Sánchez se juega la estabilidad al decidir si lanza sus Presupuestos

Ilustración de Pedro Sánchez. / Mundiario
Más allá de su dimensión económica, las cuentas públicas representan un test de fortaleza parlamentaria y de capacidad para mantener cohesionada una mayoría cada vez más compleja.

La posibilidad de que Sánchez presente los Presupuestos Generales del Estado depende, ante todo, de la aritmética parlamentaria y del clima político que atraviese la legislatura. En España, ningún gobierno puede permitirse presentar unas cuentas públicas sin tener asegurado un mínimo de apoyos, porque una derrota presupuestaria no solo supone un revés político, sino que puede interpretarse como una pérdida de confianza parlamentaria.

Por eso, antes de mover ficha, el Ejecutivo suele tantear discretamente a sus socios potenciales, medir sus exigencias y evaluar si el coste político de satisfacerlas es asumible. Otro elemento clave es el cálculo estratégico del propio Gobierno. Presentar unos Presupuestos puede ser una forma de reforzar la iniciativa política, marcar agenda y proyectar estabilidad. En un contexto de incertidumbre económica o de presión social, unas cuentas nuevas permiten al Ejecutivo mostrar capacidad de acción y orientar el debate hacia sus prioridades.

Sin embargo, también puede ocurrir lo contrario: que el Gobierno considere que unas prórrogas presupuestarias le ofrecen más margen, menos exposición y menos necesidad de negociar concesiones que podrían resultar impopulares entre parte de su electorado. La prórroga no es ideal, pero tampoco es excepcional en España, y algunos gobiernos la han utilizado como herramienta para evitar conflictos internos o externos.

La situación interna del PSOE y del propio Sánchez también influye. Un presidente que se siente fuerte dentro de su partido, que percibe cohesión y respaldo, tiende a asumir más riesgos y a buscar acuerdos amplios. En cambio, si detecta tensiones internas, desgaste mediático o un clima adverso, puede optar por una estrategia más defensiva, en la que presentar Presupuestos se perciba como un movimiento demasiado arriesgado. La política española es especialmente sensible al clima emocional del momento: un escándalo, una crisis territorial o un giro brusco en la opinión pública pueden alterar por completo los tiempos previstos.

Por último, hay un factor que siempre pesa: el horizonte electoral. Si el Gobierno percibe que presentar Presupuestos puede mejorar su posición de cara a futuras elecciones, es más probable que lo intente. Si, por el contrario, teme que el proceso exponga divisiones, desgaste o tensiones, puede preferir evitarlo. En política, los tiempos lo son todo, y un movimiento que hoy parece razonable puede no serlo dentro de unos meses.

En el escenario político actual, preguntarse si Sánchez presentará los Presupuestos no es solo razonable, sino casi inevitable, porque la legislatura ha entrado en una fase en la que cada movimiento presupuestario es también un movimiento de supervivencia política y de relato.

El Gobierno quiere proyectar la imagen de que trabaja por unas nuevas cuentas, pero se topa con un bloque de rechazo en el que coinciden PP, Vox y Junts, más abstenciones tácticas de otros actores, lo que convierte cada votación en un examen de resistencia y de capacidad de negociación. En paralelo, Sánchez insiste en que la legislatura dura cuatro años y repite que gobernará hasta 2027, descartando adelantos electorales y presentando los Presupuestos como una pieza más de su narrativa de estabilidad: un Gobierno en minoría que “se gana las mayorías cada día” y que, pese al ruido, mantiene el rumbo gracias a los datos económicos y al despliegue de los fondos europeos, que el propio presidente presenta casi como unos “presupuestos paralelos” capaces de sostener la agenda de inversión y cohesión aunque las cuentas estatales sigan prorrogadas.

Esa narrativa choca con la realidad de la aritmética. En este contexto, presentar Presupuestos se convierte en una apuesta de alto riesgo, pero también de alto rendimiento potencial: si Sánchez logra articular una mayoría suficiente, podría exhibir la aprobación de las cuentas como prueba de que, pese a las derrotas parciales (como la senda de estabilidad) y a la bronca permanente, el Gobierno sigue mandando en la agenda.

Desde un punto de vista estrictamente político, es razonable pensar que Sánchez acabará registrando el proyecto de Presupuestos para 2026, porque le permite mantener la iniciativa, ofrecer a sus socios un campo concreto de intercambio (inversiones, partidas territoriales, políticas sociales) y, en el peor de los casos, trasladar a otros la responsabilidad de un eventual bloqueo.

También es razonable anticipar que lo hará solo cuando tenga la sensación de que el relato está preparado: que puede presentarlos como unas cuentas sociales, alineadas con la recuperación económica y con las exigencias europeas, y que, si se caen, la opinión pública percibirá que ha sido por la negativa de otros y no por falta de voluntad del Gobierno. En el escenario político concreto de hoy, lo más verosímil es que Sánchez sí presente los Presupuestos, pero lo hará tarde, muy calculado y con la vista puesta no solo en la votación final, sino en cómo cada paso de la negociación reconfigura el mapa de aliados y adversarios de aquí a 2027. @mundiario