En el 1-O perdimos y ya sabemos quienes: todos

Carles Puigdemont emite su voto. / Twitter
Carles Puigdemont emite su voto. / Twitter

No ha habido referéndum, no, pero sí hubo votación. ¿El resultado? no precisa de un recuento de votos porque perdimos todos y las consecuencias son hoy incalculables.

En el 1-O perdimos y ya sabemos quienes: todos

Ya tenemos las fotos y también los votos.  Si hubiera que plasmar el sentimiento más generalizado que ha suscitado la jornada del 1-O no podríamos hacerlo mejor que Françoise Sagan en su libro Bonjour Tristesse, sí tristeza:  “un sentimiento tan total, tan egoísta que casi  produce vergüenza, cuando la tristeza siempre había parecido honrosa”. Tristeza por haber llegado hasta aquí, tristeza porque nadie vió el alcance del proyecto político catalán a tiempo  y tristeza porque ha faltado la sensibilidad necesaria para entender que lo emocional, casi siempre está por encima de lo racional y no se ha sabido hilar un relato ilusionante para hacer frente al anterior.

El proceso político independentista de Cataluña lleva gestándose mucho tiempo. Es preciso recordar que el lema de las pancartas que acompañaron la celebración de la Diada de 1977  era  “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”, pero ya entonces un nutrido grupo de manifestantes gritaba algo que no pasó inadvertido: “hoy paciencia, mañana independencia”. Poco después se aprobó la Constitución Española, se creó el Estado de las Autonomías y comenzó a fraguarse un modelo cuasifederal pensado a dos velocidades por los constitucionalistas, que distinguieron entre regiones y nacionalidades, aunque al final llegó el café para todos. Y hoy el problema está en que no llega el azúcar.

Cataluña nunca dejó de reclamar más y más autogobierno. En el 2006 salió de las Cortes un nuevo Estatuto de Autonomía refrendado por sus ciudadanos y que parecía colmar buena parte de sus anhelos. Pero la ilusión se tornó en desafección popular que se hizo verbo con la resolución del Tribunal Constitucional. Este episodio, sin duda, pudo agrandar la hostilidad, pero no fue la causalidad de lo hoy está sucediendo, como algunos quieren hacer ver. El independentismo supo aprovecharlo junto con la tormenta perfecta que se desató al hilo de la crisis económica y los innumerables casos de corrupción.

España tiene un problema de fondo que es la desigualdad, caldo de cultivo perfecto para que posiciones radicales y populistas florezcan.  Pero no sería justo dejar en el olvido que fue Artur Mas quien abanderó la política de austeridad en su Comunidad antes que nadie. Ya en  el año 2010 metió un tajo del 10% al presupuesto autonómico: bajó el gasto en bienestar,  educación, salud, servicios sociales, etc. aunque fue insuficiente para hacer frente a los desequilibrios presupuestarios y en el año 2012 tuvo que pasar por el bochorno de recurrir al Fondo de Liquidez Autonómica (FLA) para poder pagar sus gastos corrientes. El sistema de financiación autonómica de 2009 se reveló inadecuado sí, pero el déficit de gestión era también indiscutible. La clase media catalana vio peligrar el progreso social de sus hijos y buscó un culpable: España nos roba.  Ante este panorama la independencia de Cataluña se vendió como el revulsivo a esta situación, el antídoto para todos los males de los catalanes. Se suplantó lo real por los signos de lo real y el mensaje caló,  la bola de nieve creció y se ha dado contra un muro el 1-O. ¿Y ahora qué?

No ha habido referéndum, no, pero hubo votación. ¿El resultado? no precisa de un recuento de votos porque perdimos todos y las consecuencias son hoy incalculables. Aún así, desde  el punto de vista político, Puigdemont y sus socios de gobierno tienen la coartada que buscaban para amagar o declarar unilateralmente la independencia, otros representantes no desaprovechan la oportunidad para hacer gala de su oportunismo y de la colusión interesada entre el populismo y el nacionalismo catalán y también hay quien sigue mostrando su miopía estadista o quien antepone sus intereses partidistas por encima del interés general.

El relato político que ya le había sido entregado a los independentistas, se acompaña ahora también del épico. En el terreno de lo simbólico basta con ver las portadas de los principales medios internacionales y lo que el New York Times cuenta en sus crónicas de resumen de la jornada: “el desafío catalán de celebrar un referéndum independentista, calificado de ilegal por el gobierno español, degeneró en caos este domingo cuando los votantes se enfrentaron con el Cuerpo Nacional de Policía de España en una de las mayores pruebas a la democracia de ese país desde la dictadura franquista de los años setenta”. La imagen internacional de España ha quedado tocada y de cómo se reconduzca la situación veremos si se recupera o no.

Pero si algo positivo pudiéramos sacar de todo esto es que, habida cuenta de que nadie puede ser independiente por su voluntad, tampoco es realista pensar en la viabilidad de una declaración unilateral de independencia. La reflexión se hace imprescindible y el 2 de Octubre abre el camino inexorable hacia el diálogo y el pacto, con la esperanza de que en el parlamento español todos puedan hablar con todos para encontrar una solución.

En el 1-O perdimos y ya sabemos quienes: todos
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