Este presente se mueve entre crecientes maneras de desinformación

Una digitalización del Globo Terráqueo. / RR.SS

La autodeterminación de los humanos se complica con la cantidad de programas que promueven que no dejen de ser rebaño.

La novedad respecto a otras épocas -si es que hay alguna- reside en la conjunción rápida que la tecnología y la sobreinformación pueden generar en varios frentes. Es algo muy arraigado. En la antigüedad, Zeus o Júpiter y los dioses del Olimpo lo gobernaban todo, y nada se movía sin su determinación. Entre otras cosmogonías, más o menos míticas, en la judaica el gran conflicto originario del ser humano fue querer saber más; la pluralidad de divinidades causantes del bien y del mal los horrorizaba  y prefirieron un monoteísmo organizador del mundo, que los cristianos y musulmanes también siguieron para explicar la existencia humana y, con ese fondo estructural, construyeron una teoría armonizadora, integradora de diversos campos cognitivos, confesionales y políticos tuvo gran fuerza y, en el área habitualmente llamada Occidente, la hierofanía cristiana –con sus variantes- fue predominante durante gran parte de la historia posterior al siglo IV d.C.

En el transcurso del siglo XX, aparte de conflictos que prorrogaron en el primer tercio los que acarreaba la caída del Antiguo Régimen, esa “cultura de cristiandad” ha tenido una acogida variable. Las estadísticas de los sociólogos las han retratado y, en el caso español, sus mudanzas, incluidas las de confesiones no católicas, son especialmente significativas. Desde mucho antes de que en la CE78 se optara por un ambiguo “aconfesionalismo”, en este campo sociológico, los prácticas de los creyentes católicos han descendido ostensiblemente, mientras la matrícula en las clases de Religión y su relevante presencia en la enseñanza privada han generado desacuerdos sensibles a la pluralidad democrática. En ese contexto, es inteligible el afán por demostrar un retorno a “lo cristiano” que, en los últimos días, utilizan algunos medios aprovechando la coincidencia del estreno de la película Los domingos y la comercialización del álbum de Rosalía, Lux. Las afinidades entre “lo cristiano”, “lo religioso”, “lo místico” y “lo espiritual” y hasta de “lo confesional” están siendo mixtificadas en los medios aprovechando alusiones de estas dos obras recientes de la expresividad artística. La intención es clara, pese a que  una leve observación y disfrute de estas obras muestra que, salvo que se tenga prejuiciada intención, las alusiones de referencia no van más allá de pretexto ambiental en el caso de la película, ni de una elaborada operación de marketing en el lanzamiento del disco de la cantante catalana.

A la directora de esta película, Alauda Ruiz, no le interese mucho qué sea la vocación o supuesta “llamada de Dios” a una chica de 17 años, sino el efecto que produciría hoy, en una familia de la medianía social y apariencia culta,  la decisión de una hija que quiere profesar como monja de clausura. Los gestos y palabras de un sacerdote y la superiora del convento no son suficientes para entender que una chica con problemas de autoestima decida que ese podría ser su camino, y también queda en el aire la inconsistencia de esta “llamada” ante eventualidades futuras y  entre personas bastante mayores y con razones dispares y hasta surrealistas para vivir allí. Las película queda excesivamente abierta en tales cuestiones y, al margen del interés cinematográfico de sus 110 minutos –premiado en San Sebastián como “mejor película” de 2025- poco vale como síntoma de cambio sociocultural. Una cosa parece cierta en este momento, y es que “lo religioso” -visto de un modo genérico-, no suscita el rechazo que suscitaba. En todo caso, los solapamientos conceptuales no garantizan nada, y menos si con ello se pretenden  olvidar cuestiones pendientes o las que en el presente contradicen el cristianismo evangélico, el que aparece en los Evangelios. El supuesto misticismo que  pueda tener un gesto artístico, benéfico, social o político, puede ser un buen negocio, pero no es cristiano si excluye la fraternidad o, en términos laicos, la igualdad de los derechos humanos. En este sentido, es irrelevante esgrimir la última producción de Rosalía, en que que imita a otras estrellas del pop como fórmula publicitaria y sigue una estela ya trillada por cantantes populares que también imitaban la melodía y puesta en escena del Ave María de Schubert. Hay quien dice que “acerca a los jóvenes a la fe” obviando que esta es “gracia de Dios” según la más Teología católica, y que más parece buscar récords de ventas sin convencer a los expertos más fiables en cuestión estrictamente musical.

De noche, igual que de día, no todos los gatos son pardos. Estos métodos de aprovechar reflejos del pasado para controlar poder muestran las cosmogonías que gobiernan a los humanos de hoy. Otro ejemplo sintomático está en las noticias que saturan el  tablero mediático. La abundancia de casos judiciales permite distinguir lo que cuentan de lo que sucede. La distancia entre lo que parece juzgarse y lo que debiera juzgarse –y con qué prelación- es insalvable para la mayoría de espectadores, y es ahí donde la manera de contarlo en los medios modela una realidad acorde con lo que quiere que se piense, no necesariamente tiene que ver con la Justicia. Lo que conviene a los ciudadanos también es difícil verlo en las noticias que suscita la víspera electoral en varias autonomías y, con particular interés en Andalucía, si se contrastan con la mala gestión del cribado del cáncer. Situar al frente de Valencia a alguien no contaminado por la gestión de la Dana no va a la zaga, y lo mismo sucede con lo relativo a los apaños que, tras la ruptura de Junts, plantee el Gobierno central para llegar a 2027.

Todos los medios –en buena medida para sobrevivir- tratan de poner la mejor cara para que seguidores, amigos y votantes de sus candidatos  no olviden. En la simbiosis que generan con sus lectores, es difícil discernir lo que debe desecharse; siempre queda el efecto de confusión, tendente a admitir como válido lo que pauta la burbuja en que cada uno se mueve. En todo caso, la proliferación de más-media no ha traído el mundo feliz; su simplismo manipulador tiende al aplanamiento del pensamiento autónomo y, con ello, al desconocimiento de cómo sean internamente las cosas. La interrelación de la economía, la política y la cultura  en decisiones que afectan a todos, no frecuenta ese ecosistema, en cuyos análisis, sin embargo, cada palabra y la narrativa a que sirve modelan sentimientos e imágenes, cuya validez se verá cuando desaparezca el afecto que amplifican sus likes e influencers. El proyecto de presupuesto de gastos de la Comunidad de Madrid para 2026 es muy apto para observar qué tenga de verdad u honestidad equitativa para la ciudadanía la gestión que los ha diseñado.  En cada partida se dibuja la cosmogonía real a que obedece, y es raro que incluso los deterioros en Sanidad, Educación y Vivienda, -manifiestos en los informes de pobreza, como el último de FOESSA-  quieran ser aprovechados en los discursos y en los medios para honrar a políticos que, en la Comunidad más rica de España, proponen los recursos más bajos en capítulos tan sensibles. ¿Es un milagro de MAR? @mundiario