Abel, como el turrón, vuelve por Navidad

Luces en Vigo. / @EstherMinator99
Luces de Navidad en Vigo. / @EstherMinator99

El cambio acelerado de una ciudad tradicionalmente poco promocionada es consecuencia de una fuerte inversión municipal en obras y servicios. Metafóricamente, la gestión municipal se ilumina con la Navidad.

Abel, como el turrón, vuelve por Navidad

Existen pocas cosas más resistentes al cambio que las fiestas navideñas. Nos gusta precisamente lo que censuramos, que todo sea igual: lotería, Papa Noel, Reyes Magos, belenes, árboles, consumo desaforado, dulces, reuniones familiares, regalos, etcétera. El período festivo se ha extendido y hoy dura varias semanas, en Vigo mes y medio. Durante ese tiempo recuperamos la credulidad que en la vida cotidiana ha sido sustituida por el escepticismo. Nos hacemos buenos propósitos que sabemos no durarán más allá de las fiestas, nos resignamos de grado o por fuerza al jolgorio organizado en cenas y cotillones de empresa, de amigos o de compañeros de estudios. En realidad se trata de romper la monotonía invernal.

El Alcalde de Vigo ha conseguido añadir a todo ese menú el espectáculo más inverosímil. La iluminación navideña, muy similar en todas las ciudades, en Vigo es una bandera política que ocupa los telediarios nacionales y mueve a miles de personas. No para verla, sino para estar allí. El espectáculo no son las luces, sino la gente que acude para estar entre ellas. Como en todos los fenómenos de la cultura de masas, vamos donde van los demás.

Lo que Abel Caballero consigue es que Vigo sea noticia con algo irrelevante aparentemente pero que envuelve otro significado muy importante: lo que ocurre en Vigo es noticia y hay que verlo. El cambio acelerado de una ciudad tradicionalmente poco promocionada es consecuencia de una fuerte inversión municipal en obras y servicios. Metafóricamente, la gestión municipal se ilumina con la Navidad. Existirán allí áreas de gestión menos brillantes pero el conjunto es muy notable y ha hecho de Vigo la urbe de referencia en Galicia.

Pontevedra y Santiago, además de Vigo, tienen modelos de gestión urbana muy consolidados, de éxito reconocido y respaldados electoralmente. Mientras, A Coruña, Ferrol y Lugo arrastran las consecuencias de la parálisis anterior, con gobiernos locales débiles que se limitan a la gestión de los asuntos cotidianos sin proyectos ambiciosos de ciudad y Ourense se ha instalado en el sainete político.

En ese escenario, las próximas elecciones autonómicas se presentan abiertas. No se pueden extrapolar los resultados de las elecciones generales pero la tendencia está a la baja para el PP y al alza para la oposición. Feijóo no sólo aparenta estar cansado de la gestión sino que ha encabezado las hostilidades contra los gobiernos locales. El votante urbano ya ha entendido y ha votado en consecuencia que la Xunta está contra las ciudades, que obstaculiza sus proyectos y boicotea sus necesidades. Abel Caballero lo recuerda todos los días por si alguien se olvida. Otros alcaldes no pueden o simplemente su voz es inaudible por su propia debilidad.

Si queremos saber por dónde puede ir el cambio en Galicia, es necesario mirar a Vigo. Allí está la bolsa de votos más importante, de allí saldrán muchos cuadros de un gobierno alternativo, y sobre todo, el modelo de gestión. La alternativa política gallega ha basculado al sur y al mundo urbano, mientras el PP se refugia en el mundo rural y en los espectadores de la TVG.

Afortunadamente no ha habido una catástrofe como la del Prestige, que terminó de convencer a los ciudadanos de la necesidad de retirar a Fraga Iribarne. Pero el largo período de gestión conservadora toca a su fin. No tanto por el mérito de la oposición como por el desgaste muy visible de la opción conservadora. Si la izquierda no comete errores y añade algunas ideas ilusionantes a su actual discurso plano, el cambio está a la vista. @mundiario

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