Reprobaciones inocuas versus soberanía popular
Al principio fue lo de Franco, nunca sabremos si todavía vivo o ya en el otro mundo, como una réplica del Cid ante Valencia intentando alargar, con su hipotético cadáver, la supervivencia del Régimen de tan infausto recuerdo. Hasta que un tal Arias Navarro, ante Dios, la historia y las cámaras de la televisión pública, se asomó a nuestras casas a través de las pantallas y nos anunció urbi el orbi, conteniendo las lágrimas por tan irreparable pérdida, para él, claro: ¡Españoles…Franco ha muerto!
Y todo aconteció después a mas velocidad de lo esperado: se coronó a un Rey, se le coló a la nomenklatura nostálgica una especie de Lamine Yamal llamado Suárez, Isidoro de Suresnes empezó a llamarse Felipe González, Carrillo se pudo deshacer por fin de la peluca, se legalizó al Partido Comunista, asistimos a la apertura de unas Cortes Constituyentes, estrenamos por fin una Cortes Constituidas, volvimos a gritar un ¡viva una nueva Pepa! y creo que, a pesar de hijos de la ira de un tal Blas Piñar y agitadores de árboles del norte y cínicos que recogían las nueces, en aquella Patria que no ha descrito Fernando Aramburu, la noche vieja de 1978 no brindamos por un año nuevo, sino por una vida nueva.
Ahora, 48 años después, caminamos por un bulevar de los sueños rotos, de los derechos torcidos, de los timos de la estampita democráticos, de esa trinidad devaluada en la que ya no hay tres poderes distintos e independientes ni una única Constitución verdadera. Ahora, verás, la democracia española es un enorme decorado de cartón piedra en el que estamos representando una opera bufa con 49 millones de a-demócratas afónicos, con la imprescindible ayuda del play-back mediático, digital, tertuliano, demoscópico y CISmático.
¿Qué nos ha pasado? ¿Qué hemos hecho o qué estamos dejando hacer las españolas y españoles para merecernos esto? Mismamente, ayer, se reprobaba en el Congreso a la Ministra de Igualdad, una reprobación más de señoras y señores con cartera de las muchas que se han producido en anteriores legislaturas con distintas y distantes mayorías ideológicas. Y, sin embargo, esta señora, como las muchas y muchos que la han antecedido en tantas legislaturas pasando ese mal trago, se ha ido de rositas en su coche oficial a su despacho, no sé si cariacontecida o rumiando para sus adentros: ¡me la suda! ¡Toma y a mí, y al de la gorra, si un artículo como el 108 nos permitiese ser reprobados, en cualquier materia administrativa, sin ningún tipo de consecuencias.
Y de eso va hoy esta humilde reflexión sobre el discreto desencanto de la democracia. Ahí en el Congreso, para lo que les conviene a sus señorías, son los representantes de la sagrada soberanía del pueblo. ¡Ah!, pero cuando no les conviene, no les va bien, si nos han visto, si les hemos votado, no se acuerdan. Le recuerdo a la señora ministra de Igualdad, a todas y todos los que le han antecedido en una reprobación, que no son sus colegas de escaño los que, en una sesión de reprobación en el foso del circo parlamentario, deciden con sus dedos pulgares, en modo césares, su suerte como cargo público, sino una mayoría de eso a la que tantas veces apelan y tantas veces ignoran, bajo el cínico epígrafe de la soberanía popular. @mundiario