CARTA DEL EDITOR

Planes frente al encarecimiento de la energía y la vivienda

Ilustración de la economía y el trabajo. / Mundiario
El Gobierno ha vuelto a aplicar la receta ya conocida: rebajas fiscales, ayudas directas y protección social para contener el golpe inmediato.

Hay algo casi automático en la forma en que reaccionan hoy las economías cuando estalla una crisis internacional: primero, mirar el precio del petróleo; después, preparar un paquete urgente, y finalmente, negociar hasta el último voto para que salga adelante. La reciente escalada bélica en Oriente Próximo ha vuelto a demostrar que ningún conflicto es realmente lejano cuando afecta a la energía. Y cuando la energía se encarece, lo hace todo lo demás.

España no ha sido una excepción. El Gobierno ha respondido con un paquete de unos 5.000 millones de euros articulado en dos decretos: uno centrado en energía y economía, y otro en vivienda. No es solo una reacción ante el encarecimiento del petróleo y el gas tras la ofensiva contra Irán. Es también un reflejo bastante fiel de cómo funciona hoy la política económica en situaciones de emergencia: actuar rápido, gastar todo lo que se pueda y negociar aún más.

La lógica económica del plan resulta familiar. Rebajas fiscales en la electricidad, suspensión de algunos gravámenes energéticos y ayudas directas a sectores especialmente expuestos —transportistas, agricultores, ganaderos o pescadores— forman parte de un guion ya visto durante la pandemia y tras la invasión rusa de Ucrania. Entonces funcionó razonablemente bien para amortiguar el impacto inflacionario y evitar un desplome del empleo. Ahora se intenta repetir la jugada.

El verdadero riesgo no está en el corto plazo, sino en la duración del conflicto y en la fragilidad parlamentaria que rodea al plan

Desde un punto de vista técnico, estas medidas tienen sentido. Cuando la energía sube de precio, lo hace toda la cadena económica: el transporte, los costes de producción, los alimentos y, al final, el bolsillo de los ciudadanos. Reducir impuestos y ofrecer ayudas en ese momento sirve para frenar el contagio inflacionario y evitar que el golpe se amplifique.

Pero cada escudo tiene un coste. Rebajar impuestos significa recaudar menos, y repartir ayudas implica gastar más. Si la crisis se alarga —y las crisis energéticas rara vez son breves—, el margen fiscal se estrecha con rapidez. El dilema no es nuevo: proteger hoy puede comprometer mañana si no se acompaña de una estrategia clara a medio plazo. Y ahí es donde empiezan las dudas.

El objetivo es claro: evitar que una crisis internacional termine traducida en una crisis social interna. No se trata solo de proteger el consumo, sino de evitar que la desigualdad se dispare. El riesgo de que la inflación energética se sume a la presión sobre los alquileres ha empujado al Ejecutivo a actuar también en este frente. Pero lo tiene complicado, por falta de apoyo parlamentario. De hecho, la existencia de dos decretos separados no es casualidad: refleja tensiones internas dentro de la coalición y largas negociaciones entre socios con prioridades distintas. En este tipo de decisiones, la economía marca el ritmo, pero la política decide la forma final. Toca esperar y ver qué pasa en el Congreso, que tiene la última palabras sobre las medidas ya publicadas en el BOE este sábado. @J_L_Gomez en @mundiario