El terremoto Trump: el proteccionismo se disfraza de liberación
Donald Trump ha vuelto a subirse a su púlpito favorito: el de la confrontación. Esta vez no es solo un mitin, un tuit inflamado o un exabrupto en su red social Truth. Esta vez, el magnate-presidente ultima lo que él mismo ha calificado con pomposidad —y una buena dosis de inconsciencia— como The Big One, una sacudida comercial con epicentro en Washington y réplicas garantizadas en cada rincón del planeta.
Este 2 de abril podría convertirse en una fecha negra para el comercio internacional. Ese día, Trump pretende desatar la mayor ofensiva arancelaria de su guerra contra el mundo. Su propósito es claro: imponer nuevos gravámenes indiscriminados a productos importados, bajo la etiqueta de “aranceles recíprocos”. El término, por supuesto, es un oxímoron en sus labios. Lo que se avecina no tiene nada de recíproco, ni mucho menos de justo. Se trata de una agresión frontal que amenaza con dinamitar el orden económico global tejido desde los acuerdos de Bretton Woods. Es decir, las reglas que han permitido, con sus luces y sombras, el mayor período de prosperidad y crecimiento interconectado de la historia moderna.
La Unión Europea, México, Canadá, China, Japón, India, Corea del Sur… la lista de damnificados es tan extensa como reveladora. Trump no distingue entre aliados y rivales, entre socios históricos y competidores. En su relato, todos han estado robando a Estados Unidos durante décadas. El “Día de la Liberación”, como ha bautizado su cruzada arancelaria, es el momento en que, según él, su país recupera el respeto y el dinero que le han sido arrebatados. La retórica victimista se mezcla con una nostalgia artificial por un siglo XIX idealizado, donde los aranceles eran altos y, supuestamente, la nación florecía.
Pero esta es una visión deformada y profundamente peligrosa. La historia económica nos recuerda que el proteccionismo extremo fue uno de los catalizadores de la Gran Depresión de los años treinta. Trump, sin ningún respeto por la memoria ni por los datos, quiere repetir la fórmula con un añadido explosivo: el contexto actual está marcado por cadenas de suministro globalizadas, una interdependencia feroz y tensiones geopolíticas que pueden agravarse hasta niveles impredecibles.
Represalias sin “líneas rojas”
Bruselas, al menos, no se quedará de brazos cruzados. La Comisión Europea prepara una batería de represalias sin “líneas rojas”: desde aranceles espejo hasta el uso del instrumento anticoerción, que podría excluir a empresas estadounidenses del acceso a licitaciones y fondos comunitarios. La defensa del mercado europeo será firme, aunque la escalada no beneficiará a nadie. Todos perderán, salvo quizá los halcones de la Casa Blanca que se alimentan del caos y el nacionalismo económico.
Lo más preocupante de todo este episodio no es solo el daño comercial que puede infligirse a corto plazo. Es el mensaje que lanza Trump al mundo: la política exterior, también la económica, se regirá por impulsos personales, fantasías revisionistas y una absoluta falta de previsión. Convertir una guerra comercial en día festivo es un delirio impropio de una democracia madura. Que esta amenaza provenga del que aún pretende ser líder del mundo libre debería encender todas las alarmas.
Trump quiere que el miércoles 2 de abril quede en los libros de historia. Es posible que lo consiga. Pero no como un día de liberación, sino como el momento en que la temeridad de un solo hombre desestabilizó el sistema comercial internacional con consecuencias que aún están por escribirse. @mundiario