La revolución de la oligarquía contra los Estados
¿Qué será de los ciudadanos, de sus libertades y derechos, si desaparecieran los Estados sociales y de derecho?
En este momento histórico que nos ha tocado vivir, una poderosa oligarquía ha tomado la iniciativa de impulsar una revolución ideológica y pasar a la acción. Los Estados sociales y de derecho, junto con el orden internacional, tal como los conocemos hoy están en riesgo. Para esta élite, el éxito económico y la acumulación de riqueza no han sido suficientes; su verdadero objetivo es la conquista del poder: el poder sobre las personas. Para alcanzar este objetivo sólo hay un obstáculo: los Estados y los espíritus libres.
Los Estados sociales y sus instituciones son ante todo un contrapoder que tienen como finalidad la de garantizar la igualdad de oportunidades de los ciudadanos con independencia de su situación económica y social. Deberían actuar contra la concentración de poder y promover la redistribución de riqueza en una sociedad capitalista y de mercado, asegurando el bienestar de la mayoría. Además, establecen leyes y orden y cuentan con instituciones independientes para garantizar su cumplimiento, incluyendo el control sobre sus propios gobernantes.
Tras la Segunda Guerra Mundial, las democracias occidentales lograron el mayor período de prosperidad, paz y bienestar. Durante décadas, los ciudadanos no cuestionaron este modelo. Sin embargo, el deterioro de las clases políticas y su falta de liderazgo, agravado por casos de corrupción y el uso arbitrario de las instituciones, ha generado desafección y falta de identificación de una parte de la sociedad con un proyecto común. La confrontación política, aunque legítima, ha derivado en ocasiones en falta de respeto hacia personas, instituciones y los propios pilares de la convivencia.
En los últimos años han surgido movimientos de forma sincrónica en diversos países que cuestionan el Estado social y de derecho, proponiendo reducir su poder, adelgazarlo, recortar presupuestos, desregular normas y desmantelar el marco de relaciones internacionales. Justifican sus propuestas presentando un panorama, no siempre basado en datos, de caos social, crisis económica, inseguridad y falta de futuro. Aunque inicialmente catalogados como reaccionarios o ultras minoritarios, a inicios de 2025, con la toma de posesión del presidente Trump, se reveló que forman parte de un movimiento global coordinado y respaldado por una oligarquía determinada.
Somos espectadores de la expansión de una nueva ideología, el despliegue de un conjunto de ideas que están en contra de lo que hasta el momento habíamos pactado como paradigmas de convivencia. Una nueva ideología, que, si bien comparte rasgos con otras ideologías como la del nacionalismo, militarismo, individualismo, supremacismo y racismo, también tiene sus aportaciones originales: el rechazo a las estructuras de Estado, al humanismo, al racionalismo y se enmarca en el negacionismo científico. Siempre que surge una nueva ideología, cómo señala Zeev Sternhell en su libro “El nacimiento de la ideología fascista”, hay una fase de promoción de las ideas, donde se van promocionando un conjunto de ideas que van en contra de lo establecido, e inevitablemente se siguen de acciones. Algunas de estas acciones ya las hemos sufrido, las guerras de Ucrania y Gaza, en esencia son guerras de nación y raza, de nacionalismo y racismo, que han roto casi por completo el orden internacional.
En esta nueva revolución ideológica, la emoción, la pasión y la burla relegan a un segundo plano la veracidad, el razonamiento y la lógica. Este movimiento canaliza frustraciones populares a través de canales digitales que fusionan entretenimiento e ideología. Un hecho inédito es que la frustración de la población desfavorecida, que históricamente se había dirigido contra los poderosos en momentos como la revolución gloriosa (1688), la revolución francesa (1789) o la revolución rusa (1917), ahora es impulsada por los propios poderosos: una revolución de la oligarquía contra las estructuras de Estado. No se trata de una lucha de clases, sino de que quienes ya poseen gran poder buscan concentrarlo todo en sus manos.
Curiosamente esta joven oligarquía de multimillonarios se ha desarrollado y favorecido en el seno de las democracias liberarles occidentales con sus leyes e instituciones que ahora cuestionan. Unas pocas personas han acumulado una cantidad creciente de capital, mayor que la riqueza de muchos estados, gracias a movimientos financieros, innovaciones tecnológicas y crear grandes monopolios. Personas individuales que concentran un poder económico, equiparable en la historia al que tuvieron emperadores, reyes y emires. Como Wilson señalaba en 1913 en su libro “The New Freedom”: “si un monopolio persiste siempre querrá sentarse en el timón del gobierno. No espero ver que el monopolio se limite a sí mismo. Si hay hombres en este país lo suficientemente grandes para poseer el gobierno de Estados Unidos, lo van a poseer”.
El objetivo de esta revolución de la oligarquía no es conquistar más derechos o libertades para todos, sino desmantelar el Estado y concentrar todos los poderes. Una élite económica enfrentada a los Estados abiertos, plurales e inclusivos, buscando el poder sobre las personas.
Surgen muchas preguntas sobre la sociedad que se propone y algunas respuestas teñidas de un matiz distópico.
¿Harán los oligarcas más por las personas que los Estados?
¿Velarán por el acceso a una educación y sanidad de calidad?
¿Crearán sistemas de protección social para quienes no son productivos?
¿Fomentarán que otros puedan desarrollar negocios e innovaciones que compitan con los suyos?
Para responder a estas preguntas, podríamos extrapolar a partir de sus antecedentes: sus personalidades y valores, los orígenes de sus fortunas, decisiones previas, el crecimiento exponencial de su riqueza, las condiciones laborales en las fábricas donde se producen sus componentes, su sensibilidad hacia los efectos de sus plataformas sociales en la salud mental, el impacto de sus modelos en el comercio local, y su preocupación por las personas desfavorecidas y su compromiso social, la sostenibilidad y el ecosistema del planeta.
¿Qué será de los ciudadanos, de sus libertades y derechos, si desaparecieran los Estados sociales y de derecho?
Como señala Daron Acemoglu, los estados dominados por oligopolios generan un ciclo de sistemas extractivos y fracasan. Esto no es nuevo en la historia: ya han caído democracias, han existido plutocracias y Estados gobernados por oligarcas, todos fueron o son tiránicos. Todos, tarde o temprano, cayeron o caerán.
Lo esperanzador, como señalaba Stefan Zweig, es que la historia es un constante flujo y reflujo, un eterno subir y bajar. Nunca un derecho se ha ganado para siempre, pero tampoco ha existido época tan bárbara ni tiranía tan sistemática que no haya sido abatida por espíritus independientes y libres. @mundiario