Fiesta Nacional y 12 de octubre justifican sus contenidos y mensajes

12 de octubre y su contenido (640x480)
El monumento a España en Buenos Aires
Es una frivolidad intelectual negar simbolismo al 12 de octubre y ver la fiesta nacional de España como un mero desfile militar.
Fiesta Nacional y 12 de octubre justifican sus contenidos y mensajes

Resulta sorprendente que, bajo el disfraz de una reflexión intelectual, se aproveche la celebración del 12 de octubre, para largar sugerencias de aparente labrado científico, a la moda de los movimientos centrífugos emitidos en algunas porterías de la política para cuestionar la propia existencia de España como nación, su configuración y su propia naturaleza (que el presidente italiano Pertini calificaba como de "uno de los grandes pueblos de la historia") , fuera de un agregado incompleto, no cuajado y en permanente proceso de deconstrucción. Y para que en esa sopa no falte de nada, reduciendo el concepto de Estado y de nación a una especie de ilusión meramente óptica, se use como argumento a contraponer la propia dinámica de los entes territoriales que malamente componen el conjunto. En 1997, la Real Academia de la Historia publicó un volumen titulado “España. Reflexiones sobre el ser de España”, cuya lectura hubiera venido bien a alguno de estos pontificadores que pueblan los espacios con sus lucubraciones. ¿Qué es España?, se preguntaba Ortega en su texto sobre el Quijote: “Dios mío, ¿Qué es España? En la anchura del orbe, en medio de las razas innumerables, perdida entre el ayer ilimitado y el mañana sin fin, bajo la frialdad inmensa y cósmica del parpadeo estas, ¿qué es España, ese promontorio espiritual de Europa, esta como proa del alma continental?”

El reconocido historiador Manuel Fernández Álvarez, en uno de los capítulos del citado libro dedicado a España como imperio alude a esa ilusión maravillosa entre todos los pueblos que forman nuestra nación para construir juntos nuestro destino. Y ahí está el eterno debate entre Américo Castro y Sánchez Albornoz, cuya síntesis, porque los dos tenían razón y razones, es la mejor expresión de lo que somos. Hubo, por cierto, a lo largo de nuestra larga historia, españoles visionarios que se adelantaron en no pocas ocasiones al concepto moderno de Nación-Estado, como el duque de Olivares que, como escribe Vicente Palacio Atard, “pretendía conformar una España más unida en una sólida estructura nacional que aunase los esfuerzos de todos los reinos que formaban la Corona para hacer frente a los desafíos del mundo exterior que se oponían a los designios de España”.

El concepto de España toda, como unidad territorial, fue en su momento el eje del pensamiento de los llamados “Doctrinarios” que, como nos enseña Antonio Romeu de Armas, la proclamaban sin reserva alguna, cuyas ideas se plasman en la Constitución de Cádiz, cuyo artículo 1 define sin equívocos qué es España, es decir, la nación española, de todos los españoles de ambos hemisferios. Pero nadie en nuestros tiempos modernos nos legó un reconocimiento de la realidad concreta de España como le ponente constitucional comunista el profesor Jordi Solé Tura: “España no es una invención, no es un artificio histórico; es una realidad forjada por la Historia que se ha organizado políticamente mal y queremos organizar políticamente bien. Por eso estamos hablando de autonomías, por estamos intentando llegar a una concepción distinta de la organización política, y hay que terminar con el eufemismo de designar esto con el nombre de Estado español. Hay que decir las cosas con toda claridad: España no es una realidad uniforme, pero es una realidad, y es tarea de todos hacer que, incluso sus propios símbolos sean reconocidos como tales”.

Convendría leer e Pi y Margall

Pero pese a este centrado sentimiento, en la España moderna, y escritos como a los que aludo al principio parece haber revivido ese pensamiento agónico de España del que se quejaba Ortega, y algunos eligen el 12 de octubre para predicar esa agonía. Los centrifugistas deberían leerse la biblia del federalismo español, es decir “Las nacionalidades” de Pi y Margall, donde por cierto al ahora llamado País Vasco llama lo que siempre fueron, o sea, “provincias vascongadas”, con sus fueros, sus pactos y sus particularidades provinciales. Pero, a pesar de su apostolado y de sus propuestas federalizantes tiene una idea concreta de España como conjunto.

Este 12 de octubre, a la sombra del indocumentado antiespañolismo exportado por algunos personajes del Norte y del Sur del Territorio americano, algunos se han folgado en recordar los tópicos de la leyenda negra que, como dice el profesor argentino Marcelo Gullo Omoedo fue una gran operación de marketing político contra España, que el profesor Nigel Towson atribuye a que ni Holanda ni Inglaterra, ya que capaces de vencerla militarmente, recurrieron a desprestigiarla del modo conocido. Gullo es autor de un libro que está causando gran impacto, titulado “Madre Patria”, a través del cual trata de desmontar dicha leyenda a lo largo de la historia, desde Bartolomé de las Casas al actual problema catalán.

Marcelo Gullo Omodeo sostiene que la leyenda negra fue la obra más genial del marketin geopolítico británico, pero que los españoles se han creído la historia de España e Hispanoamérica que escribieron sus enemigos tradicionales, y se avergüenzan de un pasado del que deberían sentirse orgullosos. Y así sostiene que Hernán Cortés no fue el conquistador de México, sino el libertador de cientos de pueblos indígenas que estaban sometidos al imperialismo más feroz que ha conocido la historia de la humanidad: el de los aztecas. Que no fueron Pizarro y el puñado de españoles que lo acompañaban los que pusieron fin al imperialismo totalitario de los incas, sino los indios huancas, los chachapoyas y los huaylas. Que las masas indígenas en Colombia, Ecuador y Perú se mantuvieron fieles a la Corona española hasta el final, que los libertadores Simón Bolívar y José de San Martín buscaron la creación de un gran imperio hispanocriollo. O que la responsabilidad de la disolución del Imperio español la tuvo Fernando VII, que prefirió estar preso en Europa y no libre en América. Concluye el autor señalando que nada separa a España de América, ni a América de España, salvo la mentira y la falsificación de la historia, y que el futuro de ambas depende de que sean capaces de desterrar para siempre el mito de la leyenda negra de la conquista española de América.

“La nacionalización de España”

Pero el problema no es ya la pervivencia de la leyenda negra y los complejos que presenta. Es la propia desintegración moderna en el uso cotidiano del propio concepto de España en el terreno práctico de la política nacional. Hace veinte años, Manuel Jiménez de Parga y Cabrera, jurista, político y diplomático español, profesor encargado de la cátedra de Derecho político en la Universidad de Madrid y catedrático por oposición de la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, publicaba en ABC un memorable artículo que titulaba “La nacionalización de España”.

Entre otras cosas, decía: “Era impensable, en el primer tercio del siglo XX, que uno de nuestros maestros hubiese dudado, o tuviere recelo de clase alguna, al utilizar la palabra «España». Por el contrario, en todos ellos se nota un acercamiento sentimental a la idea de España. Flotaba en el ambiente lo que Antonio Machado hace decir a Juan de Mairena: «La patria es, en España, un sentimiento esencialmente popular (...) Si algún día tuvierais que tomar parte en una lucha de clases, no vaciléis en poneros del lado del pueblo, que es el lado de España. Los profesores de Derecho Político, setenta años atrás, abogan unánimemente por la nacionalización de España, es decir por configurar a nuestros diversos pueblos en una gran Nación. Y ahora resulta curioso comprobar —teniendo en cuenta experiencias frescas— que fueron precisamente los catedráticos de orientación izquierdista quienes defendieron con más ardor la utilización de la palabra «España», sin admitir en su vocabulario expresiones del estilo de “Estado español” o “nuestro país”, de uso ahora frecuente, lamentablemente, concluía. 

Monumento a las Cortes de Cádiz (640x480)

Las Cortes de Cádiz definieron a la Nación española.

El profesor Jiménez de Parga hacía en su artículo un recorrido por los hoy lejanísimos, con relación a sus dirigentes actuales, dirigentes del PSOE y de la UGT, señalando, entre otros testimonios: “En el Manifiesto-Programa del Comité de Huelga de la UGT y del PSOE, dirigido A los obreros y a la opinión pública», el 12 de agosto de 1917, se termina de este modo: «Aceptamos una misión de sacrificio por el bien de todos, por la salvación del pueblo español, y solicitamos vuestro concurso. ¡Viva España!». Este grito, «¡Viva España!», fue lanzado entonces por Largo Caballero y Daniel Anguiano, en nombre de la UGT, y por Besteiro y Saborit, en nombre del PSOE”.

Aquellos socialistas que sentían a España

El reconocido constitucionalista citaba otros ejemplos notables dentro de lo que fuera el partido socialista, como Indalecio Prieto, de quien recoge estas palabras pronunciadas en un mitin en Cuenta: “Nosotros queremos multiplicar la capacidad espiritual de España, porque al levantar al ciudadano español, levantamos a España, y al levantar España, hacemos patria”. Sobre el federalismo, que ahora se propone como asimétrico, de suerte que, como predijo, en algunas comunidades la presencia del Estado sea “residual, recoge una entrevista con Julián Besteiro, publicada en el periódico “El Sol”, el día 3 de junio de 1931, cuando la II República inicia su caminar, afirma: “Si se intentase someter a toda España a un esquema de República federal se cometería, a mi juicio, un grave error”.

Ni tampoco faltó en aquel artículo una referencia a las consecuencias del 12 de octubre y a propósito de ello, escribe: “Otro grave error, en opinión de quienes anhelaban la nacionalización de España, era sustituir el término «Hispanoamérica», de acuñación propia y adecuada, por «Latinoamérica», un invento francés. Resulta elocuente a este respecto la conferencia que Fernando de los Ríos pronunció el año 1945 en la Universidad de Texas, bajo el título «La actividad intelectual desarrollada por los exiliados españoles en Hispanoamérica». Es igual que se considere la presencia española en Bolivia o Cuba, en Ecuador, Perú y Colombia, en Venezuela, Chile, Uruguay, Paraguay o, de forma predominante, en Argentina y México: «Dondequiera que busquemos en Hispanoamérica —afirma Fernando de los Ríos—, encontraremos a personas que en España fueron profesores, magistrados del Tribunal Supremo, jueces, diplomáticos, técnicos del Consejo de Estado, periodistas, abogados y oficiales del Ejército y la Marina, y ahora trabajan para editoriales o periódicos, bancos o compañías de seguros, como conferenciantes o como profesores de instituciones educativas privadas. La generosa tierra americana recibe con amor las nobles ideas que mis compatriotas están sembrando, con fortaleza de espíritu y fe en los ideales”.

En resumen, el 12 de octubre es, pues, una fecha adecuada para reivindicar el concepto de España como nación y su herencia en América, tanto en el pasado antiguo como el que estuvo marcado por el exilio creciente. Y algo más, lo mismo que el 14 de julio se celebra en Paris con un desfile militar, al que por cierto se ha invitado en ocasiones la presencia de las banderas y los soldados de los modernos estados de la Francofonía, ¿qué tiene de extraño que el 12 de octubre se celebre aquí una parada militar, como se hace en Rusia o en Cuba en los aniversarios de sus revoluciones o fechas históricas, lo que a algunos ahora extraña? @mundiario

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