Los soberanismos periféricos frenarán a la extrema derecha británcia de Farage
El próximo 7 de mayo de 2026, Escocia y Gales celebrarán sus respectivas elecciones nacionales para elegir sus Parlamentos, al igual que el territorio de Irlanda del Norte elegirá el suyo. Esta primavera asistiremos a una jornada que no será una mera cita con las urnas, sino una auténtica prueba de resistencia de las democracias plurinacionales frente a la pulsión de un autoritarismo recentralizador que, bajo el disfraz del «populismo de calle», amenaza con romper las costuras institucionales del Reino Unido. La irrupción de Reform UK, la marca electoral de Nigel Farage, en las elecciones territoriales de Gales, Escocia e Irlanda del Norte no debe leerse como un fenómeno aislado, sino como el síntoma de una desafección profunda que las opciones soberanistas están llamadas a canalizar hacia parámetros de radicalidad democrática frente al supremacismo excluyente de Farage.
En Gales, la situación adquiere una relevancia singular. Los nacionalistas del Plaid Cymru, liderados por Rhun ap Iorwerth, han conseguido lo que parecía una quimera: situar el debate no ya en el terreno de la identidad simbólica, sino en el de la gestión alternativa frente al agotamiento de un laborismo galés que, tras décadas de hegemonía, muestra claros signos de desgaste. Varias encuestas sitúan al soberanismo galés por encima del 35 %, convirtiéndolo en el principal muro de contención frente a Reform UK, que busca captar el descontento de las zonas posindustriales. El Plaid Cymru actúa aquí como un «soberanismo del bienestar», oponiendo a la retórica divisiva de Farage un proyecto de reconstrucción de los servicios públicos y una soberanía fiscal que evite que Gales sea el patio trasero de un Westminster a la deriva.
Por su parte, en Escocia el Scottish National Party (SNP), encabezado por el first minister John Swinney, a quien las encuestas sitúan como primera fuerza y a pocos escaños de la mayoría absoluta —aprovechando la caída de los laboristas—, afronta el reto de blindar el Parlamento de Holyrood frente a la penetración de una derecha radical que niega, por definición, la propia existencia de la nación escocesa. Aunque el SNP atraviesa un período de redefinición estratégica tras la era Sturgeon, su fortaleza reside en la identificación de la institución parlamentaria con la voluntad de autogobierno. El autoritarismo de Farage, que propugna una suerte de «centralismo panbritánico» sin matices, choca frontalmente con la cultura política escocesa, mucho más cercana al contrato social europeo.
Los soberanistas escoceses deberán, por tanto, vincular continuamente en su discurso los valores de la independencia y de la reintegración en la Unión Europea con el bienestar económico, especialmente en la disputa por el voto de los sectores obreros que históricamente apoyaron al laborismo y a los que ahora se dirige el discurso extremista de Farage. En el horizonte, a medio plazo, se sitúa la reclamación de un segundo referéndum de independencia (indyref2) si las fuerzas pro autodeterminación —SNP, verdes y la escisión soberanista Alba— alcanzan una mayoría absoluta en Holyrood.
Más complejo aún es el escenario en Irlanda del Norte. Allí, el Sinn Féin de Michelle O’Neill tiene ante sí la responsabilidad de mantener la estabilidad de unas instituciones de poder compartido que el discurso de Reform UK —alineado con el unionismo más extremo— amenaza con dinamitar. El Sinn Féin, hoy partido de gobierno y primera fuerza, actúa como garante de una nueva normalidad en la que el autoritarismo de corte populista no tiene cabida. Su estrategia de «pragmatismo republicano» pretende neutralizar a Farage centrando la agenda en la vivienda y la sanidad, demostrando que la unidad de la isla se construye desde la eficacia y no desde el conflicto estéril que el líder de Reform UK intenta promover en cada intervención. A medio plazo aparece también la posibilidad de un referéndum de integración de Irlanda del Norte en la República de Irlanda, conforme a lo previsto en los Acuerdos de Viernes Santo de 1998.
La continuada caída de conservadores y laboristas, la progresión de Reform UK y la fortaleza relativa de los soberanistas galeses, escoceses e irlandeses permiten prever que el dique de las naciones podría frenar a la extrema derecha de Farage el próximo mayo. Si no lo hacen los soberanistas, difícilmente habrá quien la detenga. @mundiario