Puigdemont y el permanente regreso al pasado
Es altamente peligroso conducir mirando exclusivamente el retrovisor. Hasta para ser independentista es necesario ser creativo y disponer de una estrategia de largo alcance, porque sólo de esa manera tendrás la certeza de que los logros que consigas -aunque sean menores- te estarán haciendo ganar terreno. Incluso aunque sepas que el horizonte del independentismo es el horizonte más difícil (prácticamente imposible) de alcanzar en un Estado Democrático avanzado que, además, como es el caso de España, se encuentra protegido por un entorno -como el de la UE- que respeta, valora y fomenta la fortaleza e integridad de los Estados que lo componen.
Puigdemont, desde que lanzó su proclama de las condiciones que ponía para la amnistía y para su apoyo a la investidura, quizá envalentonado por disponer de los siete votos parlamentarios necesarios para construir una mayoría necesaria para crear gobierno, se dejó llevar de una euforia semejante a la de quien conduce dopado, y puso de relieve que su voluntad no está en mirar al futuro y en abrir su proyecto político a una creatividad innovadora, sino que conduce mirando solamente el retrovisor, y empecinándose en regresar a un pasado que ya no existe, y que le llevó a un estrepitoso fracaso político que a punto estuvo de generar una catástrofe para Cataluña.
Sí. Es un fracaso político haber pasado varios años movilizando a grandes masas de ciudadanos a favor de una alternativa para la que no has logrado poner los cimientos que la sustenten, y que se tiene que limitar a una mera declaración unilateral de independencia, cuyo mismo manifiesto de proclamación termina resolviendo la suspensión de lo que propugna. Puigdemont, y todos sus acompañantes en la aventura independentista, consideraron en 2017 que habían alcanzado el punto adecuado de acumulación dialéctica para dar un salto cualitativo histórico, y el que acabaron dando fue un salto al vacío sin opciones viables de futuro, que demostró una inmadurez histórica, política, económica y social cargada de irresponsabilidad y de impotencia.
En fin, aquello es el pasado, y afortunadamente se pudo reconducir, evitando lo que la derecha “patriótica” española pretendía, que era el aplastamiento de un Pueblo como el catalán: porque la estrategia de Rajoy y de los restantes sectores de la derecha, como Ciudadanos, por ejemplo, no pasaba de tratar de achantar, y hasta de aplastar, a un territorio español, como Cataluña, por la vía de convertirlo en una especie de territorio extranjero sometido, ninguneado y desacreditado. Afortunadamente cayó también Rajoy, por méritos propios, y se logró establecer una vía de diálogo dentro de Cataluña, y de Cataluña con el resto de España, que minimizara los daños que desde el independentismo y desde el nacionalismo centralista se habían infligido a Cataluña.
Así como otros sectores independentistas supieron leer la Historia, y a pesar de intentar mantener el tipo ante sus seguidores y de continuar proclamándose independentistas, entendieron que no había otro camino que intentar la política de las cosas, y abrir el diálogo para lograr conquistas económicas, sociales y políticas que les permitieran mantenerse a flote y que les posibilitaran iniciar un camino de más largo alcance, en el que están otros independentistas, como los vascos por ejemplo, Puigdemont no parece haber entendido nada. Y se mantiene en planteamientos maximalistas y al margen del más elemental realismo, y se confunde, pensando que la amnistía es su gran éxito desde el que puede dar el salto mortal a la autodeterminación. Por eso afronta -lo ha demostrado en la proclama de su candidatura desde Francia- las elecciones autonómicas como la llamada a la lucha final.
De hecho, no ha entendido nada de lo que ha ocurrido en estos años, mientras él ha pululado por Europa, al margen de la realidad cotidiana. No ha comprendido que los indultos, y posteriormente la propia amnistía, son medidas de gracia que ayudan al diálogo y que lo que muestran es una voluntad de trabajar por la reconciliación y por restañar todas las heridas que aún quedan en la sociedad: tanto en la sociedad catalana como en la del resto de España. No ha sido capaz de medir la hostilidad que aún queda en sectores de la sociedad española: hostilidad que tratan de fomentar y de ahondar las derechas “nacionales”, hasta el punto de que si a muchos les preguntas cuál es su identidad responderán que es la de ser anti-catalanes.
Por eso se plantea la vuelta a una Cataluña que no existe: a una Cataluña que concibe como un territorio aislado del resto de España. Un territorio en el que sin duda aún quedan partidarios de sus ideas de independencia, ajena a cualquier dato de realidad, nacional e internacional, pero que será incapaz de formar una mayoría capaz de hacer andar a Cataluña por la única senda por la que puede caminar: la negociación con el resto de España, la de lograr conquistas en esa negociación, pero siempre vinculadas a la cooperación y a la solidaridad con con el conjunto de territorios españoles.
Puigdemont y sus seguidores no se han percatado de que sus siete votos no son más que una estrella fugaz, en un momento determinado de la Historia, ante la que pueden pedir un deseo: pero tiene que ser un deseo realista, práctico, posible, y siempre vinculado al Estado, sólo a través del cual pueden ser Europa, y sólo a través del cual pueden mantener su economía, e incluso su personalidad. Frente a eso, las intervenciones de la diputada Nogueras, las insistentes declaraciones de Turull y las propias soflamas del ya candidato Puigdemont, suenan a una vuelta a un pasado ya demostrado como imposible, y -por desgracia- aportan poco a la construcción de una Cataluña inserta en una realidad ineludible.
Por eso suenan a rancios los vestigios de soberanismo en sus discursos, y a peligrosas las traducciones de esos vestigios en discursos anti-inmigración, que los acerca a la extrema derecha tanto catalana como española. Y demuestran un desconocimiento casi culpable de la propia Historia catalana del siglo XX y lo que va del XXI, que se ha fraguado en el aliento de la inmigración, que forjó las coordenadas de su progreso económico, y no poco las características de su configuración social. Por más que se empeñen los soberanistas, prácticamente las tres cuartas partes de los ocho millones de catalanes proceden, o están mestizados, en primera, segunda o tercera generación, de la inmigración, tanto española como internacional. De hecho es, junto con Madrid, la Comunidad más mestiza de España.
Las elecciones catalanas van a ser una prueba de fuego sobre la fugacidad de su buena estrella, no sólo por los votos y escaños que recojan, sino por la posterior gestión parlamentaria de lo que logren. La única esperanza que tienen las posiciones de Puigdemont y su gente es la del chantaje hacia otros sectores independentistas, compañeros de viaje en aquella masiva travesía del desierto a las que les forzó la política del Partido Popular. Y la ambigüedad de los Comunes, contaminados en cierta medida por el elitismo ideológico de la burguesía catalana, que se cuidó de guardar como oro en paño la llave de la cultura autóctona y el tarro de las esencias “patrias”.
Cataluña necesita más que nunca de una política realista que la pacifique internamente, que la equilibre socialmente, y que la armonice con el resto de España: porque no todo se basa en lo que produces y en lo que te deben, sino en cómo te insertas en un conjunto, cómo equilibras tu balance en ese conjunto, cómo eres capaz de interrelacionarte y lograr que se te valore en el intercambio. Y tras los traumas del pasado, del que aún quedan cicatrices a uno y otro lado del Ebro, la falta de realismo del partido de Puigdemont no parece aportar un esfuerzo positivo. Incluso aunque haya precipitado una medida, como la amnistía que, por muy problemática que sea y parezca, es un bálsamo importante para aliviar esas cicatrices y para construir un futuro del que -lo mismo que Feijoo y la extrema derecha- Puigdemont no parece percatarse. @mundiario