Una república en manos de una hereditaria dinastía Jameneí
Perdida toda esperanza de poder acudir a unas urnas, en una jornada electoral, para elegir a gobiernos de los mejores, todo se reduce a domingos haciendo cola con papeletas en las manos y la resignación de elegir a los gobiernos menos malos. El genuino espíritu de la democracia, que convoca a los pueblos a la legítima aspiración de progresar adecuadamente en la eterna asignatura pendiente de conquistar la mejor vida posible colectiva, se va desvaneciendo en la historia entre odios en la entrañas, narco-cainismos inducidos, emotivos slogans preelectorales con inminentes fechas de caducidad y rebaños humanos que nunca llegan a unos u otros de esos lados correctos de la historia, je, que a mis escasas luces, por un camino u otro, nos conducen a mataderos de almas que se apagan legislatura tras legislatura.
No es de extrañar que la IA, inteligencia artificial, se abra camino en esta era de la humanidad tan necesitada de que, otro Saramago, escribiese una versión actualizada de su Ensayo sobre la ceguera. Porque, francamente, ladies and Gentlemen, la epidemia de cataratas que se extiende entre los pobladores del planeta, ya no nos permite ver un canalla, un loco, un asesino en serie, un farsante disfrazado de Moisés, un narco-ideólogo, un potencial aprieta-botones nucleares, un sumiso aprieta-botones parlamentario, legiones de necios conjurados o epidemias galopantes de burros a dos pasos.
¡Anda que no le ha costado a la humanidad peregrinar hasta las puertas de la tierra prometida de la democracia, oye, para llegar a convertirla, en tan corto espacio de tiempo, en tierra quemada! Ya no es la panacea que permitía soñar con los gobiernos de los pueblos, por los pueblos y para los pueblos, sino la disculpa que permite a tiranos camuflados, a cortesanos miserables, a roba-gallinas desplazándose en coches oficiales, a esclavas y esclavos legisladores (¡hecha la ley, hecha la trampa!), alcanzando la inmunidad y aspirando al escaño y la nómina vitalicia, caiga quien caiga y caiga lo que caiga. Es tal la decadencia a la que están llegando los elegidos y la desidia, el corporativismo, el tribalismo ideológico, el seguidismo de los llamados soberanos electores, que aquella grandilocuente definición de Churchill en referencia a la democracia: El peor de los sistemas de gobierno diseñado por el hombre, a excepción de todos los demás, sería ahora todo un éxito en un Club de la Comedia con monologuistas, con el respetable público llorando de risa, a excepción de un reducido grupo de espectadores llorando de pena.
¿Qué coño nos está pasando a los ciudadanos del mundo, en pleno siglo XXI, para dejar que sucesivos y desaprensivos okupas de timadores de todo tipo de ideologías, sistemas de gobierno, dioses, se vayan instalando en Casas Blancas, Elíseos, Sedes de la UE, Kremlins, Números 10 de Downing Setreet , Moncloas, haciendo de sus capas progresistas o conservadoras un sayo? Estos días, por ejemplo, lo flipo talmente con un planeta en el que, en España, por ejemplo, en su calidad constitucional de monarquía hereditaria parlamentaria (reinar pero no gobernar), una parte del personal, sus razones tendrán, está que trina. Y, sin embargo, ni la mínima alusión a esa República Islámica de Irán, en apuros, y ese anatema de su jefatura de Estado hereditaria (o sea, de la dinastía Jameneí), cuyo peculiar titular va a reinar, va a gobernar y va a hacer con sus súbditos lo que le pase por los mismísimos a imagen y semejanza de los monarcas absolutos.
Comprenderán ustedes mi personal e intransferible impresión de que este mundo está loco, loco, loco… @mundiario