Trump enfría los rumores de una ofensiva en Venezuela pero mantiene la presión

Ilustración de la tensión en Venezuela con Trump y Maduro como protagonistas. / Mundiario
El presidente estadounidense desmiente una inminente operación militar, aunque el creciente despliegue naval en el Caribe y las acciones contra supuestos narcos venezolanos reavivan el fantasma del intervencionismo en América Latina.

Donald Trump ha dicho “no”. Lo hizo este viernes, desde el Air Force One rumbo a su residencia de Mar-a-Lago, en Palm Beach (Florida), cuando los periodistas le preguntaron si era cierta la información de varios medios sobre una inminente ofensiva militar de Estados Unidos en Venezuela. “No, no es verdad”, respondió el presidente, de forma inusualmente lacónica. Con esas dos palabras trató de contener los rumores de que Washington estuviera dispuesto a cruzar un nuevo Rubicón en su pulso con el Gobierno de Nicolás Maduro.

El desmentido de Trump buscó neutralizar las filtraciones publicadas por The Wall Street Journal y el Miami Herald, según las cuales el Pentágono habría identificado objetivos en territorio venezolano, incluidos puertos y aeropuertos bajo control militar, supuestamente vinculados con el narcotráfico. Una portavoz de la Casa Blanca reforzó la negación al asegurar que solo el presidente está autorizado para anunciar operaciones de ese tipo, y que las informaciones basadas en fuentes anónimas no eran creíbles.

Sin embargo, la negativa oficial no disipa el trasfondo de tensión. Desde hace dos meses, el Ejército estadounidense ha lanzado quince ataques extrajudiciales contra embarcaciones sospechosas de traficar con drogas en el Caribe y el Pacífico. Al menos 61 personas han muerto en esas acciones, cuyos blancos, según Washington, estarían ligados al llamado Cártel de los Soles, una red que el Gobierno de Maduro niega dirigir.

El cerco militar sobre Venezuela no ha hecho más que reforzarse. Diez buques de guerra –incluido un submarino nuclear– y unas 10.000 tropas se han desplegado bajo el Comando Sur desde agosto. La semana pasada, Trump ordenó el envío del portaaviones Gerald Ford, el más avanzado de la flota estadounidense, que cruzó el estrecho de Gibraltar rumbo al Caribe. Oficialmente, se trata de operaciones de interdicción contra el narcotráfico; extraoficialmente, parecen mensajes de fuerza hacia Caracas.

Un Estado criminal

Washington acusa al Gobierno de Maduro de haber convertido el Estado venezolano en una organización criminal. En 2024, duplicó a 50 millones de dólares la recompensa por su captura y ofreció 25 millones por la de algunos de sus principales colaboradores, como Diosdado Cabello o Vladimir Padrino López. La administración Trump considera que el régimen chavista ha robado elecciones y utiliza el narcotráfico como fuente de financiación y control territorial.

Los paralelismos con otras crisis recientes son inevitables. En junio pasado, el mismo Wall Street Journal adelantó que Estados Unidos se preparaba para atacar instalaciones nucleares iraníes. Trump lo negó en público, se marchó a jugar al golf… y al día siguiente las bombas cayeron sobre Fordow, Natanz e Isfahán. En Washington, muchos recuerdan aquel episodio al escuchar sus nuevas negativas sobre Venezuela.

Una intervención directa, en cualquier caso, supondría una escalada de enormes proporciones en la política exterior estadounidense hacia América Latina, reactivando los peores recuerdos de décadas de intervencionismo. Desde la invasión de Panamá en 1989, ningún presidente había ordenado una operación militar de envergadura en la región.

Por ahora, la Casa Blanca insiste en que la presión sobre Maduro seguirá en los terrenos diplomático y económico, sin traspasar la línea del uso abierto de la fuerza. Pero el creciente movimiento de tropas y la retórica de “guerra contra el narcotráfico” dibujan un escenario ambiguo, en el que los límites entre seguridad y geopolítica parecen cada vez más difusos.

Si Trump busca una victoria internacional que refuerce su imagen en año electoral, Venezuela podría convertirse en el tablero de esa ambición. Pero cualquier paso en falso reavivaría el fantasma de la América Latina de los ochenta: una región que aún no ha olvidado lo que ocurre cuando Washington decide actuar sin escuchar. @mundiario