ABC propone que el futuro consorte de Leonor también sea nombrado Rey

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La despedida de la princesa Leonor. / Casa Real.

El diario monárquico sugiere que cuando reine, la princesa de Asturias haga como Isabel II con Francisco de Asís y que lo eleve a Rey consorte. 

ABC propone que el futuro consorte de Leonor también sea nombrado Rey

El diario monárquico ABC, dentro de sus habituales lucubraciones para fomentar en la mente de los españoles el llamado “imaginario monárquico” (es decir, que existen una serie de seres superiores por el hecho de haber nacido de otro, ante cuya existencia por encima de los demás debemos aceptar de modo natural), suele ofrecer periódicamente muestras de sus fantasías. En una de las más recientes propone que cuando reine la hija mayor del matrimonio Borbón-Ortiz se reforme la Constitución y el Real Decreto 1368/1987, para que futuro marido sea y reciba también el tratamiento de Su Majestad el Rey y no príncipe consorte, que es lo que en todo caso le correspondería, igual que a la Reina consorte, sin funciones constitucionales.

El Artículo 58 CE señala las figuras de “La Reina consorte o el consorte de la Reina”. No existe el Rey consorte y el Real Decreto 1368/1987 de 6 de noviembre remacha “La consorte del Rey de España, mientras lo sea o permanezca viuda, recibirá la denominación de Reina y el tratamiento de Majestad”. Al consorte de la Reina de España, mientras lo sea o permanezca viudo, corresponderá la dignidad de Príncipe”. Esto es lo normal en el resto de las monarquías, desde Holanda al Reino Unido, donde el marido de la reina recibe el tratamiento de príncipe.

¿La jefatura del Estado debería ser electiva?

Pero ABC va más allá y propone que si Leonor llega a reinar deberá hacer lo mismo que hizo Isabel II con su futuro marido, no sólo reformando la Constitución, sino otorgando el título de Rey a mismo; es decir, imitar a aquella frescachona (que proporcionó a la dinastía un padre distinto para sus hijos) que hizo rey al bueno de Francisco de Asís de Borbón, el homosexual que llevaba más puntillas que ella misma la noche de bodas, según el propio testimonio de la interesada (y que siempre tuvo novio).  La verdad es que pudieron elegir mejor ejemplo. Aparte de esta simpática ocurrencia, estos días, el periodismo de cámara nos ha saturado hasta el hartazgo con informaciones, comentarios y todo tipo de panegíricos sobre la marcha de Leonor a estudiar al Reino Unido. Y uno se pregunta quién y de dónde habrá de salir el desconocido príncipe que ABC quiere elevar ya a la condición de Rey, aunque sea por la vía del connubio de alcoba.

Introducir la monarquía en la mente de las gentes

Como ya he explicado en otras ocasiones, el llamado “imaginario monárquico” es una construcción intelectual, consistente en introducir en la mente de las gentes el concepto de que la monarquía es una institución natural, que por tanto debe ser aceptada como tal con “naturalidad”. Reyes y príncipes siempre han estado ahí, formando parte de nuestras vidas y, además, están imbuidos no ya del origen divino que los consagra, sino de todas las cualidades que consideramos excelentes: el Rey es sabio, prudente, valeroso y lo es su familia. En España, hasta se disculpa que, como en el caso conocido, sea un poco “golferas”, porque eso es muy español.

Rodríguez García catedrático de filosofía se preguntaba en un exitoso libro sobre la Corona cómo los mortales normales podemos aceptar como cosa natural que existan instituciones que perviven –aunque cada vez menos- cuya función real es no hacer nada o simplemente existir. Y en este sentido añadía que resulta prodigiosa la enorme variedad de monarquías que en el mundo quedan, algunas, consideradas ejemplo de modernidad, y otras, pura y simplemente en la Edad Media. Pero todas hermanas, de igual trato entre sí.

Dice Gugliano Ferrero que es difícil entender que en el siglo XXI se pueda heredar la jefatura del Estado como si fuera una finca y añade que: “El rey, con toda su familia, no podía ser visto en ningún momento, en ninguna circunstancia y en ningún lugar como un simple mortal, como un simple hombre de carne y hueso: tenía terminantemente prohibido nacer, crecer, comer, dormir, vestirse, hablar, escribir, contraer matrimonio, pasear, divertirse... incluso morir, al igual que los demás seres humanos”. Pero como esa forma de entender la monarquía no resulta conveniente, se trata ahora de todo lo contrario: la familia real es una familia normal, ordinaria, sujeta a las cuitas cotidianas que las demás. Ciertamente, sin ir más allá de Fernando VII, por parte de los antepasados, contando a Enrique Puigmoltó, padre de Alfonso XII, son una familia de lo más normal o incluso anormal: Es bien conocido, en este caso, que tanto Fernando VII, Alfonso XII o Alfonso XIII, por citar a tres de los más caracterizados borbones, gustaban de mezclarse con los ámbitos más sórdidos de su pueblo en tabernas, prostíbulos y lupanares, y que, especialmente el último citado, incluso utilizaba como hipocorístico un condado, bajo cuyo nombre visitaba a alguna de sus barraganas más conocidas. Y no olvidemos a Isabel II, que ya vieja y caduca se seguía paseando por los salones de Paris del brazo del “gigoló” de turno. Una estirpe normal.

Profusión de noticias para contrarrestar las negativas

La profusión de noticias relativas a la marcha de Leonor viene a contrapesar el mal ambiente que rige en la opinión pública por las repetidas y no cesantes peripecias del rey honorífico Juan Carlos I, de momento residiendo al amparo de una monarquía medieval. Pero no se puede evitar que muchos españoles, pese a que el CIS lleva años sin preguntar sobre la monarquía, nos hagamos otras reflexiones. El imaginario monárquico trata, sobre todo, de que aceptemos que la familia Borbón-Ortiz es una familia como otra cualquiera y que ni vayamos más allá, se mire como se mire.

La madre de la Princesa de Asturias es una señora divorciada (normal), acatólica y republicana, hija de padres divorciados, cuya madre era una sindicalista muy activa que fue expulsada de un examen en la UNED, cuando la pillaron copiando. Normal. Se ha sabido que su abuela paterna no gustaba de Felipe y le recomendó que se “dieran un revolcón” sin ir más allá. Normal padre de su madre era un honrado taxista, cosa normal. El despliegue montado en torno a Leonor Borbón Ortiz y la predestinación que se le reserva, hace que muchos comparemos su caso el de cualquier otra niña de su edad, de cualquier otra familia, en la que por cierto no haya personajes como el abyecto Fernando VII, el perjuro Alfonso XIII o la negociante Cristina, o como su propio Juan Carlos I, comisionista, aventurero del amor y evasor fiscal. Todo propio de una familia de lo más normal.

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La familia real española junto a la generación de Leonor en el Palacio Real de Madrid. / Fernando Junco

Pensemos que es una niña igualmente aplicada, que cuando sea mayor tenga vocación política y pueda llegar a ser candidata a la Jefatura del Estado y se someta a la elección de los ciudadanos para ocupar el cargo por un tiempo. Como la monarquía es católica, la hija mayor de Letizia Ortiz tiene que serlo. Tendrá que casarse con un tipo al que la suerte hará príncipe consorte (o Rey como quiere ABC) y con el que engendrará su prole. La otra chica podrá tener pareja o no, podrá ser madre no, ser madre soltera o incluso tener pareja del mismo sexo, tal y como es normal en nuestros días. La vida de Leonor ya está condicionada al margen de su propia voluntad. ¿Y si no quisiera ser reina, y si su hermana, la segundona, si lo quisiera o estuviera más capacitada? La niña podría ser simplemente una ciudadana más, biznieta de un taxista como cualquier otra, con la misma dignidad, a la que sus conciudadanos puedan elegir jefe del Estado por ella misma. Por cierto, que esa otra niña no necesitará ir a un exclusivo internado británico, sino cursar el bachiller y la carrera que sea en el sistema público de enseñanza, y llegar a lo más alto con su esfuerzo personal y merecer la confianza de sus conciudadanos.

El sexo del futuro consorte

Pero hay un interesante aspecto que ABC cita de pasada. ¿Tendrá obligatoriamente que ser el futuro consorte de Leonor de otro sexo? Curioso dilema. Porque en nuestra legislación civil ordinaria eso es normal. ¿Qué pasaría en ese caso con la sucesión a la Corona? ¿Tendrían los españoles un príncipe de Asturias adoptado o inseminado de modo artificial por un anónimo donante? Cierto que el Estado es aconfesional, pero la monarquía es católica, aunque ahora se disimule retirando la expresión “Que Dios Guarde”, cuando se invoca o cita el nombre del Rey.

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La heredera de la Corona en un acto público junto a su padre. Casa Real.

Por lo tanto, no sólo son las revistas del corazón, con sus frivolidades, las que abanderan la campaña a la que asistimos. El proceso está generalizado. Como dice el profesor Rodríguez García en su libro sobre la monarquía ¿Cómo es posible que la circulación del imaginario monárquico haya seducido hasta el adormecimiento racional a gentes sensatas a incluso a la multitud? En este caso, la prensa rosa o del corazón es la mejor aliada con que cuenta la institución monárquica, con independencia de su origen, para obtener la adhesión de grandes masas poco críticas o informadas, a quienes es muy fácil vender como próximos los personajes de estos círculos selectos.

Dice la profesora María José Canel que “para lograr una comunicación política exitosa es mostrar aspectos propios de la vida cotidiana del líder, que difuminan la barrera de lo formal y lo informal, lo institucional y lo personal y lo estatal de lo gubernamental, para aprovechar así las ventajas que cada dimensión ofrece.  Consecuencia de este tipo de actuaciones es la personificación de la institución, que consigue que algo abstracto como la Monarquía se convierta en algo concreto, asociando los valores de lo concreto a lo abstracto”. Y como señalan Irene Santos García y José Patricio Pérez de la Universidad de Málaga en un interesante trabajo: “Para emplear esta estrategia se combinan varios elementos, como son: la presencia de la familia, que presenta al líder como una persona normal con la que el ciudadano puede identificarse; los entornos informales, que emplazan a los protagonistas en lugares cotidianos e íntimos”. @mundiario 

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