Plato del día

El peculiar Estrecho de Ormuz de Pedro Sánchez

A propósito de Estrechos de Ormuz...
A rebufo del estratégico y disuasorio protagonismo del genuino Estrecho de Ormuz para navegantes propiamente dichos, Pedro Sánchez se ha sacado de la manga un sucedáneo de Estrecho de Ormuz para navegantes por las redes sociales. Uno está marcado por el odio; en el otro, el leitmotiv es el Hodio.

Tenían pocos privilegios sus señorías y senadores del Congreso y el Senado, y les acaba de proporcionar el Poder Ejecutivo uno más, entre los muchos que acumulan por el hecho de haber sido elegidos para dilucidar cuál de los tres botones aprietan, ya sabes: si, no, abstención, tras una extenuante lucha interior con sus conciencias. De hecho, resulta conmovedor la falta de empatía de los electores, del pueblo, vamos, ante ese elenco de legisladores que, sesión tras sesión, ¡angelitos y angelitas mías!, se hacen de tripas el corazón, practican la autocrítica partidaria y partidista y, entre lo que es bueno para su partido y lo que tal vez podría ser malo para su pueblo, votan siempre lo que ustedes y yo ya sabemos con muchas horas de anticipación.

Esa es la parte buena de las cámaras legislativas en el ámbito del Viejo Orden Institucional, al que estos días han aludido, con cierto pesimismo Úrsula von der Leyen y con cierto optimismo Pedro Sánchez: que son fiables, que no producen sobresaltos, que, siempre, lo que es bueno para los distintos y distantes partidos es bueno para los distintos y distantes correligionarios aprieta-botones. La parte mala, ¡qué se le va a hacer!, es la libertad de conciencia que, ni siquiera es que esté en peligro, es que está en absoluto proceso de extinción.

Y, sin embargo, en vez de restringirles privilegios por su falta de productividad, de originalidad, de versatilidad, de ductilidad legislativa, de utilidad, ¡coño!, para una sociedad ideológicamente heterogénea (además de buen salario, buenas dietas, en algunos casos vivienda, generosas vacaciones y esa joya de la corona de la inmunidad), va el gobierno y, por omisión, declara a las Cámaras territorios exentos de incurrir ni en el delito de odio sin H ni en el delito de HODIO con H que acaba de sacarse Pedro Sánchez de la chistera. Precisamente, en recintos públicos y notorios en los que se debería practicar la ejemplar propuesta del señor Presidente de esparcir el amor y no el odio u hodio (como ustedes quieran llamarlo), se les concede bula, carta blanca, a diputados y diputadas y senadores y senadoras, para soltar por esas bocas todo el hodio, la inquina, el armamento oral de destrucción masiva acumulado en su abundante densidad de lenguas viperinas por escaño.

El insulto, la zafiedad, el odio campa por sus respetos en los solemnes hemiciclos de las cámaras baja y alta en las que, en ambos casos, se arrastra la educación, el argumento coherente, el espíritu de concordia, el arte de practicar el parlamentarismo por el suelo. Ahí dentro, donde se negocian y se refrendan las leyes que garantizan la convivencia del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, hemos llegado a ese punto, ya no sabe si de no retorno, en el que el número de matones, de sicarios por escaño, en las diferentes Cosas Nostra eufemísticamente denominadas grupos parlamentarios, supera ya con creces a las pocas y pocos ingenuos que siguen considerándose legisladores. Debería ser ahí, precisamente, el único Poder de los tres Montesquianos, elegido directamente por el pueblo, donde el organismo inquisidor del HODIO, con su policía de la moral imponiendo el burka en las redes por imperativo de nuestro actual líder supremo pusiera todo el énfasis para practicar el Hamor y no el Hodio que sacó a colación nuestro peculiar Presidente aritmético (que de santo tiene lo justito) en su última Homilía.

Lejos de mí la funesta manía de establecer odiosas comparaciones, oye. Pero se me ocurre una cosa en la que coinciden el Irán de Jameneí y la España de Sánchez: los dos van a compartir un Estrecho de Ormuz disuasorio para navegantes: el de oriente, ese de toda la vida que trae a la humanidad por la calle de la amargura, y este otro del poniente, que va a traer de cabeza a los hostiles navegantes por el ciberespacio. ¡Prohibido prohibir!, gritaba nuestra ingenua generación aquel épico mayo francés que el viento se llevó…@mundiario