¿Le puede salir bien la jugada a Trump?

Donald Trump, presidente de Estados Unidos. / RR SS.

Se discute estas semanas si Estados Unidos es una superpotencia en decadencia. Históricamente, es posible que lo sea. Pero una o dos décadas son nada para la Historia. A Trump todo esto le puede salir bien.

Trump es un postfascista, pero ni él ni sus asesores son tontos. Hay muchas cosas que a Trump le salen bien, como hacerse multimillonario, okupar el partido republicano, ganar dos presidencias de la mayor potencia, y favorecer una ola mundial de ultraderecha por la que los jóvenes asocien ser rebeldes con ser postfascistas. Lo peor que podemos hacer es minusvalorar a Trump.

La estrategia de negociación que sigue es conocida y propia de los tiburones empresariales en los ambientes en los que Trump se desarrolló: pelotazos de la construcción, casinos… Antes de sentarse a negociar, lanza el órdago amenazante. Después, cualquier concesión que hagas como rival la considera como una rebaja de sus “legítimas” aspiraciones de máximos, y una conquista tuya, que pasas a recibir el trato de “amigo/a”: estar con él es bueno “para todos”; estar contra él, es el infierno. Por ejemplo, bajar ahora los aranceles extraordinarios que ha puesto a la UE sería una “conquista” de la UE, pero Trump va a presentar como innegociable varias de las medidas que ha tomado ya. Trump sabe que para muchos gobiernos europeos, sujetos a fuertes presiones internas, es difícil enfrentarse a la primera potencia mundial, y negocia sobre máximos, para luego ser “magnánimo”. Además, va a tratar de usar el “divide y vencerás”. Y su argumento básico es el del poder del más fuerte, sin escrúpulos. Por ejemplo, para Trump, los 62 mil muertos en Gaza son un daño colateral en una necesaria recalificación del territorio urbanizable para proyectos turísticos.

Trump apuesta por una estrategia económica arriesgada, que no tiene por qué salirle bien del todo, como que aumente mucho la instalación de empresas extranjeras en Estados Unidos, que bajen los tipos de interés allí, aunque la inflación aumentase, que se deprecie el dólar… Pero a un par de años vista le puede salir más o menos bien, y no solo juega estas cartas. Su agenda económica viene acompañada de una agenda militar y otra política. Juega en varias mesas del casino, incluyendo la moral, que toca fibras religiosas muy relevantes en la derecha estadounidense.

Estados Unidos tiene unas 550 bases militares fuera de su territorio, varias de ellas en Alemania, entre ellas la mayor del mundo. Además, es el principal financiador de la ONU y de la OTAN. Ahora la OTAN parece una asociación muerta, pero fue solo hace unos meses cuando Finlandia y Suecia rompieron su no-alineamiento para pedir la entrada en la OTAN, por miedo a Putin, el cual lleva en el poder desde 1999 e invadió Ucrania, un país fronterizo con la UE. Trump ha tenido relación con Rusia durante varias décadas, y ahora juega a dos bandas. Por un lado, se reparte con Putin áreas de intereses y territorios con minerales raros y, por el otro, se presenta como la única posibilidad de frenar a Putin. Adicionalmente, el objetivo de industrialización que tiene Trump es coherente con apoyar lo que Eisenhower llamó el “complejo industrial-militar”. Es política económica de la vieja escuela, la de Trump. Él y sus asesores lo revisten de un argumento de servicio público: “estamos siendo el gendarme del mundo y no nos pagáis por eso”. Es cierto que Estados Unidos sacó buen rédito de ese papel, pero también que para la UE era muy cómodo que Estados Unidos le defendiese. Mientras, alguna izquierda europea decía “no a la guerra” como toda apuesta estratégica, y criticaba a Josep Borrell por defender que Europa tenía que ser militarmente independiente. Los asesores de Trump saben todo eso, y también que la ultraderecha europea no es europeísta. Saben cómo poner en dificultades a los gobiernos europeos ante su opinión pública.

También está la agenda política internacional postfascista, y su guerra cultural. El que era el segundo de Trump, Steve Bannon, se pasó varios años construyendo lo que se puede llamar la Internacional Postfascista. Periódicamente, Trump reúne a todos los suyos. Asiste Santiago Abascal. No va Isabel Díaz Ayuso porque el PP no sabe qué hacer con ella (MAR-Aznar), pero esta iría encantada a dar premios a los allí reunidos, como hizo con Javier Milei. Actualmente, hay dos grupos de ultraderecha en el Parlamento Europeo y presiden ya varios gobiernos europeos. En Francia, la ultraderecha disputa la presidencia. En este mes de abril, por primera vez, una encuesta otorga mayor intención de voto a la ultraderecha alemana que al partido conservador. Trump está dispuesto a premiar a todos los que le sean fieles y tiene muchos fieles dispuestos a gobernar en Europa. Parte de la derecha europea, como el PP, sigue en el debate de querer competir con la ultraderecha, usando sus argumentos. Parte de esta agenda postfascistas implica el liderazgo de los millonarios, como Trump, y Musk, y el sometimiento del Estado a las grandes corporaciones que estos dirigen, en una suerte de “tecnofeudalismo”. Los grandes enemigos de esta “ilustración oscura”, o “neoreacción” (NRx), son el feminismo, la diversidad de género, el ecologismo, la atención a la discriminación racial, y la misma democracia. Y eso encuentra atención en muchos sectores de la población dolidos por los privilegios que vienen perdiendo y por una globalización salvaje que la misma derecha política potenció. El enemigo fácilmente visualizable son los emigrantes.

Claro, el gran reto de Trump es que sus decisiones hacen que los gobiernos que no sean de ultraderecha en el resto del mundo dejen de considerar a Estados Unidos como un socio fiable. Eso juega en contra de los intereses de Estados Unidos a largo plazo, de sus empresas y trabajadores. El mundo se coordina y reacciona, también con innovación tecnológica que compite con la de Estados Unidos. Así que no es tampoco fácil para Trump enfrentase al mundo entero. No digo que Trump haya calibrado todo esto, un narciso carismático no diseña escenarios con detalle. Es un dogmático que responde a su intuición y que se ha rodeado de gente muy ideologizada. Pero Trump y los suyos no son tontos. Saben que enfrentarse a todas las otras potencias mundiales tiene costes para Estados Unidos y para su propio liderazgo. ¿Creen que les puede salir bien?

Trump tiene una edad avanzada y sabe que para optar a un tercer mandato necesita reformar la Constitución (enmienda 22, año 1951). No es el momento ahora para especular sobre esta posibilidad. ¿Querrá Trump dar unos golpes de efecto tan contundentes que le permitan conseguir apoyos para cambiar la Constitución? ¿O su megalomanía se conformará con ser el hombre que cambió el orden mundial? Trump es un showman muy efectivo, domina muchos medios de comunicación, y sabe que la clave está en que muchos esperanzados norteamericanos perciban que los suyos están haciendo grande a América de nuevo. Eso les permitiría varias victorias en elecciones presidenciales, con distintos candidatos, para llevar a cabo el proyecto postfascista, su guerra cultural, y su autoritarismo.

No digo que vaya a triunfar. Digo que no se puede descartar que este plan pueda funcionar durante una o dos décadas oscuras. Si no lo consigue evitar el partido demócrata de Estados Unidos, el gobierno chino, y una fuerte apuesta europeísta por parte de los principales partidos europeos. @mundiario