Plato del día

Tertulias tomadas por pistoleros de palabras

Dos vaqueros que se apuntan con sus pistolas. / Mundiario.
Hubo un tiempo en el que las tertulias eran didácticas, pedagógicas. Ahora le hacen la competencia a los salones del salvaje oeste: ¡quién desenfunda más rápido, forastero…!

Una de las cosas buenas que tiene la jubilación, al margen del montante de la pensión que obliga a ajustar al alza o a la baja los presupuestos individuales, es el tiempo: esa luna de miel con uno mismo, cada mañana, cada tarde, cada noche, que permite degustar el primer café sin mala leche, un paseo por las calles de la vida con un punto de partida que no está sometido a un punto de llegada y, salvo excepciones, la carga a sus espaldas de una mochila interior ligera de equipaje, sin obsesiones futbolísticas, ideológicas, mercantiles, profesionales, navegando, sin prisa pero sin pausa, por ese mar de la tranquilidad del planeta tierra, que es el morir, como ya anticipó Jorge Manrique, sin la trascendencia de aquel Mar de la Tranquilidad de la luna en el que Neil Armstrong describió su pequeño paso como hombre en aras de un gran paso para la humanidad.

Un jubilado como este servidor de ustedes, por ejemplo, recorre por las mañanas distintas y distantes Españas a través de emisoras de radio y cadenas de televisión. Escucha las voces que claman, en sus respectivos desiertos, por parte de los mensajeros mediáticos del llamado progresismo y el llamado conservadurismo en los estudios y los platós y, oigan, de verdad, no le dan ataques de rabia, sofocos de ira, instintos básicos de considerar  a ninguno de los bandos de charlatanes tertulianos como uno de los nuestros o de los suyos. Solo le invade a uno un halo de ternura, de compasión, de nostalgia, mientras asimila la decadencia de una hermosa profesión de notarios de la actualidad, que, a mis escasas luces, ha degenerado en pistoleros a sueldo, quizá en especies, tal vez en efectivo, que no disparan con balas, sino con palabras; que manejan la verdad, pero no toda la verdad y nada más que la verdad; que se someten al guión preestablecido por el padrino de cada tertulia en patéticas películas de buenos y malos y viceversa.

El otro día, por ejemplo, en un momento en el que uno de esos gurús televisivos que van de Quijotes (de cuyo nombre no quiero acordarme), se pasó del manido mantra del lawfare judicial al recién incorporado lawfare arbitral, lanzó un sermón sobre la falta de ética de un árbitro que dirigía, simultáneamente, una empresa propia entre semana y partidos de fútbol los domingos, ¡culo, nene! Y luego se quedó tan ancho el tío, oye, mientras un servidor pasaba un mal trago de esos de vergüenza ajena. Porque, chico, resulta que ese mismo gurú indignado, rasgándose las vestiduras y  rodeado de discípulos a derecha e izquierda encargados de azuzar el fuego que mantiene las mañanas “Al rojo vivo”, hizo, en vivo y en directo, una demostración empírica de que siempre cree el el ladrón que todos son de su condición: él mismo y su santa pareja sentimental y mediática, cruzan diariamente la delgada línea roja de la ética y estética que separa, el código deontológico de la neutralidad informativa y editorial, de los intereses creados de naturaleza empresarial mediática. Y, francamente, señoras y señores, si no es posible estar en misa y repicando al mismo tiempo, o lo aplicamos para todo y para todos o pinchamos la pelota.

Los jubilados es que tenemos tiempo, mucho tiempo, para ver la viga en nuestros propios ojos y la paja en ojos ajenos, en estudios de radio y platós de televisión, tomados por pistoleros de palabras a sueldo, con sus correspondientes y escasas excepciones, en el salvaje oeste audiovisual y cibernético de los espagueti Western mediáticos (made in Spain). @mundiario