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MUNDIARIO

A propósito de la inmunidad...

Si todos los ciudadanos somos iguales ante la Ley, ¿por qué hay excepciones entre convictos elegidos y convictos electores, o entre prófugos exhonorables y prófugos vulgares? ¿Por qué hay tribunales solemnes para un selecto club de españoles y tribunales del montón para millones de españoles anónimos?
A propósito de la inmunidad...
Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, en su etapa en el Parlamento catalán. / Facebook @KRLSPuigdemont
Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, en su etapa en el Parlamento catalán. / Facebook @KRLSPuigdemont

Vale, de acuerdo, si queréis aceptamos el aforamiento con carácter retroactivo de Oriol Junqueras como animal de compañía. Si queréis permitimos que se expanda la idea de que a ese ilustre político preso le hayan declarado inocente, aunque en realidad solo le han declarado inmune, o sea, privilegiado, intocable, desigual al resto de los mortales. Si queréis miramos para otro lado mientras los equipos de mantenimiento de eso que llamamos El Estado, portavocías, abogacías, fontanerías ministeriales, chiringos así, se afanan en abrir las jaulas para que salgan volando bandadas de pájaros con psicopáticos síndromes de Hitchcock, o para que las calles sean de los energúmenos, como in illo témpore fueron de un tal Fraga, ¿recuerdas?, o para que las libertades de expresión de los unos disfruten de derecho de pernada y okupación de la dignidad y la intimidad de los otros, o para que los prófugos distinguidos sean la excepción y los prófugos vulgares la regla inexorable, o para que los hipotéticos “investidores” de un aspirante a investidura mantengan Patentes de Corso para practicar impunemente el abordaje a la Constitución, o para que las poblaciones reclusas sigan divididas en insignificantes presos comunes y reverenciados políticos presos, o para que los medios de incomunicación saquen cada día a subasta su verdad, toda su verdad y nada más que su verdad que, casualmente, claro, coincide con la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de sus respectivos y generosos mecenas.

Este país, con peculiares gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, está habitado por contradictorios ciudadanos que, con toda la razón, por ejemplo, claman por la abolición de la inmunidad de su Rey, en un trascendente anhelo de igualdad que nos mantiene sumidos en un sutil y permanente estado de melancolía democrática. Lo desconcertante, en cambio, es el sepulcral silencio que guarda ante el aforamiento y la inmunidad de sus parlamentarios. El colmo de la desigualdad, esa palabra con la que se les llena la boca a nuestros políticos, es que los elegidos, señoras y señores que se presentan voluntariamente, a veces con exceso de osadía, para ocupar (y en muchas ocasiones okupar) escaños en El Congreso y el Senado, disfruten de privilegios que no están al alcance de la inmensa mayoría de sus soberanos electores. El colmo de la desigualdad es que, ante la Justicia, ante la opinión publicada e incluso ante la opinión pública, se acepte con absoluta normalidad la diferencia de clases entre convictos elegidos y convictos electores. Y, éramos pocos, mantenemos en España Tribunales Supremos para ciudadanos de primera y tribunales de justicia al por mayor para ciudadanos de segunda, y ha parido nada más y nada menos que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea: ¡marchando una de inmunidad comunitaria! ¡Pobre Europa entre la espada del euroescepticismo y la pared de la eurohipocresía!

Yo ni quito ni pongo a Junqueras en la cárcel o en la calle, oye. Me trae al fresco que Puigdemont, curiosamente afectado por el síndrome de Napoleón, pueda salir airoso de su batalla de Waterloo. Yo lo que digo es que, todo esto, lo que está ocurriendo en España, lo que ha dictaminado el TJUE en el ámbito de la Comunidad Europea, está deteriorando aquel hermoso “peor sistema de gobierno inventado por el ser humano, a excepción de todos los demás”, como calificó Winston Churchill a eso que llamamos democracia. Por cierto, era inglés, súbdito de una monarquía parlamentaria donde no existe la flagrante, agraviante y bochornosa inmunidad de sus señorías. Cierto es, señores del jurado, que el aforamiento fue, in illo témpore, la garantía de los incipientes parlamentos frente a los abusos de las monarquías absolutas. Pero, hoy por hoy, lejos de mi la funesta manía de aguarle la fiesta a catalanes, vascos y españoles todos, es una reliquia vergonzante y vergonzosa que vuelve a dividir a los ciudadanos, je, llamados libres, en una minoría de nobles y aristócratas de nuevo cuño y una inmensa mayoría de villanos que, eso sí, cada cuatro años pueden introducir un papelito en urnas de ámbito estatal, autonómico y europeo. Menos da una piedra, pero más creíamos todos que podía y debía dar la democracia. @mundiario