La victoria como tragedia: sobre la inercia del megáfono y el horror al silencio
Existe una patología social, curiosamente no tipificada en los manuales de diagnóstico clínico pero omnipresente en nuestra ágora pública, que podríamos denominar «el síndrome del perro que alcanzó al coche». Todos hemos visto a ese can: corre desbocado, ladra con la furia de mil demonios, echa espuma por la boca persiguiendo una rueda que gira a toda velocidad. Su propósito vital, en ese instante, es la caza. Pero, ¿qué ocurre cuando el coche se detiene? El perro se queda quieto, olisquea el neumático inmóvil y, tras un segundo de desconcierto existencial, busca otro coche al que ladrar. No quería la rueda; quería la carrera.
Resulta fascinante, y a la vez profundamente repulsivo, observar este mismo mecanismo en la psique colectiva de ciertas asociaciones y portavoces del gremio de la indignación. Me refiero a ese fenómeno de inercia política y vital mediante el cual, una vez conseguido el objetivo explícito —ese que supuestamente justificaba las noches de insomnio, las pancartas con tipografía “la que más me apetezca” y los cánticos de rima asonante y dudosa métrica—, la protesta no solo no cesa, sino que muta, se expande y se vuelve más virulenta.
Hay algo obsceno en la incapacidad de aceptar la victoria. Revela que el objetivo nunca fue el fin, sino el medio. El activismo, para algunos, ha dejado de ser una herramienta de cambio para convertirse en una forma de estar en el mundo, una identidad tan rígida que el éxito de sus demandas se percibe no como un triunfo, sino como una amenaza a su propia existencia. Si ya no hay villano, ¿quién soy yo? Si el dragón muere, ¿de qué vive el caballero?
Tomemos un ejemplo que ilustra esta miseria moral con la precisión de un bisturí oxidado. Imaginemos —o no hace falta imaginar demasiado— el escenario postapocalíptico de la gestión política tras la dana. El clamor popular, justificado en origen por la incompetencia y el lodo (el real y el metafórico), exigía una cabeza: la de Carlos Mazón. «Dimisión», gritaban. «Justicia», exigían. Y supongamos que el universo, en un giro de guion inusual, les concede el deseo. Mazón, superado por la marea, recoge sus papeles, apaga la luz de su despacho y se marcha a la irrelevancia histórica. Objetivo cumplido. Jaque mate. Fin de la partida.
Sería el momento lógico para que la presidenta de las víctimas, esa figura que ha emergido del barro con un chaleco reflectante y un micrófono permanentemente adherido a la mano, se sentara, respirara y dijera: «Bien. Ahora vigilemos la reconstrucción». Pero no. La lógica aristotélica no aplica aquí.
Antes de que el nuevo inquilino del Palau de la Generalitat haya tenido tiempo de comprobar si la silla es ergonómica o si el aire acondicionado funciona, la maquinaria del rencor ya se ha puesto en marcha de nuevo. La tinta del nombramiento del sucesor aún está fresca, ni siquiera ha firmado su primer decreto, probablemente ni siquiera ha decidido de qué color quiere los bolígrafos, y sin embargo, ahí está ella. La lideresa del dolor perpetuo. Aparece en los medios, con ese rictus ensayado de gravedad funcionarial, para poner a parir al recién llegado.
Lo critica no por lo que ha hecho —pues la física cuántica nos enseña que no se puede juzgar un acto que aún no ha ocurrido—, sino por lo que *es*, o mejor dicho, por lo que ella *necesita* que sea. Necesita que sea un inútil, un monstruo o un títere. Lo necesita con desesperación, porque si el nuevo presidente resultara ser competente, si las cosas empezaran a funcionar, ella tendría que soltar el megáfono. Y soltar el megáfono implica volver al anonimato, al silencio de la vida privada, a ser una ciudadana más sin una corte de periodistas esperando su sentencia diaria sobre el estado de la moral occidental.
Esta actitud denota una pereza intelectual abrumadora y una deshonestidad de fondo que hiela la sangre. Es la profesionalización del duelo, la conversión de la tragedia en una pyme (pequeña y mediana empresa) de la queja. Resulta repugnante porque trivializa el sufrimiento real que dicen representar. Al atacar al relevo antes de darle la oportunidad de errar, demuestran que el bienestar de las víctimas es secundario; lo primario es el mantenimiento de la tensión, la perpetuación del conflicto. El «cuanto peor, mejor» se convierte en el lema no escrito de quienes han hecho del «¡Basta ya!» su forma de decir «Buenos días».
Y luego está la estética. No podemos obviar la estética de esta decadencia. Las manifestaciones que continúan *post mortem* (tras la muerte política del adversario) tienen un aire de fiesta de fin de año a las siete de la mañana, cuando ya han encendido las luces y se ve la suciedad en el suelo. Los gritos se vuelven roncos, las consignas pierden su filo. Esas rimas… oh, esas rimas. «El pueblo unido jamás será vencido» o variantes locales que fuerzan la gramática hasta dislocarla.
Hay una vulgaridad intrínseca en seguir gritando cuando nadie te está agrediendo. Es como ver a alguien pelearse con su propia sombra y perder.
Lo que subyace en esta conducta es el miedo al vacío. Vivimos en una sociedad que ha elevado la condición de víctima a la categoría de aristocracia moral. Si te quitan el motivo de tu queja, te destronan. Por eso, el activista burocratizado, ese que ha convertido la asociación en su feudo, nunca puede estar satisfecho. La satisfacción es contrarrevolucionaria. Si el nuevo presidente de la Generalitat arreglara todas las carreteras, pagara todas las indemnizaciones y limpiara hasta la última gota de lodo en una semana, nuestra hipotética presidenta saldría a la prensa indignada. Diría que lo ha hecho demasiado rápido, que es una falta de respeto a los tiempos del duelo, o que el asfalto nuevo es de un tono gris que ofende la memoria de la huerta valenciana.
Siempre habrá un «pero». Siempre habrá una coma adversativa esperando para descarrilar la oración del progreso. Es la tiranía de la insatisfacción perpetua. Y es agotador. Agota a la sociedad, que empieza a mirar estas manifestaciones con la misma indiferencia con la que mira a las palomas pelearse por un trozo de pan duro. Agota a las instituciones, que se blindan ante la crítica porque saben que es imposible complacer a quien no quiere ser complacido. Y, sobre todo, insulta a la inteligencia.
Porque sabemos lo que están haciendo. Sabemos que, una vez que el «villano» Mazón ha caído, el guion exige un nuevo antagonista inmediatamente, como en esas series de televisión que se alargan demasiadas temporadas y los guionistas tienen que inventar tramas cada vez más inverosímiles para justificar que los personajes sigan gritándose en la cocina. El nuevo presidente no es una persona para ellos; es un *macguffin*, un objeto narrativo necesario para que la trama de la indignación avance hacia ninguna parte.
Lo más mordaz de todo este asunto es que estas personas se creen guardianes de la democracia, cuando en realidad son sus parásitos más eficaces. La democracia requiere fiscalización, sí, pero también requiere tiempos, procesos y la presunción de —si no inocencia— al menos capacidad hasta que se demuestre lo contrario. Prejuzgar la inutilidad del sucesor basándose únicamente en que ocupa el sillón del predecesor es un acto de fe nihilista. Es decir: «Nada funciona, nada funcionará nunca, y mi único consuelo es ser el pregonero de este desastre eterno».
Es una forma de soberbia disfrazada de humildad doliente. «Yo, que sufro, tengo la verdad absoluta sobre el futuro administrativo de la región». Pues mire, señora, no. Usted tiene dolor, y eso es respetable y merece atención y reparación. Pero el dolor no convalida títulos de gestión pública ni otorga el don de la videncia. El dolor no es un argumento político perenne, y usarlo como ariete contra una puerta que aún no se ha cerrado —o que ni siquiera se ha abierto— es una estafa.
Al final, uno observa a esta presidenta, rodeada de sus fieles, lanzando dardos envenenados a un político que aún está buscando dónde está el baño en su nuevo despacho, y no puede evitar sentir una mezcla de lástima y asco. Lástima, porque deben vivir en un infierno interno donde la paz es imposible. Y asco, porque nos arrastran a todos a ese barrizal retórico donde nada se construye, donde el único mérito es gritar más fuerte la rima más tonta, y donde la victoria final, la verdadera solución de los problemas, es lo último que se desea, porque significaría tener que irse a casa y enfrentarse al silencio atronador de una vida sin enemigos.
Seguirán ahí, por supuesto. Mañana habrá otra nota de prensa, otro tuit incendiario, otra concentración frente al Palau pidiendo la dimisión del que acaba de llegar, o del que vendrá después, o del conserje si hace falta. Porque la rueda del hámster no puede detenerse. Y ellos, trágicamente, han olvidado cómo bajarse. La manifestación se ha convertido en procesión, y el objetivo ya no es llegar al destino, sino que no se acabe nunca el camino, para poder seguir cobrando el peaje moral a todo el que ose cruzarlo.
P.S. Señora presidenta de la asociación de víctimas de la dana, ahora se trata de velar por todos los muertos que hubo y el cataclismo de bienes muebles e inmuebles. No es, precisamente, el tratar de recoger votos del partido opuesto a base de plañiderismo obsoleto (no me invento nada… está en el YouTube ese). @mundiario