República y soberanía

Evocación de la República. / RR.SS.
Evocación de la República. / RR.SS.
En nuestra Constitución la figura del rey no es más que un rehén que se le cede a los llamados poderes fácticos para que nos dejen tener la fiesta en paz.

En esta España nuestra, que no tuvo una auténtica revolución burguesa, ni industrial, más que a trozos, y en diferido, la aspiración a la República se ha convertido históricamente en la bandera de los ideales de la Libertad y de la Soberanía. La monarquía, por el contrario, se ha asociado siempre con la concepción retrógrada del poder aristocrático y su cadena de imitadores en segundo y tercer grado: el concepto de “hidalgos”, tan extendido en nuestra historia, como una plaga de parásitos que conciben el trabajo, la innovación y hasta el progreso como una labor innoble. El mismo adjetivo esconde un subconsciente que delata un concepto arcaico de una sociedad dividida en “señores y siervos”.

El ideal de la República expresa un ansia de soberanía, de que el poder resida en la voluntad de los ciudadanos, y no en una herencia metafísicamente divina, trasmitida por vía familiar y sustentada en el apoyo de un puñado de poderosos privilegiados, que pretenden perpetuar su poder -y su poderío- en una aristocracia que, a fuer de un permanente intento de cegar las vías para que el conocimiento, la cultura y el saber no llegara a las clases populares, se convirtió en ignorante, supersticiosa y tirana.

Tuvimos en 1978 la ocasión de haber construido una Constitución claramente republicana. Pero no se daban las circunstancias, porque el peso de esa Historia oscurantista y zafia, reforzada por la rebelión fascista contra el intento soberano y democrático de la II República, y por su perpetuación a lo largo de casi medio siglo de dictadura, hacía que la existencia de un monarca se convirtiera en el supersticioso talismán para que quienes sostenían los sables, y quienes manipulaban el poder económico, transigieran con la apertura de una vía hacia la Democracia.

Sin embargo, nuestra Constitución consagra el hecho de haber acabado con herencias divinas del poder, al dejar sentado que éste reside en la Soberanía del pueblo. Si probamos a hacer el ejercicio de eliminar de nuestra Constitución todo lo que tiene que ver con la existencia de la monarquía, podremos descubrir que no altera en absoluto su esencia ni el funcionamiento del Estado de Derecho que proclama. Porque en nuestra Constitución la figura del rey no es más que un rehén que se le cede a esos llamados poderes fácticos para que nos dejen tener la fiesta en paz. O si no, que se lo pregunten a la memoria de Adolfo Suárez, que fue la víctima de ese malabarismo histórico, que tuvo la valentía de defender hasta su último acto político-institucional frente al chusco, aunque trágico, intento de golpe de Estado.

Hoy se celebra el 93 aniversario de la proclamación de nuestra II República. Y lo hacemos bajo los auspicios de una sólida Constitución que consagra la Soberanía popular como única fuente de poder. Aunque no podemos bajar la guardia, porque existen sectores que pretenden socavar esa soberanía y sus mecanismos de funcionamiento, a base de adulterar el adecuado desenvolvimiento de las instituciones democráticas y de impedir que éstas marchen de manera adecuada. Y frente a ello, no tenemos más remedio que afianzar el auténtico espíritu republicano. @mundiario

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