Plato del día

La vivienda como comienzo de una buena amistad

¡Sin vivienda no hay paraíso...!
Por una vez, sin esperanza de que sirva de precedente, dos ocurrencias sobre la vivienda, surgidas en Moncloa y Génova, 13, da la sensación de que podrían ser compatibles: incentivos fiscales para arrendadores y suelo público para una erupción volcánica de parque habitacional.

Por una vez, y ojalá acabase siendo una réplica del final de la frase que precedía al The End en Casablanca, estos días en los que Sánchez y Feijóo, Moncloa y Génova, han sacado de sus respectivas chisteras el conejo electoral de la vivienda, se me ha antojado que, esto, convenientemente negociado, desinteresadamente compartido, generosamente anunciado a una generación de españolas y españoles con la espada de Damocles de estrenar una nueva clase social: trabajadores sin techo, también podría ser el comienzo de una buena amistad.

Ni siquiera perdería el tiempo haciendo cábalas sobre quién de los dos, Pedro y Alberto, deberían hacer el papel de Rick y el del Capitán Renault; tampoco me rompería la cabeza dilucidando quién ha estado haciendo el papel de bueno y el papel de malo si, al final, acabasen caminando juntos un tramo entre la niebla de la historia compartiendo una buena causa. Solo sé que, esto, la hipotética convergencia de las dos fórmulas de afrontar el galopante déficit de la vivienda: el aliciente fiscal para los arrendadores justos y el boom del ladrillo y material de construcción en terrenos públicos, no es que puedan ser complementarios, es que son inseparables, indiscutibles y acuciantes en un Estado social y democrático en el que, la vivienda, es un derecho consagrado por la Constitución.

De manera que menos lobos, caperucitas Yolandistas, menos palos en las ruedas, podemitas aspirantes a Robin Hoods, que no lanzan precisamente flechas justicieras, sino búmerans que, al final, acaban volviendo por sus pasos y golpean a las clases mal vulnerables y más vulneradas. Lo que los últimos años de la historia ha separado hasta límites insospechados: un centro izquierda y una centroderecha con el denominador común del Estado de todos y para todos, al margen de que el pueblo decida en las urnas alternativos cambios de pinturas ideológicas, puede ahora unirlo esta enfermedad de naturaleza terminal de la vivienda, ¡mi casa, mi teléfono!, que requiere una vacuna contra el virus del odio, del rencor, de la egolatría, del muro devastador que no permite a los gobiernos aceptar aciertos de la oposición y viceversa, ni siquiera en plena pandemia de superficie construida e insuficiencia respiratoria de esperanza, para tantos jóvenes y familias que, en la actualidad y años sucesivos, no van a poder evitar vivir sin vivir en ellos, suspirar por altas vidas con un ¡hogar dulce hogar! y morir un poco, como in illo témpore Teresa de Jesús, porque o mueren.

No tengo esta mañana el mínimo inconveniente en elevar la última ocurrencia habitacional de Pedro Sánchez a la categoría de que, se non è vera, è ben trovata. Lo que pasa es que no es definitiva, ni sostenible y susceptible de puro efecto placebo, sin un alto el fuego con la oposición y un Pacto de Estado con Génova, 13 que libere suelo público, incluso suelo justamente expropiado al grito de ¡más ladrillo, más pisos, más vivienda, más techos!, a precios asequibles, claro, para una generación sumida en el desaliento.

¿No les cansa a ustedes este frívolo baile de la yenka genuinamente española: izquierda, izquierda; derecha, derecha; adelante, atrás, un, dos, tres, las veces que haga falta tropezar con la misma piedra….?