¡Que un Zeus no vuelva a raptar a Europa!
En su sabiduría, es que confía mucho en su convincente lengua, en su eficacia diplomática (esa que ha contribuido a detener diluvios de misiles en Gaza o la obsesión de Putin con Ucrania) y muy poco en la estrategia de muchos de sus colegas europeos, ¡incautos, que son unos incautos, hombre!, desplegando ahora soldaditos de plomo en esa tundra que, curiosamente, está provocando una nueva y amenazante versión de calentamiento global.
Este hombre, que va del más listo de la clase en resolución de asuntos planetarios, no se ha enterado de que la moneda de cambio que cotiza en Bolsa, en este nuevo mundo que está loco, loco, loco, es el misil, el dron, la tecnología punta en inteligencia y, ya, entre países incluidos en una supuesta lista Forbes por número de cabezas nucleares, el dichoso botón ese que lo puede mandar todo al carajo, con perdón.
¡Allá usted, señor Albares, si se acuesta por las noches convencido de que, sus palabras, sus silencios, su proverbial manejo de la diplomacia, dejan temblando de miedo a un Trump, un Jamenei, un Netanyahu, un Putin o cualquiera de esos señores que usan el llamado emotivamente derecho internacional como papel higiénico!
La cruda realidad es que la historia nos ha enseñado lo difícil que es evitar conflictos bélicos con palabras, con encuentros, incluso con acuerdos rubricados que luego se convierten en papel mojado. Chamberlain, por ejemplo, regresó de Munich en loor de multitudes, con un compromiso de paz, con la firma de Hitler, con la más inmediata de las fechas de caducidad conocidas. Los señores como esos, que de vez en cuando surgen para desgracia de la humanidad, es lo que tienen, oye, que se lo pasan todo por donde las espaldas pierden sus nobles nombres, y empieza a ser conveniente, incluso imprescindible, tener a mano un titular de Asuntos Exteriores (esa voz de su amo) mucho menos pendiente de los Asuntos Interiores.
Claro que la diplomacia ha vivido tiempos felices, tras los dramáticos recuentos de bajas y de grandes y pequeñas ciudades devastadas al final de la II Guerra Mundial. Claro que la humanidad se tomó en serio a la ONU, cuando a la ONU se la podía tomar en serio. Pero hemos pasado de la guerra fría a las guerras calientes, de los sodados de paz a los soldados disuasorios, de los Albares con cartera diplomática a los Marcos Rubio con portaviones, CIAS y la cosa, y ya no es cuestión de mantenerse au desssus de la mêlée que ha montado el aspirante a okupa de Groenlandia, en una política de fresas sin NATO, sino de no permitir que otro Zeus, otra vez, rapte de nuevo a Europa.
Y mientras tanto, los españoles, con estos pelos; con islas, mucho más cálidas, Canarias, Las Baleares, Perejil, susceptibles de convertirse en oscuros objetos de deseo estratégico; con una Ministra de la Cosa, quieta hasta ver qué hace el Tío Sam con sus ahijados europeos de uniforme. Es lo que pasa cuando el pacifismo deja de ser un hermoso paradigma universal y se convierte en una calculada baza electoral para un Gobierno, un Presidente, que prefiere votos en mano que euroGestas volando. @mundiario