La paz desarma al planeta: el día en que los ejércitos desaparezcan
Kant consideraba que los ejércitos permanentes eran una amenaza para la paz y defendía su desaparición progresiva, pues los veía como instrumentos que fomentaban la guerra y degradaban la dignidad humana. En su ensayo “Sobre la paz perpetua” (1795), Kant afirma que los ejércitos permanentes deben desaparecer con el tiempo. Argumenta que su mera existencia genera una competencia armamentista entre Estados, que termina siendo más opresiva y costosa que una guerra breve. Señala que los ejércitos perpetuos provocan guerras ofensivas: los Estados buscan librarse del peso económico del armamento recurriendo al conflicto. Critica la práctica de contratar soldados “para matar o ser muertos” como un abuso de los hombres, reduciéndolos a simples máquinas o instrumentos del Estado, lo cual contradice el respeto al derecho de la humanidad en cada persona. Kant veía la institución militar como contraria a la paz y a la dignidad humana, y proponía su desaparición como condición para alcanzar un orden internacional justo.
Kant no era ingenuo respecto a la naturaleza conflictiva de los Estados. Reconocía que la coexistencia entre ellos generaba tensiones, pero confiaba en la razón y en acuerdos internacionales para superar esa hostilidad. Su propuesta de paz perpetua se considera utópica, pero influyó en el desarrollo del derecho internacional y en la idea de organismos supranacionales que regulen la convivencia entre países.
En un mundo sin ejércitos, desaparecerían los gastos militares y las guerras organizadas, pero surgirían enormes retos de seguridad, diplomacia y cooperación internacional.
Consecuencias de un mundo sin ejércitos. Ahorro económico masivo. Actualmente, el gasto militar mundial supera los 1,9 billones de dólares anuales. Sin ejércitos, esos recursos podrían destinarse a educación, salud, innovación o lucha contra el cambio climático. Reducción de guerras tradicionales. Los conflictos armados entre Estados serían mucho menos probables, ya que no existirían fuerzas militares organizadas para llevarlos a cabo. Mayor dependencia de la diplomacia. Los países tendrían que reforzar mecanismos de negociación, tratados de paz y organismos internacionales para resolver disputas. Riesgo de inseguridad interna. Sin fuerzas armadas, los Estados dependerían de policías y cuerpos civiles para mantener el orden. Esto podría ser suficiente en países pacíficos, pero insuficiente frente a amenazas externas o grupos armados no estatales.
Un planeta sin ejércitos sería una utopía pacifista que permitiría redirigir recursos hacia el bienestar global. Sin embargo, la realidad muestra que los conflictos no desaparecerían: podrían transformarse en guerras híbridas, terrorismo, ciberataques o violencia organizada. La clave estaría en crear instituciones internacionales mucho más fuertes y en fomentar una cultura de cooperación global.
Costa Rica: un modelo civil de paz. Abolió el ejército en 1948. Tras una breve guerra civil, el presidente José Figueres Ferrer disolvió las fuerzas armadas y destinó el presupuesto militar a educación, salud y bienestar social. Neutralidad permanente. En 1983, Costa Rica se declaró país neutral, reforzando su identidad como “la Suiza de Centroamérica”. Seguridad interna. La protección del país recae en la policía civil y fuerzas de seguridad especializadas, sin estructura militar. Costa Rica ha mantenido estabilidad política, altos índices de alfabetización y un sistema democrático sólido. Su apuesta por la paz ha sido clave para atraer inversión extranjera y turismo.
Islandia: seguridad basada en alianzas. Sin ejército permanente. Islandia nunca ha tenido fuerzas armadas propias. Desde su ingreso en la OTAN en 1949, depende de alianzas internacionales para su defensa. Acuerdo con EE. UU. (1951). Estados Unidos garantizó la defensa de Islandia durante la Guerra Fría, manteniendo una base militar en Keflavík hasta 2006. Seguridad interna. La Guardia Costera y la policía nacional (incluida la unidad especial Viking Squad) se encargan de vigilancia marítima, aérea y contraterrorismo. Apoyo de la OTAN. La misión Iceland Air Policing despliega cazas aliados para proteger el espacio aéreo islandés.
Tratados multilaterales necesarios. Tratados de desarme total. No solo eliminar ejércitos, sino también armas nucleares, químicas y biológicas. Acuerdos de seguridad regional. Similar a la OTAN, pero con un enfoque puramente defensivo y civil, donde los países se comprometen a protegerse mutuamente. Mecanismos de resolución de conflictos. Protocolos obligatorios de mediación y arbitraje antes de cualquier acción unilateral.
Sin ejércitos, la paz dependería de una arquitectura internacional mucho más fuerte y vinculante, donde la seguridad se conciba como un bien común y no como una responsabilidad individual de cada Estado. Si los ejércitos desaparecieran, la seguridad dejaría de ser un asunto nacional y pasaría a ser un bien público internacional, algo parecido a cómo hoy concebimos el clima o los océanos: nadie puede protegerlos solo, todos deben cooperar.
Para que un mundo sin ejércitos pudiera sostenerse de manera estable, serían necesarios cambios políticos profundos y transformaciones sociales de gran alcance. Cambios políticos. Cesión parcial de soberanía. Los Estados tendrían que aceptar que ciertas decisiones de seguridad y defensa se tomen en organismos internacionales vinculantes. Tratados de desarme total. No bastaría con abolir ejércitos; habría que garantizar la eliminación de arsenales nucleares, químicos y biológicos.
Cambios sociales. Cultura de paz. Educación desde la infancia en resolución pacífica de conflictos, cooperación y empatía intercultural. Redefinición de la identidad nacional. Muchos países basan su orgullo en sus fuerzas armadas; habría que sustituir ese símbolo por logros en ciencia, cultura o bienestar social. @mundiario