El pasado y el presente de Feijóo

Alberto Núñez Feijóo. / Mundiario
Alberto Núñez Feijóo. / Mundiario

Desde hace unas semanas, la polémica está servida en muchos ámbitos de la opinión publicada: ¿cuál es el Feijóo verdadero?

El pasado y el presente de Feijóo

En una democracia parlamentaria, además de la lógica relevancia atribuida a las formaciones políticas que conforman el poder ejecutivo -y, en su interior, a la persona que encarna la presidencia del gobierno- resulta muy importante analizar el papel que desarrolla la oposición y la calidad de la labor de sus dirigentes.

La figura de Alberto Núñez Feijóo puede ser analizada en dos planos diferenciados. Por una parte, cabe centrar la mirada en la trayectoria de su pasado y en la realidad de su presente. Por otra, resulta pertinente suscitar diversas interrogantes respecto a las expectativas que se proyectan sobre su futuro.

Desde hace unas semanas, la polémica está servida en muchos ámbitos de la opinión publicada: ¿cuál es el Feijóo verdadero? ¿El que presidió durante 13 años el gobierno gallego con una imagen de político moderado, centrista, respetuoso con la diversidad territorial asociada al modelo constitucional del Estado de las Autonomías o el que pactó con Vox para gobernar en diversas comunidades autónomas y ayuntamientos y que no duda en alimentar una dinámica de confrontación crispada en las instituciones y en la calle como consecuencia de no aceptar la derrota electoral sufrida el pasado 23 de Julio?

Al fin y a la postre, se puede afirmar que estamos ante dos registros distintos que emanan de una misma ambición por la consecución y el mantenimiento del poder al precio que sea preciso. El principal motivo que explica el distinto comportamiento constatado en la última década reside en las singularidades de los contextos sociales y políticos en los que Feijóo desarrolló su actividad.

Vox rompió la homogeneidad de una derecha unificada

En los últimos quince años, una parte relevante de la sociedad gallega asumió la hegemonía del PP en las instituciones de autogobierno como algo útil y "normal". Existieron, sin duda, resistencias a ese dominio -en algunas ocasiones, dotadas de notable intensidad- y hubo, también, carencias significativas en el desempeño realizado por las fuerzas de la oposición. Sin embargo, con carácter general, el PPdG obtuvo beneficio de una inercia conservadora presente en amplios sectores del cuerpo social que, al mismo tiempo, fue alimentada con políticas clientelares y con un fuerte control sobre la mayor parte del sistema mediático.

El marco estatal con el que se encontró, en el año 2022, el ex-presidente de la Xunta ofrecía marcados contrastes con el terreno de juego en el que venía actuando hasta ese momento. La dimensión alcanzada por una fuerza como Vox rompía la homogeneidad precedente de una derecha unificada en el PP gallego.

Los conflictos de naturaleza nacional presentes en las realidades catalana y vasca ofrecían muchas mas dificultades para ser gestionados con las lógicas políticas promovidas desde la cómoda mayoría absoluta de la Cámara del Hórreo. Y por último -pero no por eso menos importante- el panorama mediático estatal no posibilitaba reproducir con el mismo nivel de éxito las prácticas reiteradamente utilizadas en el circuito gallego. Si, en este ámbito territorial, el equipo de Feijóo era capaz de fijar, con la máxima eficacia práctica, los mensajes que los principales medios debían trasladar a los telespectadores, oyentes y/o lectores, en Madrid las cosas no funcionan del mismo modo. Por varias razones: por el mayor peso de los sectores mediáticos críticos con la derecha política, porque A. Núñez aun no maneja los recursos presupuestarios de los que dispone Díaz Ayuso y porque los grupos mediáticos que operan en la capital del Estado están acostumbrados a ejercer una presión inequívoca sobre aquellos gobernantes del PP que no cumplan las implícitas reglas que rigen en ese juego particular. En la memoria reciente quedará ese momento en el que una primera página de El Mundo arruinó el pacto sobre la renovación del CGPJ que habían alcanzado Sánchez y Feijóo, por aludir a un supuesto malestar en sectores de la judicatura y del propio PP.

Entre Puy y Tellado, eligió a Tellado

La continuidad entre el liderazgo ejercido en el PPdG y el que ahora practica desde los despachos de la calle Génova se manifiesta en una circunstancia relevante: en ambos casos, el protagonista carece de un discurso ideológico que contenga las suficientes dosis de originalidad como para considerarlo un referente de cierto peso en el universo de la derecha española y/o europea. En Galicia vivió de las rentas de las aportaciones realizadas por Fraga en la década de los 90 del pasado siglo ("autoidentificación", Conferencia de presidentes autonómicos, reforma del Senado, presencia de las comunidades autónomas en la UE...) y no fue capaz de asumir el reto de la reforma estatutaria pendiente. Ahora, a nivel estatal, no apuesta por realizar un Congreso que sirva para actualizar el perímetro programático del PP y delimitar las diferencias con Vox y acepta externalizar todo lo referente al ideario en la fundación FAES y en su hiperactivo presidente J.M. Aznar. Por tanto, sustituye el seguidismo de Fraga por la subordinación a la figura que se fotografió en las Azores con Bush y Blair antes de invadir Irak.

La reciente designación de Miguel Tellado como portavoz del Grupo Parlamentario en el Congreso ejemplifica muy bien la hoja de ruta elegida. Podía haber nombrado a Pedro Puy para ese puesto, aprovechando su experiencia contrastada en el Parlamento gallego y la mayor calidad -en el fondo y en la forma- de su retórica discursiva. Sin embargo, prefirió alguien que ejerza con la máxima agresividad el papel de "policía malo", para no molestar a los poderosos sectores de su partido que postulan la guerra contra la mayoría parlamentaria por tierra, mar y aire. @mundiario

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