte en los países miembros de Schengen y sin monedas nacionales, porque existe el euro... Todos estos hitos significan para muchos jóvenes europeos el día a día de sus vidas, otros lo tendrían como meta, pero no pueden, porque su nivel educativo todavía no alcanza para ello.  

Por eso echo en falta que estas generaciones alcen sus voces contra los políticos que anteponen sus intereses de país a una defensa a ultranza de la Unión Europea, como comunidad de naciones diversas, pero con valores compartidos e irrenunciables, que está en las antípodas de las tendencias nacionalistas y extremistas de izquierda y derecha que amenazan nuestra paz, seguridad y prosperidad. Recuerdo que en el referéndum del Brexit una mayoría los jóvenes, aunque partidarios de que el Reino Unido se mantuviese en la UE, no fue a votar, con el resultado conocido. Si hubiese existido en ese momento por ejemplo un movimiento de “Jóvenes por Europa”, quizás seguiríamos siendo hoy una comunidad de 28 naciones.

El recientemente fallecido filósofo Georg Steiner resumió en su libro titulado La idea de Europa lo que nos une en el Viejo Continente con la ayuda de un puñado de instituciones, ideas, tradiciones y costumbres. Recomiendo encarecidamente la lectura de este librito, escrito en un estilo muy personal, a los líderes de los Veintisiete que hace poco hicieron el ridículo, al no ponerse de acuerdo sobre un presupuesto europeo común. Y a los jóvenes también. @mundiario

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