¿Respetar a un dictador destronado?

Ilustración relativa a la dictadura. / Pixabay
Tratar a los demás como quieras que te traten a ti, esa era su religión. / Relato

Wilson era uno de los carceleros de aquel odiado dictador nicaragüense que se había mantenido durante décadas en la Presidencia de la República, tantas que, al final, su propio ejército lo conminó a que dejase el gobierno. Al igual que en la “revolución de los claveles”, un puñado de audaces capitanes, hartos de vigilar a la población para que el sátrapa se mantuviera en el poder, se sublevó y lo apresó. Después se formó un gobierno de unidad nacional que convocó elecciones. La represión había acabado con la vida de centenares de personas y había condenado al exilio a cientos de miles. El responsable de aquel desaguisado estaba a la espera de juicio y parecía difícil que se librase de la cadena perpetua.

Los encargados de la vigilancia del prisionero sentían repulsión por aquel tipo que había arruinado Nicaragua. No lo maltrataban, eso estaba prohibido, las cosas habían cambiado mucho y ahora se respetaban los derechos humanos, pero se limitaban a cumplir estrictamente con sus obligaciones: entregarle el cuenco con el alimento diario, acompañarle a los aseos cuando lo requería, conducirle al patio a estirar las piernas en las horas de paseo… Más allá de eso, ni le dirigían la palabra.

Excepto Wilson. Él le daba los buenos días todas las mañanas, le preguntaba por los nietos cuando recibía visitas familiares, le comentaba las noticias deportivas e, incluso, cuando el preso solicitaba algo que le hiciera más llevadero el encierro -un libro, papel para escribir, un paquete de cigarrillos, una frazada extra…- no dudaba en conseguírselo. Al atardecer, una vez finalizado el recuento de presos, Wilson le deseaba las buenas noches antes de retirarse.

En una ocasión estallaron disturbios y un grupo algo exaltado se congregó ante la cárcel. Era gente cercana a quienes habían sufrido la persecución del dictador y familiares de asesinados a balazos por los paramilitares que comandaba aquel sujeto. Cuando parecía que iban a tomarse la prisión, y después la justicia por su mano, Wilson no lo dudó: esposó al rufián y lo condujo a una celda donde reinaba una oscuridad total. Echó el cerrojo y le pidió que se mantuviera tumbado en una esquina y en silencio. Allí nadie lo encontraría.

Wilson siguió tratando con humanidad al preso hasta que se celebró el juicio. Después lo acompañó al furgón en que sería trasladado al lugar donde pasaría confinado el resto de su vida. Le tendió la mano y le deseo buena suerte. Dos policías lo escoltaban.

El dictador tuvo el detalle de agradecerle el trato que había recibido aquellos meses. “Adivino que vos simpatizabas con mi gobierno”, le expresó en voz baja.

Wilson era lo último que esperaba escuchar. Las ideas del dictador y las maldades cometidas le parecían abominables. Aquel régimen, que dejaba un país destrozado, había condenado a la pobreza y al sufrimiento a un enorme porcentaje de la población, incluidas algunas personas de su familia. Le parecía justo que permaneciera encerrado toda su vida. Wilson negó que simpatizase con su gobierno.

- Entonces, ¿por qué me has tratado con tanta amabilidad? El dictador era incapaz de comprenderlo.

Los policías lo apuraron. Tenía que subirse al furgón. Ellos lo acompañarían a su nueva morada.

El funcionario de prisiones había pensado no pocas veces en la razón de tratar a los presos con respeto. En realidad, había varias. Estaba convencido de que lo más grande que puede hacer un ser humano es ayudar a los demás, pero ¿cómo explicar ese sentimiento a alguien que a lo largo de su vida no había dudado en perjudicar al prójimo? También sentía compasión, pero, ¿cómo explicar lo que era eso a un individuo que jamás la habría sentido?

En aquellos instantes, Wilson simplemente le expresó que le debía el mismo respeto que a cualquier ser humano. Pero el dictador, antes de que cerrasen la puerta del vehículo, lanzó otra pregunta. Quería entender lo que le resultaba inexplicable.

- ¿Por qué? ¿Acaso te lo manda tu religión?

El blindado arrancó y a Wilson no le dio tiempo a responder. Caminó en silencio hacia el barracón que había alojado durante aquellos meses al tirano. Tenía que comprobar que todo quedaba en orden.

--oOo--

No era la primera vez que, al conocer su trato a los presos, alguno de sus compañeros le había preguntado por su religión. A pesar de tratarse de servidores públicos que debían observar esa conducta respetuosa, más de uno le echó en cara que se pasaba de bueno. Sobre todo con el infame.

“Si irrespetamos a los presos acabaremos pareciéndonos a ellos. Eso es todo”, había afirmado él. No hacían falta más explicaciones; todas eran la misma: tratar a los demás como quieras que te traten a ti, incluso a personas que han cometido actos deleznables. Esa era su religión, esa era su filosofía. Patricia, una funcionaria recién llegada, de la edad de su hija, asentía. “Totalmente de acuerdo”, dijo.

En las tardes Wilson recogía a su nieta en la escuela. Deseó que todos los seres humanos fueran felices y no padecieran sufrimiento; todos, y especialmente aquellos privados de libertad, por muy merecido que fuese su encarcelamiento. Pensó en Patricia. El respeto en aquella prisión se mantendría. Una sonrisa aún más luminosa afloró en sus labios cuando vio a la nieta correr hacia él. @mundiario