Pedro Sánchez no es feliz: poder, soledad y el precio de La Moncloa
Una reflexión crítica sobre la trayectoria política y personal del presidente del Gobierno y el coste íntimo del poder ejercido sin finalidad.
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España desde junio de 2018, no es feliz. Después de estos años en La Moncloa, sigue ostentando el poder, que dicen que es su único objetivo vital y, al mismo tiempo, sin duda, el principal motivo de su infelicidad.
No dispone de una brillante trayectoria profesional, sino todo lo contrario. Fue un mediocre profesor de Economía, contratado por una universidad privada madrileña durante unos años, donde presentó esa polémica tesis doctoral que suscitó tantas dudas de autenticidad, y aquí prácticamente empieza y acaba todo su bagaje académico.
También fue concejal del Ayuntamiento de Madrid en la oposición y entró a hurtadillas como diputado en el Congreso para, tiempo después, sorprender a todos —empezando por su protector, Pepe Blanco— anunciando que, tras la renuncia de Rubalcaba en 2014, concurría a la elección de nuevo secretario general del PSOE, enfrentándose en la contienda interna a Eduardo Madina, un candidato mucho más sólido.
Pero saltó la sorpresa y, con la ayuda inestimable de la federación andaluza, Pedro Sánchez venció en las primarias contra todo pronóstico y se convirtió en secretario general del PSOE. La historia posterior es bien conocida: perdiendo y recuperando la secretaría general y tejiendo en el partido toda una red de fieles incondicionales en cada territorio, hasta llegar a alcanzar el Gobierno de la nación por medio de la moción de censura que interpuso a Mariano Rajoy.
Formó un primer gabinete llamado de ministros “estrella”, de los que algunos se estrellaron nada más comenzar en el cargo. Otros continúan desde ese inicio, como son los casos paradigmáticos de los jueces Fernando Grande-Marlaska y Margarita Robles, y no menos sorprendente es el de María Jesús Montero, a la que también ha alzado como número dos del partido.
Pero nuestro hombre, a pesar de seguir contando con todo el poder en sus manos, es un hombre infeliz, cada día más aislado y cada vez más cerca del precipicio político y personal. Solo he hablado con él personalmente en dos ocasiones y durante unos pocos minutos, antes de convertirse en presidente del Gobierno, y me recordó al hombre sin atributos de Robert Musil.
Ahora percibo la infelicidad de Pedro Sánchez como un necesario tributo a pagar por parte de quien concibe el ejercicio del poder sin finalidad legítima alguna, simplemente por el hecho de ostentarlo, sin darse cuenta de que ello, el poder por el poder, es en definitiva la causa de su infelicidad. @mundiario