Donald Trump sigue actuando como Rambo: es un peligro para la democracia
Vivimos tiempos revueltos. ¿Peligrosos para nuestras democracias? Sin duda. Principalmente por el comportamiento de algunos políticos que hacen todo lo posible por dividir y desunir, por insistir un día sí y otro también que ellos son perfectos y los otros un desastre, además de declararse nunca culpables, mientras que los otros siempre lo son, y todo escenificado en un show mediático que es un insulto al ciudadano con sentido común.
¿Les suena? Sí, me refiero esencialmente a Donald Trump y su comportamiento en las últimas semanas. Primero, compadeciendo ante un juez de Miami, acusado de 37 cargos por esconder en su casa 13.000 documentos, 300 de ellos clasificados. Sus delitos están recogidos en un expediente de 49 páginas, preparado por el fiscal especial Jack Smith. Ahora le tocará a un gran jurado decidir si es culpable de retener información clasificada, por sensible para la defensa nacional. Como era de esperar, Trump se declaró inocente.
Y segundo, organizando un acto de recaudación de fondos en Nueva Jersey, en el cual asegura que la imputación es un “abominable abuso de poder” y una “interferencia electoral”, para a continuación amenazar: “Voy a nombrar a un fiscal especial para perseguir al presidente más corrupto de los Estados Unidos de América, Joe Biden, y a toda la familia criminal de Biden, si soy elegido”.
Trump sigue, pues, actuando como Rambo. Muestra la misma vanidad y desfachatez de siempre. Ataca a todo adversario político con “cada vez más insultantes y falaces argumentos”, como escribió Lluís Bassets en El País. Advirtiendo el prestigioso columnista: “Un presidente que se considera por encima de la ley, desprecia el sistema electoral y el traspaso pacífico del poder tras las elecciones sabe que cuenta con las simpatías autocráticas de todos los autócratas”. Que, a juzgar por las encuestas, son muchos norteamericanos: el New York Times ve al expresidente por delante de sus rivales en las primarias republicanas.
Basset repasa los cuatro años de Trump en el poder: Su política de “America First”, que tanto daño hizo a las relaciones políticas, militares y comerciales con Europa; su admiración por Putin, que por suerte no inició su guerra contra Ucrania durante la presidencia de Trump; su confrontación con China, visto por su administración como una mera competencia comercial y por puestos de trabajo. Llegando a la conclusión: Que “en su eventual regreso a la Casa Blanca sería el saboteador sin máscara del Gobierno federal y de la democracia”.
¿Trump con posibilidades de ganar las elecciones en los Estados Unidos de América en noviembre de 2024? Nadie parece ponerlo en duda. Como pocos pensaron hace algunos años que en países escandinavos los partidos de ultraderecha pudieran asumir responsabilidades en gobiernos de coalición o que la neofascista Giorgia Meloni llegara a ser presidenta del Consejo de ministros en Italia. En Hungría y Polonia, sí, ¿pero en Italia?
El actual ministro de Exteriores y posible sucesor de Silvio Berlusconi al frente del partido Forza Italia, Antonio Tajani, declaraba en una entrevista que para los partidos conservadores solo dos de la extrema derecha son tabú: en Francia, el Frente Nacional de Marine Le Pen, y en Alemania, la Alternative für Deutschland AfD. En todos los demás países de la Unión Europea, no detecta ningún problema si se forman coaliciones entre el abanico de los partidos de derechas.
Que Tajani dijera lo que dijo, no sorprende excesivamente, teniendo en cuenta que Il Cavaliere Berlusconi fue el primero en aceptar a ultraderechistas en sus tres gobiernos, en concreto a la Lega de Umberto Bossi y después Matteo Salvino. Aparte de ser protagonista de un largo historial delictivo, haber puesto de moda en Europa el populismo político y tener mucha responsabilidad en el deterioro progresivo de las instituciones italianas.
Sí sorprende que el pronunciamiento de Tajani no produjera una ola de protesta de los medios liberales más importantes de Europa, como también una serie de manifestaciones significativas de la sociedad civil. Hoy en día, ni hay editorialistas posicionándose contra su opinión ni organizaciones que llamen a una movilización callejera. No debería sorprender pues que, en un par de años, el rechazo a pactar con los partidos de la ultraderecha populista de Francia y Alemania también desaparezca.
Preocupa la subida de la AfD
El ascenso de la AfD alemán es preocupante. Según una encuesta publicada por el semanario Der Spiegel, si las elecciones generales hubiesen tenido lugar el 1 de junio, el partido ultraderechista hubiera alcanzado un 18% del voto y quedado en segundo lugar, solo detrás de los cristianodemócratas con un 28%. Los socialdemócratas hubiesen obtenido el 17%, los Verdes el 15%, la Izquierda el 10% y los Liberales el 9% de los votos. Y lo peor de todo: da la impresión de que ningún partido alemán tiene una estrategia para combatir a la AfD. Por ejemplo, en Alemania del Este, donde el próximo año hay elecciones en Sajonia, Brandeburgo, Sajonia-Anhalt y Turingia. En este último land la AfD puede conseguir un 28% de votos.
Para Der Spiegel, hay muchas razones que explican el auge del partido. Primero, el descontento general con el gobierno presidido por Olaf Scholz y compuesto por ministros socialdemócratas, verdes y liberales, más dedicados a pelearse entre sí que por solucionar problemas acuciantes: en especial la inflación, el dilema entre energía y medio ambiente o el aumento de inmigrantes, la gran mayoría de Ucrania. Segundo, la falta de un relato convincente por parte de los cristianodemócratas, con Friedrich Merz al frente, para atraer a los simpatizantes de la AfD, convenciéndoles de que ellos tienen las mejores soluciones. Y tercero, el cambio de actitud de los votantes de la AfD, que antes solo lo hacían por miedo al futuro y oposición a los partidos tradicionales, pero que ahora lo hacen aceptándolo como un partido normal – y pasando por alto, por ejemplo, que un fallo judicial permite llamar al líder en Turingia Björn Höcke “fascista”.
Se avecinan tiempos complicados para las democracias de la Unión Europea, si los partidos tradicionales no logran parar los pies a los de la extrema derecha. Y, por cierto, también a los de la extrema izquierda. @mundiario